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viernes, 24 de abril de 2020

Dietari de lectures (23-4-2020)



1.       La traición de la libertad de Isaiah Berlin. Fondo de Cultura Económica 2004. 236 páginas.

2.       Una vida articulada de Josep Maria Espinàs. Edicions La Campana, 2013. 504 pàgs.

SANT JORDI, LA ROSA I EL LLIBRE.

Poc aficionat a la botànica i menys a la simbologia, de les roses o qualsevol altra flor, només sé dir que em semblen boniques i fan bona olor. El dia del llibre? Per a mi ho és cada dia, però reconec que passejar envoltat de tanta gent tocant i mirant llibres fa goig. Aquest cop no ha pogut ser. Els llibreters? És una feina que neix de la confusió d'afició i negoci, i totes les confusions acaben en mal negoci. Ho puc afirmar perquè he estat llibreter durant vint anys.

Al matí, llegeixo "La traición de la libertad" d'Isaiah Berlin, una d'aquestes intel·ligències poderoses tan difícils de trobar, un Bertrand Russell menys irònic i més ric en matisos. És capaç, fins i tot, de fer comprensible a Hegel, això que al principi de la seva conferència ens avisa: "és com un bosc molt fosc, i els que hi entren poques vegades tornen per dir-nos què és el que van veure." En el pròleg, Henry Hardy, el recopilador de l'obra dispersa de Berlín, explica que: "Fa cinquanta anys, quan es van transmetre en el tercer programa radiofònic de la BBC les sis conferències publicades en aquest volum, d'una hora cadascuna, van causar gran sensació. Mai s'havia permès a un orador, en aquesta escala, prescindir d'un escrit preparat, i Isaiah Berlin, de quaranta-tres anys, va ser la persona indicada per inaugurar aquesta perillosa pràctica." Sense papers ni guió! Admirable. I veig que tinc vuit o nou llibres d'Isaiah Berlin per llegir. Quina sort, la meva.



A la tarda, el meu nivell d'atenció ha baixat i trobo a "Una vida articulada" de Josep Maria Espinàs, el camí cap a una relaxació somrient, dos estats d'ànim que junts fan molt bon efecte. El llibre és un recull dels articles, sencers o extractats, que va escriure diàriament de 1976 a 2012, primer a l'Avui i després a El Periódico. És literatura del detall, del concret, pur minimalisme quotidià que flueix amb aquesta facilitat aparent sempre tan difícil. Espinàs és un irònic amable, un home d'ordre i fals inofensiu que llueix un enginy de baixa intensitat, un gota a gota que, com les d'aigua, acaba per fer forat a la roca. Només apuja el to davant les ostentacions del nacionalisme espanyol i els atacs a la llengua catala. Són 500 pàgines de diversió indolora i, tot i això, corrosiva, precedides d'un brillant pròleg de Jordi Graupera.
Els dos llibres estan disponibles en versió digital.

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miércoles, 17 de octubre de 2018

HISTORIA DEL PENSAMIENTO ECONÓMICO de Harry Landreth y David C. Colander - Claridad, profundidad, vastedad y debate abierto. - Valoración 8,5/10

Título original: History of Economic Thought
Copyright © 2002 por Houghton Mifflin Company
© 2006, respecto a la cuarta edición en español, por McGRAW-HILL
Páginas 528
Harry Landreth y David C. Colander

“Para comprender el pensamiento de los economistas, hay que comprender tanto su visión del mundo como su modelo.”
Todos somos hedonistas, la cuestión es la variedad de actividades que nos procuran placer. De hecho, uno puede hacer por diversión o placer cosas que a otros pueden parecer terriblemente aburridas, como por ejemplo leer un buen manual de “Historia del pensamiento económico”. En humanidades y ciencias sociales, soy usuario ocasional pero persistente de manuales universitarios intermedios, muy útiles a un lector voraz y caótico, como es mi caso, para reordenar las piezas mentales de una materia.

Claridad, profundidad, vastedad y debate abierto son las cualidades de este estupendo manual de la McGraw-Hill. La historia del pensamiento económico es el apasionante recorrido desde los preclásicos a los modernos, donde se muestran los intentos de los ortodoxos por cuantificar y construir modelos formales y las críticas de los heterodoxos señalando, bien las limitaciones e insuficiencias de dichos modelos, o cuestionando sus presupuestos. El libro examina las grandes cuestiones metodológicas, la relación entre el desarrollo de una teoría y la situación económica reinante, explica el funcionamiento interno de las principales teorías y su repercusión en la política económica y social. Destaca por la exposición equilibrada del pensamiento ortodoxo y el heterodoxo, poniendo constantemente en evidencia los puntos de fricción y su relevancia para la teoría económica posterior.

No sé hasta qué punto la obsesión de la teoría económica por el equilibrio es fruto de la necesidad de producir modelos matemáticos. La sensación es que los equilibrios en economía son solo aparentes, que en la economía real no existen situaciones de equilibrio. Parafraseando aquella cita sobre la salud, decimos que una economía está en equilibrio cuando los signos de crisis no son perceptibles, pero están ahí. Seguro. (Véase las subprimes y las burbujas en general).
La corriente principal triunfante en la enseñanza académica es la que logra formalizarse en modelos matemáticos. Para conseguirlo debe presuponer estabilidades y equilibrios imaginarios fuera de la realidad y descartar variables “irrelevantes”. Si la naturaleza tiende al desorden (entropía), ¿por qué no lo harán los asuntos humanos y, entre ellos, la economía? Con frecuencia, cuando traduces a palabras leyes económicas no ves más que obviedades o simple sentido común. Hoy se plantean cuestiones de este tipo:
1.       Como dice Solow, ante una pregunta sobre casi cualquier aspecto de la vida económica, la respuesta es: supongamos que construimos un modelo de esa situación y vemos qué ocurre...
2.       Boulding y los institucionalistas replicarían que “las investigaciones económicas modernas que se realizan en la economía moderna no son en su mayor parte más que intrincados juegos.”
3.       O como sostiene Steve Keen, las matemáticas son necesarias pero las que se enseñan en las facultades de economía son insuficientes o están caducas. La economía es un sistema complejo, “pero el caos y la complejidad solo empiezan a manifestarse en las ecuaciones diferenciales lineales de tercer orden”.
La economía neoclásica presupone la racionalidad de los actores económicos, ya sea en asignación de recursos o en las decisiones de consumo, pero, como Kahneman, yo creo que las grandes decisiones pueden depender de impulsos irracionales, ilusiones de enfoque y deseos hedonistas muy diversos. Las aportaciones de Kahneman y la economía conductual radican en su utilidad para modelar comportamientos no racionales, que se apartan de la concepción neoclásica del homo economicus y se aproximan a la teoría keynesiana y algunas teorías del ciclo económico. La psicología social tiene mucho que decir sobre el comportamiento económico.

Hay otros buenos manuales sobre el pensamiento económico (el de Brue y Grant es uno de ellos), pero si no te vas a dedicar a esto, con el Landreth/Colander tienes suficiente para hacerte una idea de la evolución de la materia a través del tiempo. Para ver el estado actual de la economía moderna, los modelos, enfoques y debates principales, tienes la “Macroeconomía” de Gregory Mankiw. Si quieres ir más lejos, ahí está la monumental “Historia del análisis económico” de Schumpeter (casi 1.400 páginas), según Fabian Estapé “la mayor, más sugestiva, más rica y cautivadora de las historias del análisis y, si se acepta la licencia, también del pensamiento económico jamás producida”. Es un libro para disfrutarlo sin prisas. Por la amplitud del campo abarcado (sociológico, histórico, antropológico, filosófico, psicológico…), el libro de Schumpeter es mucho más que análisis económico, es un libro de cabecera, y libros de cabecera hay muy pocos, quizá tres o cuatro en una vida. Claro que cada uno tiene los suyos. Schumpeter lo ve así:
“Nadie puede tener la esperanza de entender los fenómenos económicos de ninguna época —tampoco de la presente— si no domina adecuadamente los hechos históricos o no tiene un sentido histórico suficiente, o lo que también se puede llamar experiencia histórica. Segunda, que el registro histórico no puede ser simplemente económico, sino que ha de reflejar también, inevitablemente, hechos «institucionales» que no son puramente económicos: de este modo facilita el método mejor para comprender cómo están relacionados los hechos económicos con los no-económicos y cómo se deberían relacionar las ciencias sociales entre ellas. La tercera es que creo que la mayor parte de los errores básicos cometidos en análisis económico se debe a la falta de experiencia histórica, con más frecuencia que a cualquier otra insuficiencia del instrumental del economista.”
(Joseph Alois Schumpeter: “Historia del análisis económico”)
Para una crítica a la ortodoxia neoclásica actual, tenemos “La economía desenmascarada” de Steve Keen (lo leo en paralelo) que cuestiona los fundamentos de la corriente económica principal. Dice cosas como esta:
“Los estudiantes de economía, por lo tanto, se gradúan en programas de máster y doctorado con una creencia acrítica e injustificada en que las bases del análisis económico son sólidas, sin nociones de la historia intelectual de su disciplina, y con un acercamiento a las matemáticas que perjudica tanto su comprensión crítica de la economía como su capacidad para apreciar los últimos avances en matemáticas y en otras ciencias.
Una minoría de estos estudiantes mal informados se convierten luego en economistas académicos, repitiendo así un proceso en el que la ignorancia se perpetúa.”
Entre los libros de texto clásicos que Keen despedaza están los de Samuelson y Mankew. Curiosamente, el de Mascolell es de los pocos que se libra, en parte.

Pienso que la economía (y las ciencias sociales en general) viven una ilusión pitagórica donde los impulsos irracionales y caóticos (muy humanos) resultan molestos. Espero que nos tan molestos como a los mismos pitagóricos les sentó que Hipaso de Metaponto demostrara la existencia de los números irracionales: se lo tomaron tan mal que decidieron ahogarlo.
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miércoles, 5 de septiembre de 2018

LAS CIENCIAS SOCIALES COMO FORMA DE BRUJERÍA de Stanislav Andreski - Devastador - Valoración 8,5/10

Título original: Social Sciences as Sorcery
Stanislav Andreski, 1972
Traducción: Juan Carlos Curutchet
Taurus 1973
Páginas 289

Citado por Andreski, el Dr. Samuel Johnson (1709-1784) dijo que «no es necesario comer todo el buey para averiguar si la carne está dura». Se refería a que si un libro te resulta farragoso y pesado puedes dejarlo a un lado sin remordimientos de conciencia. A excepción de una etapa juvenil de formación, he practicado ese consejo a lo largo de los años y, creo, me ha funcionado razonablemente bien.
Tengo la extraña costumbre de inclinarme por lecturas duras en los momentos menos propicios. Por ejemplo, este agosto, durante los días de mayor canícula del verano, me he dedicado a la filosofía política y del derecho: Jon Elster, Hart, Dworkin, Walzer, Scott Shapiro y algún otro. Shapiro, en su libro “Legalidad”, dedica 60 páginas a dirimir qué es el derecho y por qué debería importarnos y casi te convence de que nadie sabe qué es el derecho y (lo que es peor), a nadie le importa. Dworkin, en “Justicia para erizos”, nos obsequia con 200 páginas sobre la Teoría de la Interpretación que no sabes cómo interpretar. Y podría seguir. Coge cualquier tema de humanidades-sociales, vete a la Wikipedia, y te toparás con siete teorías vigentes que compiten entre sí. Que quieres un panorama más amplio y profundo sobre un tema específico, por ejemplo en Teoría del Derecho, te vas a la estupenda “Enciclopedia de filosofía y teoría del derecho” (los tres tomos disponibles en internet). En “Técnicas argumentativas y clases de argumentos”, página 332 del primer tomo, entre un montón de obviedades, te dice:
“La teoría de la pretensión afirma que tanto el sistema jurídico como las normas jurídicas individuales y las decisiones jurídicas tienen necesariamente una pretensión de corrección.”
¡Hay una Teoría de la Pretensión! Pues nada, por teorías que no quede.
Confieso que, excepto el de Jon Elster, no he terminado ninguno de los libros arriba mencionados. Una de las artes más perfeccionadas por los escritores es la de captar el interés del lector en las primeras páginas de un libro; el problema viene cuando toca desarrollar el plan y entras en la argumentación: lo que no te suena obvio te parecerá trivial, si no lo encuentras oscuro y farragoso lo verás pesado y bizantino. Eso te lleva al desconcierto, la irritación y…, a dejarlo para un más tarde que nunca llega. Si en ese estado de frustración y desasosiego cae en tus manos “Las ciencias sociales como forma de brujería” de Andreski, lo hojeas, te relames, y pronto te sientes culpable de caer en el sesgo de confirmación. Pero qué carajo, suena divertido y certero. Pues a por él.
El libro de Andreski es una crítica devastadora al estado de las ciencias sociales a finales de los años sesenta, pero creo que muchas de sus objeciones siguen vigentes en pleno siglo XXI. En mayor o menor grado, ninguna de las ramas del revolutum “humanidades-sociales” se libra de su atención y hay leña para todas: filosofía, sociología, antropología, psicología, economía, derecho… Es un libro escrito en un tono sañudo, implacable, virulento y, curiosamente, del mismo modo que Andreski acusa a sus criticados de verbosidad pseudocientífica, él cae en una especie de verbosidad furiosa, sin que ese exceso le quite valor a la mayoría de sus reparos. Si acaso, le añade un punto de gracia, siempre que el lector no se dé por aludido. Ya lo advierte en el prólogo:
“Como el libro presente se ocupa de los fenómenos que deben considerarse como indeseables desde el punto de vista del progreso intelectual, las referencias a la literatura normalmente son derogatorias. Esto no quiere decir que yo crea que no se ha producido nada de valor; pero no se puede escribir sobre todo a la vez y esto es más bien un opúsculo que un tratado. En mis publicaciones anteriores se hallarán citadas numerosas contribuciones positivas al conocimiento, y mencionaré muchas más en otros libros actualmente en preparación, especialmente si vivo lo suficiente para escribir un tratado general.”
En pocas palabras: Andreski ya ha dicho cosas positivas sobre las ciencias sociales en sus escritos anteriores y lo hará en los posteriores, pero no las esperes en este libro.
Terminada la lectura en un suspiro, me puse manos a la obra con una reseña que salió larguísima y no conseguía trasmitir el aire del libro de Andreski. Es un autor que, a menudo, debido a su promiscuidad combativa, cae en lo que podríamos llamar el “desorden de la batalla” y, aunque cada capítulo tiene un objetivo, en el fragor del choque, no duda en disparar a todo lo que se mueve, con lo que resulta difícil de resumir sin desvirtuarlo. Eso por un lado. Por otro, también cuenta que tengo tres o cuatro reseñas atrasadas y cierta prisa por liquidarlas.
Si, como a mí, te impactó las “Imposturas intelectuales” de Alan Sokal, piensa que el libro de Andreski es su precursor como lo demuestra con su primera cita en la introducción:
“Mientras la autoridad inspira un temor respetuoso, la confusión y lo absurdo potencian las tendencias conservadoras de la sociedad. En primer lugar, porque el pensamiento claro y lógico comporta un incremento de los conocimientos (la evolución de las ciencias naturales constituye el mejor ejemplo) y, tarde o temprano, el avance del saber acaba minando el orden tradicional. La confusión de ideas, en cambio, no lleva a ninguna parte y se puede mantener indefinidamente sin causar el menor impacto en el mundo.”
STANISLAV ANDRESKI, Social Sciences as Sorcery, 1972, pág. 90.

Recomendación: Ante el riesgo de descartar el “opúsculo” de Andreski por exagerado o caducado, aconsejo la lectura de “La explicación del comportamiento social” de Jon Elster (2007), profesor Robert K. Merton de Ciencias Sociales con especialidad en ciencia política y filosofía en la Universidad de Columbia, donde se encontrarán muchas de las objeciones de Andreski explicadas de manera más amplia y constructiva. Y una ironía: Robert K. Merton, de cuya cátedra es titular Jon Elster, es una de las “víctimas” del libro de Andreski.
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viernes, 4 de mayo de 2018

MATANDO EL TIEMPO de Paul Feyerabend - Ironía lapidaria y distancia emocional del filósofo rompe-métodos.- Valoración 9/10

Título original: Ammazzando il tempo (Un’ autobiografia)
Paul Feyerabend, 1994
Traducción: Fabrián Chueca
Páginas: 216
Editorial Debate

Por cada libro terminado y reseñado hay siete u ocho empezados que se quedan en la cuneta; unos no colman mis expectativas, para otros no es su momento. Sabes lo que te pide el cuerpo, te pones a ello, hincas un diente aquí y otro allá, y nada, que no entran. El pasado mes de abril batió el récord de abandonos de los últimos años con solo un libro reseñado. El cuerpo me pedía algo que me hiciera pensar sin caer en la perogrullada o el galimatías. Pruebo con la filosofía del derecho, dos libros de Ronald Dworkin y uno de Michael Walzer. Dworkin empieza claro y cristalino (muy interesante su teoría de la interpretación), pero se enturbia en la defensa de la moral universal. Walzer, su opuesto, se mete de cabeza en un galimatías. Algo aturdido por la triple dosis de filosofía del derecho, busco aliviarme con un poco de cachondeo y cojo “Los hermanos sisters” de Patrick deWitt, un hibrido entre Cormac McCarthy y Twain, no está mal, pero no es el momento. Vete al original -me digo- y le meto mato a los “Cuentos completos” de Mark Twain; leo algunos y me lamento de no tener el “Huckleberry Finn” en catalán. ¿Y unas memorias? Vale, le doy un buen viaje (unas 200 páginas) a “Hitch-22” de Christopher Hitchens, rotundo y panfletario (él lo reconoce y mi no me desagrada), pero me cansa su largo itinerario de activista progre. Quizá lo termine…, en otro momento. Hitch me trae a las mientes a Jean-François Revel (la relectura como último recurso) y me calzo unas 150 páginas de su “El conocimiento inútil”. Revel es un tipo listo, de verdad, pero me cansa su anti-izquierdismo militante, y me recuerda a Raymond Aron del que lamento haber perdido sus “Memorias”. En modo relectura, me rio durante unas 200 páginas con “Les aventures del bon soldat Svejk” de Jaroslav Hašek. Genial, pero ya me lo sé y ni leerlo en catalán me anima a dedicarle unas 20 horas (con los libracos gordos siempre calculo el coste en horas). El ingenio de Revel y Hitchens me recuerda a uno de los más finos ensayistas contemporáneos David Foster Wallace y leo cuatro ensayos de dos de sus libros: tan bueno que requiere dedicación exclusiva. Lo dejo para más adelante. Busco más ensayistas de hoy y me topo con David Sedaris y su moderadamente divertido “Cuando te envuelvan las llamas”; caen tres o cuatro capítulos y dejo sus entretenidas extravagancias cotidianas para otro día. Al estilo de Stephen King, “El Pasaje” de Justin Cronin es de esos novelones que, leídas 300 páginas, te das cuenta de que todavía estas en la introducción. ¡Y es una trilogía! En fin, así por encima, cuento unos 11 libros no terminados. Como diría Foster Wallace, es como intentar escapar de una gran tormenta de aburrimiento.

Matando el tiempo.

Con tanto trajín no recuerdo como llego a “Matando el tiempo”, pero pronto intuyo que me sentará bien. Paul Feyerabend fue el chico malo de la filosofía de la ciencia. Su “Tratado contra el método” (1970) reventó la fiesta de metodólogos como Popper, Kuhn o Lakatos, apelando a la historia de la ciencia para demostrar que no hay reglas inalterables que rijan el trabajo científico y abogando por el “principio de proliferación”, es decir, trabajar con teorías en contradicción con el punto de vista generalmente aceptado. Esta parte me parece inapelable. Me quedó claro después de leer la divertidísima “Historia de la ciencia” de JohnGribbin de la que dije:
“Inspiración, tesón, trabajo duro, azar y condiciones propicias, ocasiones perdidas, avances y retrocesos, todo juega su papel en la apasionante historia de la ciencia y Gribbin lo sabe trasmitir de manera deslumbrante.”
El “anarquismo epistemológico” de Feyerabend describe la historia del progreso científico. La ciencia avanzó sin método sencillamente porque no había método. Newton dedicó más tiempo a la alquimia y los estudios bíblicos que a la física y se obstinaba en mantener en secreto sus descubrimientos. Creo, modestamente, que un método abierto a la imaginación y a los saltos de paradigma puede funcionar. Hawking “saltó” a la termodinámica para probar que los agujeros negros podían estallar. El relativismo cultural, que también defendió nuestro chico malo, es otra cosa: nadie recurre a un astrólogo para reparar el coche o al vudú para diseñar un avión. El progreso científico no garantiza el progreso social, pero lo facilita.
No comparto muchas de sus ideas, pero pienso que todas las ciencias, naturales, humanísticas y sociales, necesitan un Feyerabend que, de cuando en cuando, haga una gran poda y, libres de hojarasca y ramas secas, puedan crecer más fuertes, más sanas.
Feyerabend apenas pudo terminar su autobiografía paralizado en un hospital a causa de un tumor cerebral. Con estilo claro, sencillo y lacónico cuenta su infancia, su itinerario académico, su vocación frustrada por el “bel canto”, sus cuatro matrimonios a pesar de su impotencia sexual o su indiferente paso por la Segunda Guerra Mundial (pensó en afiliarse a las SS porque le gustaba el uniforme). No fue un tipo con grandes afectos familiares. De su padre dice: “Éramos amigos, o algo así, pero no muy íntimos; yo estaba demasiado centrado en mis cosas y demasiado inmerso en mis asuntos. Me había trasladado ya a California cuando me enteré de su última enfermedad; no regresé ni asistí a su funeral.” Liquida grandes traumas familiares de un plumazo: “Cuando su padre se casó en segundas nupcias, intentó hacer el amor con su madrastra, María. Él pensaba que ésa era la función normal de una madre, pues al parecer la tía Pepi había hecho el amor con él.”
Describe su infancia (una pesadilla dantesca para cualquiera) con fría y lapidaria distancia: “El tío Rudolf estaba casado con una enorme mujer checa a la que le encantaba contar cotilleos de doncellas desfloradas, niños abortados, maridos cornudos y parientes ladrones. Tenía una cara siniestra y un bigote considerable, y comenzaba a hablar en checo cuando las historias subían de tono. Un día se le olvidó. Contó a mis padres que un conocido nuestro había seducido a una conocida, y que la dama, que al parecer era virgen, había perdido «baldes de sangre»”. Los recuerdos infantiles terminan con el suicidio de su madre.

Luego habla de la escuela secundaria, la guerra (una bala lo dejó impotente), la universidad, la carrera académica en varias universidades, la gestación y el éxito polémico de “Tratado contra el método”, los cuatro matrimonios y numerosas aventuras sexuales a pesar de su impotencia: “Cuando terminaba en la cama, ya fuera por accidente, por desgracia o porque mis deseos podían más que yo, prestaba una atención especial a cada movimiento que veía y a cada sonido que escuchaba, e intentaba dar satisfacción por medios diferentes del procedimiento estándar (suponiendo que haya un procedimiento estándar), Al parecer tuve éxito, al menos en algunas ocasiones.”

El laconismo casi esperpéntico y la distancia emocional con la familia, la guerra, los amigos y colegas, y con su propia obra, marcan la vida de Feyerabend; distancia que se acorta en sus días finales: “Grazia está conmigo en el hospital, lo cual es una gran alegría, y llena de luz la habitación. En cierto modo estoy preparado para partir, a pesar de todas las cosas que todavía me gustaría hacer, pero en otro sentido estoy triste por dejar este hermoso mundo, especialmente a Grazia, a quien me habría gustado acompañar durante unos años más.”
La autobiografía termina en el hospital acompañado por Grazia Borrini, su cuarta mujer, con la que esperaba vivir una cálida y tranquila vejez. No está mal para un personaje que, de niño, a la típica pregunta de “que quería ser de mayor”, contestó que quería ser “jubilado”.

No quiero olvidarme de la estupenda introducción a la vida y obra de Feyerabend a cargo de Sánchez Ron.
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martes, 27 de marzo de 2018

LUDWIG WITTGENSTEIN de Ray Monk - Equilibrio de comprensión, compasión y admiración - Valoración 9/10

Título originalLudwig Wittgenstein. The duty of genius.
TraductorDamián Alou.
Páginas592
IdiomaEspañol
Publicación1990 (2002)
EditorialAnagrama

Biografía de Wittgenstein brillante y ejemplar, perfecta combinación del relato de su vida, la evolución de su filosofía y sus conflictos interiores. Monk lo borda hilando una continuidad que fluye con naturalidad casi imposible. No era un fan del filósofo vienés antes de leer esta biografia y sigo sin serlo después. Tanto el “Tractatus” como las “Investigaciones” me dejan fluctuando en la triple sensación de lo obvio, lo oscuro y lo aburrido. Choca que un autor obsesionado por la claridad no fuera entendido por nadie en su tiempo y después, durante años, los críticos han preferido trabajar sobre literatura secundaria antes que comprometerse con los textos originales. Mejor cocinado que en crudo; lo que no ha impedido producir miles de trabajos interpretativos de su obra. ¿No será que no sabía expresarse? ¿Qué significa que, según decía, lo mejor del “Tractatus” era lo que callaba? Curiosa su pretensión de socavar los fundamentos de la lógica a base de aforismos enunciados, como dijo Russell, a la manera de edictos del zar, afirmados “de un modo terminante, que sugiere que todos ellos son parte de una verdad incontrovertible.” Como dice John V.Canfield (1) “su prosa es extrañamente ininteligible. Cada oración tomada por sí misma puede ser clara; lo que es difícil de comprender es a qué se refieren las oraciones. ¿De qué va Wittgenstein?”.

En palabras de Monk para Wittgenstein: “La filosofía no puede transformarse en una ciencia, porque no tiene nada que descubrir. Sus problemas son consecuencia de un mal uso, de una mala comprensión de la gramática, y requieren no una solución, sino una disolución. Y el método para disolver estos problemas no consiste en elaborar nuevas teorías, sino en reunir recordatorios de cosas que ya conocemos. (…) En filosofía no estamos, como los científicos, construyendo una casa. Tampoco estamos colocando los cimientos de una casa. Simplemente estamos «limpiando una habitación».”

Legiones de zapadores wittgesteinianos siguen escarbando la mina, buscando escobas para barrer habitaciones al tiempo que las llenan de cachivaches (trivialidades). Wittgenstein habló de filosofía lógica, filosofía de la religión, filosofía ética, filosofía de las matemáticas, filosofía del lenguaje, filosofía de la física…, pero ¿qué queda de todo eso? Parece que si quitas “filosofía”, todo lo demás (matemáticas, ética, lógica, psicología, física…) va haciendo camino. Para mí, la filosofía es poco más que una forma de gimnasia mental, siempre que no se abuse de ella. Leída la estupenda biografía de Monk reconozco el valor purgante, corrosivo de la obra de Wittgenstein; su empeño en bajar los humos y drenar la autocomplacencia de los monumentos filosóficos. Algo parecido a cuestionar la solidez de la torre Eiffel escudriñando en busca de remaches oxidados.
Desconcertado por la plasticidad del lenguaje, su campaña de demolición contra la lógica se mueve entre lo obvio y lo primitivo:
“Una proposición no puede decir más de lo que está establecido mediante su método de verificación. Si yo digo: «Mi amigo está enfadado» y lo establezco en virtud de que él ha mostrado un cierto comportamiento perceptible, lo único que quiero decir es que él muestra ese comportamiento. Y si quiero decir algo más con ello, no puedo especificar en qué consiste ese significado extra. Una proposición dice sólo lo que dice, y nada más allá de eso.”
Bueno, parece que si quieres saber algo más, tendrás que preguntarle a tu amigo cual es la causa de ese enfado. En el lenguaje hay contexto e intención, polisemia, doble sentido, metáforas, sobreentendidos…, es un paisaje inmenso que la lógica no puede abarcar. ¿Qué diría Wittgenstein de una frase como esta?:
“Ahora en todas partes están a la última, a menos que estén en las últimas.” (2)

Con inclinaciones místicas, despreciaba la ciencia. Poco tenía que decir sobre Eistein o la teoría cuántica. Sintió cierta fascinación por la interpretación de los sueños de Freud y “sus comentarios acerca de la prueba de Gódel (…) parecen a primera vista, para alguien que posea ciertos conocimientos de lógica matemática, asombrosamente primitivos.”
A Wittgenstein le desagradaba el ingenio, encontraba simpática la simplicidad infaltil, le gustaban las novelas de detectives duros, las películas del oeste y los musicales. Apreciaba la inocencia y la “elevada inteligencia” en sus amigos y discípulos, mientras que sus iguales (Russell, Ramsey, Turing, Sraffa, Keynes…), terminaron por mantener una educada distancia. Bouveresse (3) cita a Toulmin en relación a los efectos destructivos de su perfeccionismo. Totalmente de acuerdo:
“Toulmin es consciente del hecho de que la misma educación que ha convertido a Wittgenstein en tan exigente e implacable respecto a sí mismo ha favorecido igualmente el desarrollo de sus extraordinarias dotes intelectuales. Pero también estima que “sabios consejos habrían podido ayudarle, en la edad adulta, a diferenciar las exigencias constructivas a las que sometía sus propias actividades creativas de un perfeccionismo irrealista que tenía efectos destructivos, y también ayudar a su aptitud para abordar satisfactoriamente el problema de las relaciones con aquellos que no compartían totalmente sus actitudes y su capacidad de alcanzar la tranquilidad en su propia vida interior.”
Wittgenstein se educó en la Viena de Karl Kraus, Mahler, Schoenberg, Freud y el arquitecto Adolf Loos de quien fue muy amigo. Era un ambiente intelectual fuertemente imbuido del pesimismo de Schopenhauer. Se vivía en la convicción de haber llegado a la decadencia y colapso de la civilización occidental (Spengler). El suicidio era una opción honorable recomendado y practicado por Otto Weininger y ennoblecido por Spengler. Tres hermanos de Wittgenstein se suicidaron. Para entender ese mundo, brillante pero en descomposición, en el que Wittgenstein se educó y que Monk describe muy bien, no estaría de más releer el clásico de Janik y Toulmin (4) y las memorias Zweig (5); pero eso sólo son buenas intenciones. Los que sí que estan cayendo, por efecto colateral de ésta magnífica biografia, son dos estupendas obras de Jesús Mosterín (6), nuestro Russell peninsular.
Para Wittgenstein la filosofía era inspiración, iluminación cercana al concepto cristiano de santidad. Su ruta de acceso a la verdad era invisible, como un toque de gracia divina. Es uno de esos tipos que se lo toman todo, y a si mismos, demasiado en serio; que viven su insignificancia como una tragedia, que se imponen, e imponen a los demás, una honestidad imposible, un rigorismo existencial que los aboca a la autoflagelación. Prefiero la ironía de un Sydney Morgenbesser que tumbaba la disertación académica de un Austin con un chiste de dos palabras (si…, si….).
Mi recomendación del libro de Monk es incondicional. Equilibra la comprensión y la compasión con la admiración por el personaje. La delicadeza con que trata la tesis de Bartley sobre la afición de Wittegenstein por espiar a “rudos jóvenes en el parque” es ejemplar.
NOTAS
(1)    John V.Canfield: “Wittgenstein’s later philosophy.” Chapter 8 en “Routledge History of Philosophy Volume X”(2005)
(2)    “Los viejos demonios” de Kingsley Amis.
(3)    Jacques Bouveresse: “Filosofía, mitología y pseudociencia”
(4)    Allan Janik y Stephen Toulmin: “La Viena de Wittgenstein”
(5)    Stefan Zweig: “El mundo de ayer”
(6)    Jesús Mosterín: “Los lógicos” y La naturaleza humana”
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viernes, 9 de marzo de 2018

LA ERA DEL INGENIO de A. C. Grayling - Obra vigorosa y colorista que ayuda a entender el siglo XVII - Valoración 8,5/10

Título originalThe Age of Genius
TraductorJoan Andreano Weyland
Páginas432
IdiomaEspañol
Publicación2016 (2017)
EditorialAriel

Subtítulo: El siglo XVII y el nacimiento de la mente moderna.
El progreso, lo que sea que signifique, se mide por comparación: ¿en qué se avanzó durante los 800 años que median entre San Agustín y Santo Tomás? Si, para responder tienes que forzar la imaginación, malo. El progreso es discontinuo, con avances, retrocesos y grandes estancamientos. Tampoco es homogéneo: cuando un área del globo progresa, otras no lo hacen. Las dos guerras mundiales del siglo XX seguidas del comunismo, la guerra fría, el imperialismo y la globalización, se lo ponen difícil a los que siguen defendiendo la idea del progreso y muy fácil a los agoreros apocalípticos. Para mí el progreso es una tendencia a largo plazo hacia la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población debida a sus propios logros, no a la suerte de una racha de buenas cosechas o del hallazgo de recursos mineros. Los logros que cuentan son tecnológicos (mayor bienestar para más personas), políticos (paz y democracia) y socioculturales (convivencia, respeto mutuo y reducción de desigualdades). Si hay avances en esos logros y lo nota la mayoría de la gente, hay progreso.

Para Grayling el siglo XVII fue el punto de inflexión (inicio del cambio mental) al que siguieron cuatro siglos de efectos en cascada a favor del cambio y el progreso. Fue un periodo convulso de inestabilidad y cambio mundial debido a los trastornos políticos y militares y al tumulto mental. Grayling dedica una tercera parte del libro a explicar la guerra de los Treinta Años, debida a una mezcla de motivos religiosos y estratégicos, en que desapareció una tercera parte de la población europea. Significó la caída de España, el auge económico de Inglaterra y la hegemonía de Francia. Su relato de la larga contienda, emotivo y vibrante, se basa, entre otras, en las obras de Geoffrey Parker y P. H. Wilson, The Thirty Years War: Europe’s Tragedy (Londres, 2009), por la que siente gran admiración. Este párrafo es un buen resumen:
“…fue una devastadora y terrorífica serie de combates por todas partes de una Europa exhausta en la que millones de personas murieron por las batallas, las hambrunas, las enfermedades y saqueos. Los varios bandos enfrentados alternaban éxitos y fracasos, y los resultados de las campañas sumaban y restaban, sin dar un resultado claro; los ejércitos atravesaban Europa, arrasando cosechas, quemando pueblos, violando y asesinando civiles, robando y saqueando… y todo, durante treinta largos y abominables años.”
Los territorios y sus poblaciones cambiaban de religión (católicos, protestantes y calvinistas) según el principio “la religión del gobernante es la religión del Estado”.
Grayling registra numerosos episodios de brutalidad y barbarie:
“…una indignada multitud calvinista invadió la catedral de Amberes en señal de protesta, y se dedicó a destrozar el bello estatuario de la catedral, así como sus pinturas e incluso las decoraciones de las columnas. Dieron la hostia consagrada a los animales, se bebieron el vino de comunión, hicieron trizas cuadros y tapices y destrozaron las cristaleras.”
Y la venganza correspondiente que me recuerda la defensa de la altura moral del cristianismo sobre la brutalidad romana que han hecho algunos historiadores:
“Un grupo de caballeros del Toisón de Oro, totalmente acorazados, se abrió paso espada en mano hacia la catedral para defender su capilla: mataron a unos cuantos amotinados y los colgaron en el exterior de la catedral, atacando con lanzas y espadas los cuerpos que se retorcían mientras morían.”

Después revisa la vida y obra de distintos personajes clave del siglo XVII, muchos a caballo de la magia o el ocultismo y el racionalismo científico: Mersenne, Bacon, Descartes, Von Taxis,  Hartlib, Newton, Boyle, Harvey… La alquimia, la magia, el ocultismo, la cábala o el rosacrucismo fueron a la vez una resistencia a la rigidez religiosa y el intento de encontrar un atajo para el dominio de lo real.  Y para que todo ese revuelto de ideas nuevas y antiguas circularan juagaron un papel decisivo el aumento de la alfabetización, la proliferación de publicaciones en lenguas vernáculas y la mejora del correo postal.
Según Grayling “las guerras y disturbios del siglo contribuyeron a hacer posible el cambio debido al fracaso de la autoridad, tanto en lo teórico como en lo práctico, durante el caos que causaron.” Y, como consecuencia “se abrieron aquí y allá huecos para que ideas nuevas y peligrosas circularan y se alimentaran recíprocamente.” Las épocas de crisis aceleran los cambios y un efecto colateral de los largos períodos de guerras es el avance de la tecnología, militar y logística) que luego se traslada a la sociedad civil.
Se llega a un momento histórico a través de toda la historia anterior; pero puede ser “gracias a” (integradores) o “a pesar de” (rupturistas) esa historia anterior. Parece que la historiografía actual se inclina por la integración, sobre todo cuando está por medio el tema religioso: la Edad Media no fue “oscura”, no hubieron guerras religiosas, la Inquisición no fue para tanto (1), las conquistas colonialistas fueron benéficas e incruentas… Se confunde explicar por el contexto con justificar; o, mejor dicho: explicación y justificación son conceptos cada vez más parecidos. Casi todas las críticas que he leído sobre este libro condenan sus ataques a la religión. Yo creo que es una obra vigorosa y colorista que ayuda a entender cómo, del caos, surgió la luz en forma de pequeños destellos durante el siglo XVII. Buen complemento a la “Historia de la ciencia” de John Gribbin.
NOTAS:
(1)    Henry Kamen en “La Inquisición española” (2013) dice: “Sabemos que el Santo Oficio no tuvo ningún impacto en el desarrollo demográfico, no desempeñó ningún papel perceptible a favor ni en contra de la industria ni de la ciencia, y ejecutó a poco menos de un 1 por ciento del número de víctimas que dice Llorente.” Y termina con una frase que suena a “pasa en las mejores familias”: “El control y la coacción, en nombre de la religión, de la raza o de la Seguridad Nacional, continúan siendo practicados por los poderes públicos y aceptados con increíble pasividad por la población. No hay muchos motivos para discrepar de la opinión del gran historiador de la Inquisición, Henry Charles Lea, cuando dice: «Qué poco han hecho la religión y la civilización por situarnos por encima de la brutalidad primitiva y con qué facilidad volvemos a caer en ella».
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miércoles, 28 de febrero de 2018

PAGANOS Y CRISTIANOS EN UNA ÉPOCA DE ANGUSTIA de E. R. Dodds - Erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Valoración 10/10

Título original: PAGAN AND CHRISTIANIN AN AGE OF ANXIETY
Traductor: J. Valiente Malla
Ediciones Cristiandad 1975
190 páginas

Algunos de los mejores escritores sobre la antigüedad son filólogos clásicos. Recuerdo el magnífico “La sociedad romana” de Ludwig Friedländer o los incisivos libros sobre Grecia de Farrington. E. R. Dodds (Irlanda, 1893-1979) es uno de ellos con un profundo conocimiento sobre los neoplatónicos y un brillante estilo mezcla de atinada erudición y agudeza psicológica. Su “Los griegos y lo irracional” es un clásico de referencia que explica como los que crearon el primer racionalismo europeo eran muy conscientes del poder de lo irracional; pero por carecer de herramientas psicológicas, lo expresaron a través de los mitos.
En “Paganos y cristianos en una época de angustia” hace un recorrido por la cultura pagana y cristiana desde Marco Aurelio (161 d. c.) hasta Constantino (306 d. c.); un periodo que Dion Casio resumió así: «Después de la muerte de Marco la historia pasó de un imperio de oro a un imperio de hierro mohoso». Las 180 páginas de la obra pueden llevar a engaño. El texto principal es breve, pero denso e intenso, y el cuerpo de notas, tan extenso como el principal, para chuparse los dedos. Puedes pasarte días siguiendo la pista y contrastando referencias en internet (muchos, la mayoría en inglés, pueden descargarse libres de derechos). Esos “compárese” son una tentación irresistible. Un ejemplo (con perdón por la larga cita):
“105. La frecuencia del martirio voluntario entre los cristianos está atestiguada por Luciano (Peregr-, 13: «Muchos de ellos se entregan voluntariamente»), por Celso (Oríg., C. Ceis.,8.65) y por Gemente, quien afirma (como más urde haría Juliano, Epist., 89 b Bidei-Cumont) que tales individuos actúan por deseo de morir; (Strom., 4.17.1). Es interesante el hecho de que Epicteto conoce ese mismo deseo de morir entre algunos jóvenes paganos, y se siente obligado a refrendarlo, así como que Séneca hable de un «affectus qui multos occupavit, libido moriendi» (Epist., 24.23). El carácter patológico del anhelo del martirio parece evidente en el crudo lenguaje de Ignacio, Ad Rom., 4. Más sanos parecen los motivos que impulsaron a denunciarse en masa a los cristianos de que habla Tertuliano, Ad Scap,, 5 (y que obligaron al apurado magistrado a indicarles que había otros modos menos perturbadores de buscar la muerte), o los que movieron al joven Orígenes al deseo de morir junto a su padre (Eus., Hist. Eccl., 6.2.3-6. <;No sería la automutilación de Orígenes un sustitutivo del martirio, del que le había apartado su madre, como sugiere Cadiou, Jeunesse d'Origène [1935], 38?). Sin embargo, las autoridades de la Iglesia desaconsejaban generalmente el martirio voluntario (cf. Mart. Polycarpi, 4, y Clem., loe. cit.). Sobre todo este tema, cf. las agudas observaciones de A. D. Nock, Conversion, 197-202, y G. de Stc. Croix, «Harv. Thcol. Rev.*, 47 (1954), 101-3.”

El libro se organiza en cuatro capítulos. Los tres primeros revisan la relación de paganos y cristianos con el mundo, los demonios y los dioses. En el cuarto reflexiona sobre los debates entre los principales representantes de las dos partes –“lo que pensaban cristianos y paganos unos de otros”- y ofrece las causas del éxito del cristianismo.
Empezaré por el final. Dodds dice que el debate entre cristianos y paganos se dio entre personas cultas como a nivel popular en mercados y hogares, pero del último se sabe muy poco. Celso (siglo II) que polemizó con Orígenes, fue el primero en ver una amenaza en el cristianismo y el peligro de que la Iglesia acabara siendo un Estado dentro del Estado. Le siguió Porfirio, por el que Dodds siente alguna admiración. Las tres causas del éxito del cristianismo que Dodds ofrece son:
1.       El exclusivismo. Había demasiados cultos, demasiados misterios, demasiadas filosofías de la vida entre las que elegir y el cristiano podía quitarse de encima el peso de la libertad. En una época de angustia siempre ocurre que los credos «totalitarios» son los que mayor atractivo ejercen.
2.       El cristianismo estaba abierto a todos y no exigía una formación intelectual previa.
3.       El cristianismo esgrimió la amenaza más dura y el premio más sabroso.
4.       El sentimiento de grupo reforzado por la ayuda mutua que ofrecía ante el desamparo de las grandes ciudades.
Sin olvidar el empujón de Constantino al hacer del cristianismo la religión oficial del Imperio. Dodds cita a Rostovtzeff: «reinaban por todas partes el odio y la envidia; el campesino odiaba al terrateniente y a los funcionarios, el proletariado urbano odiaba a la burguesía urbana, y el ejército era odiado por todos* (Social and Economic History of the Roman Empire, 453). El cristianismo aparece entonces como la única fuerza capaz de mantener unidos a todos estos elementos en discordia; de ahí que Constantino lo considerase tan interesante.

El primer capítulo sigue las pistas de la cultura del odio al cuerpo, a los placeres y a todo lo material. El panorama descrito es pesadillesco. El odio y la repulsa al sexo está en el mismo origen del cristianismo: “Galeno y Orígenes dan testimonio de que en sus tiempos eran muchos los cristianos que se abstenían de las relaciones sexuales durante toda la vida; la virginidad era la cumbre y la corona de todas las virtudes.” En los Hechos de Pablo y Tecla, obra muy difundida entonces, se afirmaba que sólo resucitarán los y las vírgenes, y se dice que los marcionitas negaban los sacramentos a los casados. El Evangelio de los Egipcios enseña que «Cristo vino para destruir las obras de la mujer», es decir, para poner fin a la reproducción sexual. El ascetismo degeneró en una carrera de emulación: “Macario de Alejandría supera a todos los demás monjes en el ayuno, con lo que provoca la envidia y la ira de estos.”. Entre los motivos para retirarse al desierto están: el sentimiento de culpabilidad, las querellas familiares y “el mero disgusto por la humanidad”. Pone ejemplos de los dos bandos, como la del fanático neoplatónico Teosebio que “presentó a su esposa un cinturón de castidad y le ordenó llevarlo siempre o marcharse, pero no lo hizo hasta que hubo desaparecido toda esperanza de tener hijos con ella.”
Dodds opina que el desprecio de Ia condición humana y el odio al cuerpo era una enfermedad endémica en toda la cultura de la época, pero sus raíces estaban en una neurosis endógama, indicio de unos sentimientos de culpabilidad intensos y muy difundidos.

El segundo capítulo habla del mundo demoníaco de la época, el común y el diferencial entre paganos y cristianos: sueños, adivinación, visiones, profecías, exhibicionismo, automutilaciones, fraudes… Se extiende en algunas historias como la de Peregrino que “es un personaje mucho más complejo e interesante, y su vida y hazañas, tal como nos las cuenta Luciano, resultan extrañísimas.”

En el tercer capítulo se propone “analizar ciertas experiencias de naturaleza ciertamente oscura y mal definida, pero cuyo valor religioso se admite generalmente.” Explica las diferencias entre el éxtasis griego en Plotino y Porfirio (más cercanos a la mística hindú) y el éxtasis místico, o entre la deificación y la unión mística. Desarrolla especialmente el concepto de unión mística en Plotino que no hubiera estado de acuerdo con Àldous Huxley en que «el hábito del pensamiento analítico resulta fatal para las intuiciones del pensamiento integral». Dodds “considera la experiencia mística como una dilatación de la conciencia personal hasta abarcar esa zona de lo inconsciente” y rastrea esa tendencia a la mística introvertida en otros neoplatónicos. Luego pasa a Orígenes y explica su misticismo frustrado, la deuda de Gregorio con Plotino…, para concluir que la mística, desde los textos gnósticos y herméticos, era endémica y tomó fuerza desde Marco Aurelio a Orígenes: “Ello no ha de sorprendernos. Como ha dicho con razón Festugiére, «miseria y mística son realidades conexas».

Mi admiración por E. R. Dodds es la misma que el sentía por Plotino y Porfirio. Su libro es un ejemplo de erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Me remito al “compárese” de sus notas y me despido con una última cita:

“Porfirio advirtió, como otros han hecho después, que sólo las almas enfermas sienten necesidad del cristianismo. Pero resulta que en aquella época había muchas almas enfermas; Peregrino y Elio Aristides no son casos aislados; el mismo Porfirio estaba lo bastante enfermo como para entrever la posibilidad del suicidio, y hay motivos para pensar que durante aquellos siglos fueron muchos los que, consciente o inconscientemente, estaban enamorados de la muerte. Para tales individuos, la perspectiva del martirio, que llevaba consigo la fama en este mundo y la bienaventuranza en el otro, venía a ser un atractivo más del cristianismo.”
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jueves, 2 de noviembre de 2017

CUIDAR LA LIBERTAD de Richard Rorty - Complica la filosofía y simplifica la política - Valoración 8/10

Páginas: 208
Año publicación: 2005
Editorial: TROTTA

El libro reúne varias entrevistas a Richard Rorty entre 1982 y 2001, sobre filosofía y política, con una introducción a cargo del filósofo colombiano Eduardo Mendieta. En su excelente presentación de la figura y la obra de Rorty, Mendieta lo califica de “outsider sin nostalgia, tábano socrático, desmistificador irreverente, perpetuo soñador intempestivo, profeta heroico de los nuevos amaneceres, ingenioso con don de gentes, productor magistral de bricolaje moderno y crítico patriota de un país incompleto.” Y lo entiende como “una anomalía americana peculiarmente extraña.”

Richard Rorty (1931-2007) fue un filósofo de formación analítica, luego giró hacia el pragmatismo de Dewey, James y Sellars y tendió puentes a la filosofía continental de Nietzsche, Gadamer, Derrida y Habermas, del que era amigo. Se declara antimetafísico y siente fascinación por Hegel y Heidegger. Para que conste: yo me tomo la filosofía como mera gimnasia mental y siento pocas simpatías por la mayoría de autores que le gustan a Rorty (excepto Dewey y James). Hace muchos años leí algún libro de Rorty y me pareció interesante y algo confuso; más recientemente, he leído “Miedo al conocimiento” de Paul Boghossian (anti-Rorty total) y volvió a despertar mi interés. Por otro lado, veo mucho respeto a Derrida y a mí no me entra ni con embudo. Veré si puedo hacer algo al respecto.

En filosofía Rorty es antiplatónico y antimetafísico; niega que la mente tenga acceso privilegiado a la esencia de las cosas. Ve la filosofía como un “asunto interno” de los filósofos y cuestiona su relevancia social: “La filosofía es una tradición intelectual importante. Si no se ha leído a Kant, no se puede leer a Hegel. Si no se ha leído a Platón, no se puede leer a Kant. Alguien tiene que absorber todo esto, al fin y al cabo son libros bastante complicados. (…) Creo que a veces los filósofos valoran demasiado su posición en la sociedad y en la cultura, y creo que la izquierda en particular valora demasiado el papel de la filosofía.”
Es anti dualista (no hay separación mente—cuerpo) y explica la construcción dualista de Descartes como un diseño para asegurar el estudio de la física en un entorno religioso hostil a su práctica.
La condición humana está inmersa en el flujo evolutivo y no hay Verdad ni trascendencia fuera de él. Cada contexto produce su vocabulario descriptivo y no hay Verdad objetiva fuera o por encima del contexto, ni vocabulario privilegiado que permita a un público escapar a sus límites humanos y ver la totalidad de lo posible. Esta forma de relativismo es la que le discute Boghossian.
Por encima de la filosofía, que es cosa de especialistas, está la política y la ética. En ética defiende la separación de lo privado y lo público: “Mientras que los ciudadanos persiguen en lo privado su sueño de perfección, en lo público están unidos por la solidaridad y el respeto mutuo. Si en nuestras vidas privadas aspiramos a lo sublime, en lo público queremos «evitar la crueldad y el dolor”.

En política se define de la vieja izquierda del New Deal, apuesta por reformas útiles y no por revoluciones. Se trata de luchar por reordenamiento inteligente de lo existente con el fin de “impedir que los ricos desvalijen a los pobres”. Critica la izquierda posterior a los años sesenta en USA por no conseguir que la clase trabajadora blanca apoye una legislación progresista.
Sobre la globalización dice que “Su efecto principal es dar todavía más poder a los ricos. (…) A los ricos siempre se les ha dado bien utilizar los últimos desarrollos tecnológicos para estafar a los pobres.”
Cuando habla de filosofía, Rorty, complica las cosas; si habla de política, las simplifica. Refiriéndose a la proliferación de “culturas” dice: “Yo propondría que hablásemos de prejuicios en lugar de grupos. Antes de que supiéramos que había una cultura afro-americana, o gay, o femenina, hablábamos de negros, gays y mujeres que lo pasaban mal innecesariamente porque la gente tenía prejuicios contra ellos. Supongo que no me queda claro por qué se dice algo más con el descubrimiento de que todos tenemos culturas, o con el fomento de las culturas.”

Todas las entrevistas van precedidas de buenas introducciones al tema que van a tratar, son interesantes y de gran calidad; pero destacaría la que llevan a cabo Derek Nystrom y Kent Puckett bajo el título de “Contra los jefes, contra las oligarquias”. Es incisiva, respetuosa pero beligerante; aprietan a Rorty hasta casi acorralarle. Por momentos parece que el entrevistador sabe más que el entrevistado y se propone cortarle el aire y desarmarlo, sacando a la luz sus carencias. Rorty sabe responder con humildad y dar la razón al otro cuando la tiene; cosa muy rara por estos lares.

Nuevos nombres y deberes: Erik Olin Wright, Joel Rogers y Josh Cohén, marxistas anlíticos que ofrecen soluciones locales a problemas concretos. Michael Williams y Robert Brandom, admirados por Rorty. Leer algo de Dewey y Gadamer.
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domingo, 29 de octubre de 2017

ESPERANZA SIN OPTIMISMO de Terry Eagleton - Buena crítica del optimismo y opaca propuesta de esperanza - Valoración 8/10

Título originalHope without Optimism
TraductorBelén Urrutia
Páginas248
IdiomaEspañol
Publicación2015 (2016)
EditorialTaurus

Terry Eagleton (Reino Unido, 1943) es un profesor de teoría de la literatura, crítico literario y cultural, de raíces cristianas, marxistas y freudianas. Fue discípulo del interesante marxista cultural Raymond Willliams. No son credenciales que, en principio, me resulten demasiado atrayentes; pero, como nos ocurre a muchos lectores, sucumbo víctima de un buen título y una mejor primera frase del libro. El título pica la curiosidad: “Esperanza sin optimismo”. ¿Cómo se cocinará eso? La primera frase:
 “Alguien como yo, para quien la proverbial botella no sólo está medio vacía sino que casi con seguridad contiene un líquido potencialmente letal y de sabor repugnante, quizá no sea el autor más apropiado para escribir sobre la esperanza.”

Nada, me digo, éste es de los míos; y eso parece durante el primer cuarto del libro titulado “La banalidad del optimismo” que empieza pegando fuerte:
“Puede haber muchas buenas razones para creer que una situación va a acabar bien, pero esperar que ocurra así porque eres optimista no es una de ellas.”
Y sigue con una lúcida crítica al libro de Matt Ridley “El optimista racional”, libro que tuve en las manos y, después de ojearlo, descarté leerlo con la sensación de que el buen Matt se subia a la parra. También recibe lo suyo “Los ángeles que llevamos dentro” de Steven Pinker que intenta demostrar el descenso de la violencia en la historia de la humanidad. Eagleton aduce que contar los muertos de cada época en proporción al total de la población mundial en ese momento, no es muy consolador; que la violencia y la injusticia organizada cambia de forma, pero persiste. Por ahí me ha convencido. Hace tiempo que albergo sospechas sobre ese neodarwinismo liberal con tufillo a anarcocapitalismo y apelaciones entusiastas a “la mano invisible del mercado” del mesías  Adam Smith del que Ridley es su profeta en “The evolution of everything” (2015). Sigo siendo neodarwinista, pero empiezo a entrever brechas… ¡Y eso me encanta!

Después va y la lía: Abraham, San Pablo, San Agustin, Santo Tomás, Ciceron, Chejov, Dickens, Mann, Lacan, Lawrence, Kierkegaard, Hegel, Heidegger, Hobbes, Marx, Freud o el Benjamin más mesiánico. La lista es interminable y el trote a pelo; saltos libres sin orden ni sistemática,  zambullido en el proceloso mar de libertinaje metafísico, teológico y literario ( en otras palabras, espeso galimatías), Eagleton se pone opaco. Dedica un capítulo entero al inefable Ernst Bloch y su libro “El principio esperanza” y sus delirantes 1.400 páginas de marxismo místico y extravagantes ensoñaciones utópicas. Eagleton pierde cuando abandona la ironía y se pone trascendente en un viaje febril por la esperanza, la desesperanza y el deseo; su texto se hace confuso, pero el lector perseverante se solazará ante ráfagas de brillantes intuiciones que, al fin y al cabo, es lo que importa.

La palabra esperanza no me gusta, demasiadas resonancias religiosas. San Pablo, San Agustin…, elige sus mejores frases sobre la esperanza, siempre te hablan de la esperanza en la otra vida, de salvación y redención. De nada sirve traer a Adorno en su ayuda: «El único modo que aún le queda a la filosofía de justificarse ante la desesperación sería intentar ver las cosas tal como aparecen desde la perspectiva de la redención». ¿De que redención me hablas? No entiendo de eso. Si me traes a Kierkegaard, más de lo mismo: alcanzar la salvación a través de la desesperanza. Muy bonito, pero…, ¿Qué hacemos con eso? Prefiero la palabra “confianza” en que un deseo se realice, confianza débil, fuerte o moderada, según los hechos que la respalden. La confianza, si es activa, propicia que las cosas ocurran. Como decíamos de jóvenes, si quieres ligar tienes que intentarlo.

Su crítica al optimismo me parece buena, ingeniosa y desenfadada; su defensa de la esperanza, no tanto. Es mejor en el ataque que en la defensa, en la destrucción que en la construcción. Es el problema común a casi toda la crítica cultural: tomas unas cucharadas de San Pablo, San Agustín, Santo Tomás; una pizca de Kierkegaard, Marx, Freud…, lo mezclas con Plenty Coups, el último gran jefe de la tribu crow americana, ¿y que tienes?, una sopa insulsa de sabor indiscernible.


Richard Rorty, en “Cuidar la libertad”, dice: “Si no se ha leído a Kant, no se puede leer a Hegel. Si no se ha leído a Platón, no se puede leer a Kant. Alguien tiene que absorber todo esto, al fin y al cabo son libros bastante complicados.” Para leer a Eagleton (o a Derrida, a Harold Bloom o George Steiner) deberías haber leído todo, nadie lo ha leído todo, luego no puedes discutir con un crítico cultural (ni siquiera otro crítico cultural).

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lunes, 20 de febrero de 2017

DIDEROT: UNA BIOGRAFIA INTELECTUAL de Raymond Trousson - Buena biografía que sabe a poco - Valoración 8 sobre 10


  • Nº de páginas: 304 págs.
  • Editorial: EL ACANTILADO 2011


El libro de Damasio me lleva al de Jonathan Israel y éste a la biografía de Diderot que ahora reseño. Siempre he practicado el senderismo bibliográfico, hoy, con internet, tan cómodo, y mucho más arduo y emocionante en otros tiempos cuando, bocadillo en la mochila, hacia la ruta por bibliotecas y librerías de Barcelona en busca del tesoro. El éxito no estaba asegurado, pero proporcionaba la exaltación del viaje de descubrimiento.

El Diderot de Trousson es una biografía escrita con contención y ceñida a los hechos conocidos. Nada que ver con los vuelos especulativos de un Zweig o la imaginación novelesca de un Robert K. Massie (1), muy respetables, por cierto. Trousson se limita a exponer lo que se sabe y dejar constancia de lo que se ignora. Nos muestra al polemista defensor de la igualdad, la democracia, la educación universal y laica, el azote de la iglesia, la aristocracia y la monarquía… Al escritor frustrado de teatro, al omnívoro articulista de la Enciclopedia (sobre arte, oficios, filosofía, ciencias, política, economía), su gran éxito póstumo con la novela Jacques el fatalista…Y al hombre corriente, en zapatillas, preocupado por cuidar de su familia o apasionado y decepcionado por sus amigos.

¿Qué destacar en la vida de Diderot? Su capacidad de trabajo y honradez intelectual; su amistad y posterior ruptura con Rousseau, paladín de la bondad natural del hombre y, él mismo un personaje huraño y desconfiado; su intenso trabajo como director y redactor de L'Encyclopédie durante 20 años en los que hubo de todo: satisfacciones, amenazas, controversias, la traición del editor Le Breton que la esquilmó a sus espaldas…

Y mucho más. Con el prudente d’Alembert, alarmado por la combatividad y el radicalismo de Diderot, pronto se distanció. Al ponerse difíciles las cosas con L'Encyclopédie, arreciado el acoso con denuncias y amenazas, d’Alembert dejó la codirección y rompió las relaciones con Diderot, pero éste no dudó en cuidarlo como a un hermano cuando el matemático cayó enfermo de gravedad. Relaciones frías con el sibilino Voltaire que lo adulaba oficialmente y lo atacaba en secreto por su ateismo y su dura crítica a la aristocracia.

No menos intrigante es su amistad con el barón von Grimm por el que sentía una verdadera pasión y que éste no dudó en traicionar. Con d’Holbach, bien, sin intimar demasiado. D’Holbach, cabeza de lista de los ilustrados radicales, merece atención especial, aunque, de momento, no tengo bibliografía a mano.

Otro capítulo es el de sus relaciones con Catalina la Grande de Rusia que lo ayudó económicamente al comprar su biblioteca en vida, pagándola con generosidad. Diderot, poco dado a los largos viajes, emprendió uno a San Petersburgo como muestra de gratitud a Catalina. Los esfuerzos de Diderot por lograr que Catalina pusiera en marcha reformas democráticas en Rusia no tuvieron éxito. La emperatriz le dijo en una de sus cartas:

“Vos no trabajáis mas que sobre el papel, que lo soporta todo; en él es todo coherente, flexible, y no presenta obstáculos ni a vuestra imaginación ni a vuestra pluma, mientras que yo, pobre emperatriz, trabajo sobre la piel humana, que es muy irritable y quisquillosa”

Buena biografía de Diderot, que sabe a poco.

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miércoles, 15 de febrero de 2017

UNA REVOLUCIÓN DE LA MENTE de Jonathan Israel - ¿Creias saber algo sobre la Ilustración? - Valoración 9 sobre 10

 Editorial Aetoli
232 páginas
Año edición 2015

Lo mío no tiene arreglo; es un descontrol total y va a peor. Y no voy a justificarlo: que si es un desorden organizado; que si lo que cuenta es la curiosidad insaciable; que hay que dejar que los libros compitan y gane el mejor…Tonterías, zarandajas, excusas de mal perdedor. En estos momentos tengo empezados: una biografía de Spinoza, otra de Diderot, una policiaca de Lawrence Block (solo porque en el título figura Spinoza), uno de George Steiner sobre el lenguaje, “La Ilustración Radical” de Jonathan Israel (no me iba a conformar con el que hoy reseño), el clásico de Paul Hazard, uno de Ed McBain (por si quiero relajarme)… y alguno más. Esto no es normal; es concupiscencia y desenfreno. Tengo amigos que cogen un libro, lo leen; cogen otro, lo leen, y así van, paso a paso, en orden y línea recta. En fin… tenía que decirlo. Como decía mi madre: “nen, no somiquis i afanya’t” (no lloriquees y espabila). Venga, al tajo con “Una revolución de la mente”.

Es uno de esos libros que hacen tambalear conceptos y creencias que proceden de la versión homologada de la historia. Un libro que te impulsa a barrer de una brazada los ilustrados oficiales que tienes sobre la mesa, dejarla libre, e ir colocando en ella a los “tapados” radicales, los que hasta hace poco eran juzgados como menores, secundarios relegados al rincón sombrío de la historia intelectual. Con unos cuantos ya me lo olía: Voltaire, su coqueteo con reyes y aristócratas, su desprecio por la chusma ignorante; Montesquieu, con su relativismo cultural; Rousseau y su exaltación de lo irracional… Con otros no tanto: Locke, Hume, Adam Smith, Kant…

En “Una revolución de la mente”, J. Israel hace una síntesis de su monumental trilogía (más de 3.000 páginas) dedicada a estudiar el pensamiento ilustrado (1). Lo que la obra grande era un desgranar sosegado de las variedades contendientes del pensamiento ilustrado, su contexto histórico y sus consecuencias, aquí marcha a toda velocidad, y el siglo XVIII aparece como un hervidero de ideas, disputas y controversias entre radicales, moderados y la “contra-ilustración” tradicionalista, pescando en río revuelto.

“Con frecuencia, la tendencia moderada reaccionaba de manera consciente, e incluso desesperada, ante el pensamiento radical que en todas partes se percibía como una amenaza inmensamente peligrosa.” (2)

En “La Ilustración Radical”, J. Israel hacía notar que la revolución ilustrada fue un fenómeno europeo de consecuencias mundiales, más importante que el Renacimiento y la Reforma, y mucho menos estudiado.

Reacciones y consecuencias (para abrir boca):

1. Ya en 1705, el predicador holandés Johannes Aalstius, sostuvo que el nuevo radicalismo y en especial el espinosismo ponen de cabeza toda la estructura de

una moralidad de orden divino. Predijo que si tales influjos ganaran amplia aceptación, en el futuro la humanidad sólo se preocuparía de la felicidad individual en

esta vida. Para muchos ésta parecía una perspectiva aterradora.

2. Johann Friedrich von Struensee (1737-1772), ministro en Dinamarca, luchó por sacar adelante un programa enormemente ambicioso de reformas sociales y políticas, incluido el primer decreto oficial de la historia (el 4 de septiembre de 1770) que proclamaba la libertad de prensa como un principio universal que beneficia a la sociedad y promueve el avance del conocimiento. Detestado por el clero y acusado de espinosista en una campaña de injurias de la misma prensa que él mismo había liberado de la censura estatal, Struensee fue echado del poder por sus críticos de la corte en 1771, juzgado por “traición” y ejecutado.

3. En Alemania, durante la primera década del siglo xvm tuvo lugar la campaña pública

clave basada en las nuevas ideas filosóficas que trajo consigo el fin del juicio y la quema de brujas.

4. En Venecia, entre 1700 y 1750, salió por primera vez la mujer a la vida pública

como igual al hombre en intelecto, capacidades artísticas y libertad personal.



“La Ilustración radical está constituida por un conjunto de principios básicos que pueden ser resumidos brevemente en los términos: democracia, igualdad sexual y racial, libertad individual en el estilo de vida, libertad completa de pensamiento, expresión y prensa, erradicación de la autoridad religiosa del sistema legislativo y educativo, y separación total de la Iglesia y el Estado.” Hoy, casi 300 años después, ya nos gustaría a muchos que estos temas estuvieran resueltos.

El autor analiza las posiciones en conflicto de las dos tendencias ilustradas en torno a las cuestiones de:

-          El proceso y las dos maneras de mejorar el mundo.

-          La defensa de la democracia o de la sociedad jerárquica.

-          El problema de la igualdad y la crítica a la nueva economía de Adam Smith.

-          La crítica de la guerra y la búsqueda de la paz.

-          La filosofía moral.

-          Voltaire contra Spinoza, el precursor de los radicales.

No voy a entrar en el detalle de estas polémicas; sólo diré que todas ellas, reproducidas con vigor y pasión por j. Israel, en la actualidad siguen candentes y sin resolver. Como muestra, las objeciones de Diderot a Turgot y Adam Smith, dos de los principales defensores de la libertad de mercado: Diderot opinaba que en una sociedad desigual e injusta, el laissez faire, sin regulaciones y frenos, era una visión demasiado estrecha. Los économistes habían olvidado simplemente los efectos sociales de la codicia. ¿Os suena?
Sobre el tema, hay otro libro que en su día no terminé. Lo volveré a intentar. Es éste:

Blom, Philipp: Gente peligrosa. El radicalismo olvidado de la Ilustración europea. Anagrama, Barcelona, 2012.

Deberes: Echarles un ojo a autores ingleses de la Ilustración radical, como Richard Price, Joseph Priestley, John Jebb, William Frend, William Godwin, Mary Wollstonecraft y Tom Paine.


NOTAS
(1)   Radical Enlightenment (2001), Enlightenment Contested (2006) y Democratic Enlightenment (2011). Hay traducción del primero La Ilustración radical (2012) Edit. Fondo de Cultura Económica.
(2)   La Ilustración radical página 10.

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