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miércoles, 28 de febrero de 2018

PAGANOS Y CRISTIANOS EN UNA ÉPOCA DE ANGUSTIA de E. R. Dodds - Erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Valoración 10/10

Título original: PAGAN AND CHRISTIANIN AN AGE OF ANXIETY
Traductor: J. Valiente Malla
Ediciones Cristiandad 1975
190 páginas

Algunos de los mejores escritores sobre la antigüedad son filólogos clásicos. Recuerdo el magnífico “La sociedad romana” de Ludwig Friedländer o los incisivos libros sobre Grecia de Farrington. E. R. Dodds (Irlanda, 1893-1979) es uno de ellos con un profundo conocimiento sobre los neoplatónicos y un brillante estilo mezcla de atinada erudición y agudeza psicológica. Su “Los griegos y lo irracional” es un clásico de referencia que explica como los que crearon el primer racionalismo europeo eran muy conscientes del poder de lo irracional; pero por carecer de herramientas psicológicas, lo expresaron a través de los mitos.
En “Paganos y cristianos en una época de angustia” hace un recorrido por la cultura pagana y cristiana desde Marco Aurelio (161 d. c.) hasta Constantino (306 d. c.); un periodo que Dion Casio resumió así: «Después de la muerte de Marco la historia pasó de un imperio de oro a un imperio de hierro mohoso». Las 180 páginas de la obra pueden llevar a engaño. El texto principal es breve, pero denso e intenso, y el cuerpo de notas, tan extenso como el principal, para chuparse los dedos. Puedes pasarte días siguiendo la pista y contrastando referencias en internet (muchos, la mayoría en inglés, pueden descargarse libres de derechos). Esos “compárese” son una tentación irresistible. Un ejemplo (con perdón por la larga cita):
“105. La frecuencia del martirio voluntario entre los cristianos está atestiguada por Luciano (Peregr-, 13: «Muchos de ellos se entregan voluntariamente»), por Celso (Oríg., C. Ceis.,8.65) y por Gemente, quien afirma (como más urde haría Juliano, Epist., 89 b Bidei-Cumont) que tales individuos actúan por deseo de morir; (Strom., 4.17.1). Es interesante el hecho de que Epicteto conoce ese mismo deseo de morir entre algunos jóvenes paganos, y se siente obligado a refrendarlo, así como que Séneca hable de un «affectus qui multos occupavit, libido moriendi» (Epist., 24.23). El carácter patológico del anhelo del martirio parece evidente en el crudo lenguaje de Ignacio, Ad Rom., 4. Más sanos parecen los motivos que impulsaron a denunciarse en masa a los cristianos de que habla Tertuliano, Ad Scap,, 5 (y que obligaron al apurado magistrado a indicarles que había otros modos menos perturbadores de buscar la muerte), o los que movieron al joven Orígenes al deseo de morir junto a su padre (Eus., Hist. Eccl., 6.2.3-6. <;No sería la automutilación de Orígenes un sustitutivo del martirio, del que le había apartado su madre, como sugiere Cadiou, Jeunesse d'Origène [1935], 38?). Sin embargo, las autoridades de la Iglesia desaconsejaban generalmente el martirio voluntario (cf. Mart. Polycarpi, 4, y Clem., loe. cit.). Sobre todo este tema, cf. las agudas observaciones de A. D. Nock, Conversion, 197-202, y G. de Stc. Croix, «Harv. Thcol. Rev.*, 47 (1954), 101-3.”

El libro se organiza en cuatro capítulos. Los tres primeros revisan la relación de paganos y cristianos con el mundo, los demonios y los dioses. En el cuarto reflexiona sobre los debates entre los principales representantes de las dos partes –“lo que pensaban cristianos y paganos unos de otros”- y ofrece las causas del éxito del cristianismo.
Empezaré por el final. Dodds dice que el debate entre cristianos y paganos se dio entre personas cultas como a nivel popular en mercados y hogares, pero del último se sabe muy poco. Celso (siglo II) que polemizó con Orígenes, fue el primero en ver una amenaza en el cristianismo y el peligro de que la Iglesia acabara siendo un Estado dentro del Estado. Le siguió Porfirio, por el que Dodds siente alguna admiración. Las tres causas del éxito del cristianismo que Dodds ofrece son:
1.       El exclusivismo. Había demasiados cultos, demasiados misterios, demasiadas filosofías de la vida entre las que elegir y el cristiano podía quitarse de encima el peso de la libertad. En una época de angustia siempre ocurre que los credos «totalitarios» son los que mayor atractivo ejercen.
2.       El cristianismo estaba abierto a todos y no exigía una formación intelectual previa.
3.       El cristianismo esgrimió la amenaza más dura y el premio más sabroso.
4.       El sentimiento de grupo reforzado por la ayuda mutua que ofrecía ante el desamparo de las grandes ciudades.
Sin olvidar el empujón de Constantino al hacer del cristianismo la religión oficial del Imperio. Dodds cita a Rostovtzeff: «reinaban por todas partes el odio y la envidia; el campesino odiaba al terrateniente y a los funcionarios, el proletariado urbano odiaba a la burguesía urbana, y el ejército era odiado por todos* (Social and Economic History of the Roman Empire, 453). El cristianismo aparece entonces como la única fuerza capaz de mantener unidos a todos estos elementos en discordia; de ahí que Constantino lo considerase tan interesante.

El primer capítulo sigue las pistas de la cultura del odio al cuerpo, a los placeres y a todo lo material. El panorama descrito es pesadillesco. El odio y la repulsa al sexo está en el mismo origen del cristianismo: “Galeno y Orígenes dan testimonio de que en sus tiempos eran muchos los cristianos que se abstenían de las relaciones sexuales durante toda la vida; la virginidad era la cumbre y la corona de todas las virtudes.” En los Hechos de Pablo y Tecla, obra muy difundida entonces, se afirmaba que sólo resucitarán los y las vírgenes, y se dice que los marcionitas negaban los sacramentos a los casados. El Evangelio de los Egipcios enseña que «Cristo vino para destruir las obras de la mujer», es decir, para poner fin a la reproducción sexual. El ascetismo degeneró en una carrera de emulación: “Macario de Alejandría supera a todos los demás monjes en el ayuno, con lo que provoca la envidia y la ira de estos.”. Entre los motivos para retirarse al desierto están: el sentimiento de culpabilidad, las querellas familiares y “el mero disgusto por la humanidad”. Pone ejemplos de los dos bandos, como la del fanático neoplatónico Teosebio que “presentó a su esposa un cinturón de castidad y le ordenó llevarlo siempre o marcharse, pero no lo hizo hasta que hubo desaparecido toda esperanza de tener hijos con ella.”
Dodds opina que el desprecio de Ia condición humana y el odio al cuerpo era una enfermedad endémica en toda la cultura de la época, pero sus raíces estaban en una neurosis endógama, indicio de unos sentimientos de culpabilidad intensos y muy difundidos.

El segundo capítulo habla del mundo demoníaco de la época, el común y el diferencial entre paganos y cristianos: sueños, adivinación, visiones, profecías, exhibicionismo, automutilaciones, fraudes… Se extiende en algunas historias como la de Peregrino que “es un personaje mucho más complejo e interesante, y su vida y hazañas, tal como nos las cuenta Luciano, resultan extrañísimas.”

En el tercer capítulo se propone “analizar ciertas experiencias de naturaleza ciertamente oscura y mal definida, pero cuyo valor religioso se admite generalmente.” Explica las diferencias entre el éxtasis griego en Plotino y Porfirio (más cercanos a la mística hindú) y el éxtasis místico, o entre la deificación y la unión mística. Desarrolla especialmente el concepto de unión mística en Plotino que no hubiera estado de acuerdo con Àldous Huxley en que «el hábito del pensamiento analítico resulta fatal para las intuiciones del pensamiento integral». Dodds “considera la experiencia mística como una dilatación de la conciencia personal hasta abarcar esa zona de lo inconsciente” y rastrea esa tendencia a la mística introvertida en otros neoplatónicos. Luego pasa a Orígenes y explica su misticismo frustrado, la deuda de Gregorio con Plotino…, para concluir que la mística, desde los textos gnósticos y herméticos, era endémica y tomó fuerza desde Marco Aurelio a Orígenes: “Ello no ha de sorprendernos. Como ha dicho con razón Festugiére, «miseria y mística son realidades conexas».

Mi admiración por E. R. Dodds es la misma que el sentía por Plotino y Porfirio. Su libro es un ejemplo de erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Me remito al “compárese” de sus notas y me despido con una última cita:

“Porfirio advirtió, como otros han hecho después, que sólo las almas enfermas sienten necesidad del cristianismo. Pero resulta que en aquella época había muchas almas enfermas; Peregrino y Elio Aristides no son casos aislados; el mismo Porfirio estaba lo bastante enfermo como para entrever la posibilidad del suicidio, y hay motivos para pensar que durante aquellos siglos fueron muchos los que, consciente o inconscientemente, estaban enamorados de la muerte. Para tales individuos, la perspectiva del martirio, que llevaba consigo la fama en este mundo y la bienaventuranza en el otro, venía a ser un atractivo más del cristianismo.”
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lunes, 19 de febrero de 2018

LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO de Peter Heather - Rigor histórico y emoción narrativa a ritmo cinematográfico. - Valoración 9/10

Título originalThe Fall of the Roman Empire: a New History of Rome and the Barbarians
TraductorTomás Fernández Aúz; Beatriz Eguibar
Páginas704
IdiomaEspañol
Publicación2005 (2006)
EditorialCrítica

Desde la gran epopeya de Gibbon, “La caída del Imperio Romano” de Heather, quizá se la mejor narrativa panorámica del todavía enigmático derrumbamiento de la Europa romana. Sin menoscabo del rigor, aquella solemnidad irónica de Gibbon la continua Heather, en versión más actual:
“Y en el transcurso del siglo V, la porción occidental del imperio romano, junto con todas las estructuras y procedimientos que había alimentado durante siglos, dejó de existir, dejando tras de sí el cadáver que constituye el tuétano de este libro.”
La arrolladora presión de los hunos empujó a los godos a migrar masivamente hacia el sur y los mermados ejércitos imperiales no pudieron hacer frente al coladero. El Imperio Oriental, involucrado en las guerras con los persas y los hunos, no pudo acudir en ayuda de occidente y la migración-invasión resultó imparable. Dicho así parece sencillo, pero, en detalle, es un impresionante caos de alianzas y choques entre decenas de tribus godas, los hunos, los ejércitos de los dos imperios y guerras civiles internas en cada uno de los bandos. La mayor hazaña es la Peter Heather que logra hacer comprensible al lector ese intrincado embrollo con una narración ágil, vibrante y colorista de más de 700 páginas en las que no escatima joviales toques de humor:
“Los romanos conocían la calefacción central, tenían un tipo de sistema bancario basado en principios capitalistas, y disponían de fábricas de armas e incluso de asesores políticos, mientras que los bárbaros eran simples agricultores con cierta inclinación por los prendedores decorativos.”

El título de la obra es significativo si lo comparamos con el paradigmático de Gibbon. Edward Gibbon tituló su monumental obra como “Decadencia y caída”, mientras Heather lo deja solo en “La caída”. Y ahí está la diferencia: para Heather no hubo tal decadencia y lo argumenta aludiendo a “los muchos ejemplos de cooperación entre bárbaros y romanos, así como de interacción no violenta.” Para Heather, Roma no estaba debilitada y la invasión goda tuvo las causas naturales que puede tener un alud. Por supuesto, el cristianismo nada tuvo que ver con la debilidad romana; Constantino lo oficializó para aprovechar sus sólidas estructuras locales y la sustitución del politeísmo por el monoteísmo fue gradual y, en líneas generales, incruenta. Yo creo que la polémica no está resuelta, que la invasión goda, básicamente analfabeta (sus masas y sus líderes), favoreció la consolidación del cristianismo que quizá, en un mundo romano con élites y burocracias cultas, hubiera acabado por disolverse en una filosofía más como los estoicos, epicúreos o neoplatónicos. Heather pasa por el tema de perfil. Para saber sobre el contexto espiritual donde nació el cristianismo hay que leer a Dodds (1) y Brown (2), y para entender sus estrategias de expansión a MacMullen (3). Heather está del lado de la tesis de la “transformación”, aunque yo creo que su propia narración de los pormenores la desmiente al quedar claro que Roma cayó porque la empujaron (desde dentro y desde fuera). Bryan Ward-Perkins, un poco en soledad, defiende la tesis del “derrumbe” y el colapso de la civilización.
El libro comienza con un episodio de “La guerra de las Galias” de Julio Cesar: la traición de Ambiorix, la emboscada de los eburones y el suicidio en masa de los legionarios supervivientes. Es un relato de ritmo cinematográfico que ilustra como funcionaban las legiones en el año 54 A. C. Nunca se rendían y siempre cobraban las deudas: “Si los custodios de la impedimenta estaban dispuestos a luchar durante un día entero sin esperanza de éxito y a suicidarse en bloque antes que rendirse, los enemigos de Roma iban a verse en un grave aprieto.”
Luego, para situarnos en el contexto del siglo IV D. C. y compararlo con la Roma de César 400 años antes, recurre a siete discursos y unas novecientas cartas del senador y gran terrateniente romano Aurelio Símaco cuya correspondencia “resulta fascinante por el enorme número de sus corresponsales y por la luz que arroja sobre distintos aspectos del estilo de vida que llevaban los romanos de la Roma tardía.”
Sigue la misma técnica cinematográfica del salto temporal de 400 años al contarnos el viaje de Símaco a Tréveris para entregar el oro de la corona a Valentiniano I.

Se trata de una historia cercana al estilo tradicional centrada en acontecimientos y personajes: Aecio, el último general romano y su lucha, trágica y desesperada, por salvar el Imperio; Gala Placidia, hermana y esposa de emperadores; Atila y los hunos, sobre los que hace un relato exhaustivo de sus costumbres y formas de guerrear. Gran parte del libro es historia militar contada con brillantez y todo tipo de detalles: las guerras del Danubio, Hispania y África; las alianzas y las batallas con los hunos; un análisis (basado en los Notitia Dignitatum) de la pérdida de capacidad militar por los desequilibrios entre ejércitos de campaña y las tropas de guarnición… Todo ello impregnado de una saludable pedagogía sobre la interpretación de las fuentes a las que hay considerar con las precauciones debidas a “vendedores de coches usados”.
Para Heather el empuje de los hunos causó las oleadas de invasiones de los años 376 y 405 a 408. La pérdida permanente de territorios generó una formidable disminución de ingresos al estado central y, finalmente, el imperio de Occidente se disolvió porque se establecieron demasiados grupos extranjeros en sus territorios, y porque éstos expandieron sus posesiones mediante la guerra.
Si pesáramos el texto dedicado a la historia interna del Imperio y la historia de los “bárbaros”, la balanza se inclinaría del lado de los últimos. Al fin y al cabo Heather, es uno de los mejores especialistas en las tribus germánicas.

Vibrante narración de alturas épicas y excelencia académica a ritmo cinematográfico. Macaulay dijo algo así como que un buen libro de historia debería poder reemplazar, en la mesita de noche, la última novela que leía una joven dama. Salvando las distancias, en beneficio del libro de Heather, éste podría ser el caso.

(1) E. R. Dodds: Paganos y cristianos en una época de angustia (1968)
(2) Peter Brown: El primer milenio de la cristiandad, Crítica, 1997
(3) Ramsay MacMullen: Christianizing the Roman Empire: AD 100-400 (1984)

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sábado, 10 de septiembre de 2016

EL MUNDO MEDITERRÁNEO EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA 395-600 de Averil Cameron - Denso en conceptos y rico en detalles - Valoración 9 sobre 10


Título original The Mediterranean world in late antiquity ad 395-600
Traductor Teófilo de Lozoya
Páginas 264
Idioma Español
Publicación 1993 (1998)
Editorial Crítica
 
El mundo mediterráneo en la Antigüedad tardía (395-600) empieza con la división del imperio entre Oriente y Occidente a la muerte de Teodosio y termina con las invasiones árabes en Oriente. Es la continuación de El Bajo Imperio romano, 284-430 d.C.  y de hecho debería publicarse como un solo libro que conformaría el manual canónico sobre la Antigüedad Tardía.
Lo primero que sorprende es la densidad de conceptos y riqueza de detalles que te hacen sentir como si leyeras un libro de 800 páginas en lugar de las 260 que tiene. Y no porque resulte pesado o aburrido; todo lo contrario, su diálogo constante con las fuentes y las diferentes interpretaciones te sumergen en un tiempo histórico vivo y vibrante del que, para bien o para mal, somos herederos.

Comienza con una suculenta introducción de unas 30 páginas donde analiza los enfoques anteriores y actuales de los historiadores, explora las fuentes, fija el periodo de la Antigüedad Tardía y delimita sus principales problemas que para Cameron son:
-          El proceso de cristianización.
-          El de la defensa.
-          La supuesta decadencia de la economía del Bajo Imperio.
-          Los cambios y reajustes en la esfera educativa e ideológica.
Continua con la fundación de Constantinopla y el Imperio Oriental, la relación de los bárbaros y el ejército tardorromano, la relación Iglesia y Sociedad, el papel de los obispos, los conflictos, los monjes y ascetas, y el pronto enriquecimiento de la Iglesia.
Sigue con un análisis de las estructuras sociales y la economía, la reconquista de Justiniano, las transformaciones en la cultura y mentalidad, los cambios en la vida urbana, para terminar con las invasiones persas y árabes y los motivos de su éxito.

Nos impactan por igual sus visiones panorámicas:
“Las grandes construcciones recién erigidas, iglesias y monasterios, constituían los nuevos centros de poder e influencia; los desiertos de Egipto y Siria se transformaron en morada de miles y miles de monjes de toda laya, y las provincias de Oriente se convirtieron en un crisol de culturas, abierto a todo tipo de cambios sociales.”
O cuando pone la lupa para escrutar los detalles, por ejemplo, de las revueltas religiosas:
“Los sublevados empezaron a entonar cánticos pidiendo «Un nuevo emperador para el estado romano», y de esta guisa fueron hasta la residencia del anterior prefecto, Marino el Sirio; al no encontrarlo en ella, incendiaron su casa y saquearon todas sus pertenencias... En la casa hallaron a un monje oriental y, tras prenderlo, lo mataron, paseando luego su cabeza por las calles clavada en un palo entre cánticos que decían: «Mirad al enemigo de la Trinidad». Corrieron luego a casa de Juliana, mujer patricia de ilustrísimo rango, y se pusieron a vitorear a su esposo, Aerobindo, pidiendo que se convirtiera en emperador del estado romano.”
Explica como empezó el temprano enriquecimiento de la Iglesia:
“Claro que los pobres se beneficiarían hasta cierto punto de todo este proceso, y que algunos monasterios, por ejemplo en Palestina, contribuyeron en gran medida al desarrollo de la economía local, pero el principal beneficiario seguramente fue la propia Iglesia, que pudo así sentar las bases de la enorme riqueza de la que disfrutaría durante la Edad Media. El volumen de esa riqueza, que había ido a parar a manos de la Iglesia en forma de donaciones y legados desde que Constantino le concediera la posibilidad de heredar, levantando la prohibición del celibato de los ricos impuesta por Augusto, puede juzgarse echando una mirada al Liber Pontificalis (basado en un original de siglo VI), que contiene un catálogo de las ingentes fortunas donadas a las iglesias de Roma, entre ellas latifundios cuyas rentas daban de sí lo suficiente para el mantenimiento de la Iglesia en cuestión.”

Cuando trata de economía, agricultura, comercio o impuestos, abundan las expresiones “cautela”, “difícil de valorar”, “no está claro”, y términos similares, aplicados tanto a las fuentes como a las hipótesis. Peter Heather (1) lo expresa muy gráficamente cuando dice:
“Este tipo de interpretación exige que el acercamiento de los historiadores a los autores antiguos no les lleve a considerarlos como a fuentes que proporcionan hechos, sino más bien com o a vendedores de coches usados a los que sería conveniente tratar con saludable precaución.”

Como la mayoría de historiadores actuales, Cameron busca un equilibrio ponderado cuando juzga el papel del cristianismo en la caída del Imperio Romano. Tanto es así que la palabra “fanatismo” sólo aparece una vez en todo el libro, y refiriéndose a los monjes:
“Es indudable que Alejandría era propensa a sufrir estallidos de violencia como estos, pero lo cierto es que en cada ciudad se daba una peculiar mezcla de religiones, de suerte que, atizados por el fanatismo de algunos monjes y de determinados cabecillas religiosos, los disturbios fueron haciéndose cada vez más frecuentes durante los siglos V y VI a medida que fue incrementándose la población urbana en muchas de las ciudades de Oriente”
Tampoco la palabra “superstición” abunda. Sólo aparece dos veces en todo el libro y es para cuestionarla, cuando la propagación del cristianismo tuvo en los milagros uno de sus principales pilares en el terreno abonado del misticismo neoplatónico (2). La literatura apologética se apoya en cientos (o miles) de milagros. ¿Alguien los ha contado? Sería un interesante ejercicio estadístico.
Es cierto que el concepto “Religión de Estado” viene de lejos; ya la instituyeron los griegos apoyándose en las teorías de Platón (3); pero con el cristianismo llegó a su culminación y ha perdurado hasta el siglo XVIII. Sin duda es un tema medular y me pregunto por qué razón es tan difícil encontrar un historiador que lo encare abiertamente. Supongo que algo tendrá que ver el temor a ser condenado a la marginalidad por una avalancha de críticas que lo arrojarían al cuarto oscuro de la radicalidad y el extremismo; un síntoma más de que la presión del cristianismo aun pervive.
En la historiografía actual, los cambios ideológicos y religiosos, decisivos para el futuro de la humanidad, quedan enterrados en una maraña de teorías sobre las causas económicas, militares, culturales, urbanísticas, financieras… ¿Alguna de ellas ha condicionado, como la religión, los siguientes dieciséis siglos? Da la sensación de que se ha edificado un gigantesco pajar para que nadie encuentre la aguja.

NOTAS
(1)   Peter Heather: La caídadel imperio romano (2005)
(3)   Benjamin Farrington: Cienciay política en el mundo antiguo, Ayuso, 1980 (1939)

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martes, 6 de septiembre de 2016

EL BAJO IMPERIO ROMANO, 284-430 d.C. de Averil Cameron - Historia global clara y precisa, rica en asombrosos detalles y muy precavida con las fuentes - Valoración 9 sobre 10


Título original The later roman empire
Traductor Pablo Carbajosa | Inmaculada Utande
Páginas 238
Idioma Español
Publicación 1993 (2001)
Editorial Encuentro
  
Las dos obras de Averil Cameron “El Bajo Imperio romano, 284-430 d.C.” y “El mundo mediterráneo en la Antigüedad tardía, 395-600 d. C.”, podrían componer un solo libro, extraordinario, canónico, que empieza con Diocleciano y termina con las invasiones árabes. Junto con “El legado de Roma, una historia de Europa de 400 a 1000” de Chris Wickham, que abarca hasta el Occidente post carolingio, es todo lo que un lector no especialista, aunque exigente, puede necesitar. El libro de Bryan Ward-Perkins “La caída de Roma y el fin dela civilización” es un buen complemento para los gibbonianos confesos, como yo, al hacer hincapié en que la invasión germana de Occidente fue violenta y significó un descenso del nivel económico y cultural de esta parte del Imperio. A mí también me interesa cómo se extendió en cristianismo entre los siglos I y III, para lo que tendré que recurrir a la obra de Ramsay MacMullen “Christianizing the Roman Empire, A.D. 100-400” que reseñaré pronto, citado por Cameron en su bibliografía con el aviso “para una visión escéptica”. Puede completarse el panorama con el clásico de Per Brown "El mundo de la Antigüedad tardía".



El enfoque de Cameron se funda en el análisis precavido y hasta receloso de las fuentes, tanto narrativas como arqueológicas, la visión gradual de los procesos de cambio económico, militar, social, cultural y religioso, y el examen equilibrado y ecléctico de las diferentes hipótesis que intentan explicar esos cambios. Para explicar el “derrumbe” del Imperio se muestra favorable al concepto de colapso de sociedades complejas de Tainter (1).



En desacuerdo con las teorías que defienden el viraje brusco entre los mandatos de Diocleciano y Constantino dice:

“Una vez consolidado como único emperador, Constantino pondría en movimiento grandes transformaciones que han invitado tanto a los historiadores de su época como a los modernos a contraponerlo tajantemente con Diocleciano; pero él mismo era producto de la Tetrarquía y, en muchos sentidos, el heredero de Diocleciano; así, gran parte de las transformaciones sociales, administrativas y económicas ocurridas durante su reinado simplemente llevaron a su lógica conclusión las innovaciones iniciadas por Diocleciano.”

En el balance del mandato de Constantino, lamenta no disponer de la versión de Amiano Marcelino (2) y dice:

“Sin embargo, parece que no se produjeron grandes protestas por parte de la población pagana, y puede que las acciones de Constantino fueran más ambiguas de lo que deja entrever Eusebio. Esa ambigüedad no existía en lo que se refiere a la filiación de sus hijos, sobre todo de Constancio II, sobre quien escribe Amiano:

La llana y sencilla religión de los cristianos fue complicada por Constancio con fantasías de viejas [...]; el transporte público llevaba a toda prisa a un tropel de obispos de aquí para allá para asistir a lo que llaman sínodos y, con sus intentos de imponer conformidad, sólo consiguió Constancio paralizar el servicio de correos (XXI.6).

Al observar las primeras fases de esta evolución y contemplar las nuevas iglesias imperiales en construcción, muchos súbditos paganos de Constantino tuvieron que compartir la exasperación de Amiano”

Un aspecto llamativo es cómo influyó la supresión de las penas por celibato por parte de Constantino en la proliferación del ascetismo cristiano. Se observa que a finales del siglo IV los monjes se calculaban por millares.

El libro sigue con un análisis de las relaciones Iglesia-Estado que legó Constantino, el intento frustrado de Juliano de restaurar el culto pagano, el estado tardo romano hasta Teodosio, la economía, los asuntos militares y la cultura.

Cierra sus conclusiones con esta frase:

“Los problemas políticos, económicos y militares que experimentó en esta última fase el sistema imperial romano eran ciertamente muy grandes, y, como es natural, a menudo quedan reflejados en sus fuentes. Culturalmente, empero, la Antigüedad Tardía fue muy diferente de lo que este modelo sugiere. Diversa, cambiante, innovadora, contradictoria: todos estos epítetos pueden aplicarse con justicia al tumultuoso mundo de Amiano Marcelino. En cierto modo, se trataba de un mundo como el nuestro, con rápidos cambios y la consecuente sensación de confusión. No se trata del mundo clásico que nos es familiar, pero en eso reside precisamente su atractivo.”



Cameron nos enseña que la historia es interpretación del material que nos ofrecen las fuentes, y que ese material presenta muchos huecos; en el campo de la Antigüedad Tardía es un Gruyère con más agujeros que queso: un inmenso lago en que reconstruir la topografía del fondo con unas pocas piedras que asoman en la superficie. Como dijo Erwin Schrödinger (3) “Lo que intento decir es que la búsqueda honesta del conocimiento a menudo requiere permanecer en la ignorancia durante un periodo indefinido. En lugar de llenar los huecos por mera conjetura, la ciencia auténtica prefiere asumirlos; y no tanto por escrúpulos conscientes sobre la ilegitimidad de las mentiras como por la consideración de que, por fastidioso que sea el vacío, su superación mediante impostura elimina el imperativo de perseguir una respuesta admisible.” Cameron, en su apasionante relato histórico, se cuida de que a cada momento podamos distinguir los hechos de las conjeturas.

Cameron practica una historia global que integra política, economía, sociedad, cultura, religión, ejército…  Nada queda fuera de su penetrante mirada, y puede dar la impresión, quizá equivocada, que los pesos de tantos factores involucrados son equivalentes. Por ejemplo, trata del conflicto religioso, pero no queda clara su relevancia:

“Pero aun cuando paganos y cristianos no entraran necesariamente en conflicto a lo largo de finales del siglo IV, fue éste un período tenso en las relaciones culturales y sociales. Durante los reinados de Valentiniano y Valente, el Senado soportó una serie de juicios provocados por agentes imperiales por delitos tales como magia, adulterio y otras transgresiones sexuales, y se celebraron de acuerdo con la ley de traición (maiestas), que permitía el uso de la tortura.”

Los cambios religiosos condicionaron los siguientes quince siglos de la historia de la humanidad y creo que merecen más espacio. El cristianismo se extendió en el entorno cultural propicio del neoplatonismo místico, mágico y ya milagrero que no deja de constatar Cameron:

“La principal alternativa intelectual al cristianismo era el neoplatonismo, que también tenía un matiz religioso y supersticioso distintivo, sobre todo a través de la práctica de la teurgia, una técnica para convocar a los dioses por medios mágicos u ocultos; se vinculaba sobre todo con Jámblico, un filósofo de principios del siglo IV, de Apamea, en Siria, y de él pasó a Juliano por Máximo de Éfeso. La meta última de la teurgia, como del neoplatonismo en general, era la unión del alma con Dios; la magia y los milagros cotidianos eran simplemente un peldaño más bajo de la escalera que conducía al adepto a esta unión mística, pues las habilidades del teurgo le proporcionaban conocimiento y control sobre el mundo físico.”

El libro de Dodds (4) parece indicado para entender la interacción paganismo-cristianismo.

En resumen, un libro claro y preciso, rico en asombrosos detalles, muy precavido con las fuentes, que busca el equilibrio huyendo de las hipótesis radicales.

Por último, mencionar la interesante bibliografía comentada que nos deja al final del libro, muy útil para el que desee profundizar en algún tema concreto.



Deberes: 1. Leer la Historia de Amiano Marcelino, sin duda la mejor fuente de la época, y 2. Profundizar en el tema del entorno neoplatónico con tendencias, ascéticas, místicas y milagreras, en que prosperó el cristianismo.



NOTAS

(1)   The Collapse of Complex Societies, de J. A. Tainter (Cambridge, 1988)

(2)   Amiano Marcelino: Historias (Akal )

(3)   Erwin Schrödinger: La naturaleza y los griegos (1997)

(4)   E. R. Dodds: Paganos y cristianos en una épocade angustia (1968). Explica que antes de iniciarse la época eremitica cristiana, ya habían ermitaños paganos.
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martes, 30 de agosto de 2016

LA CAIDA DE ROMA Y EL FIN DE LA CIVILIZACIÓN de Bryan Ward-Perkins - Buen libro sobre un período demasiado controvertido por causa de intereses políticos y religiosos - 8,5 sobre 10

Título original The fall of Rome and the end of civilization
Traductor Manuel Cuesta l David Hernández de la Fuente
Páginas 352
Idioma Español
Publicación 2005 (2007)
Editorial Espasa
 
Durante la lectura de El Mundo de La Antigüedad Tardía de Peter Brown he consultado alguna bibliografía, entre la que destaca el libro que ahora reseño, por su posición gibboniana contraria a las tesis de Brown y de las corrientes modernas que sustituyen los conceptos de decadencia por términos neutros como «transición», «cambio», «transformación» o “integración”. En contra de la escuela religiosa norteamericana y la integradora europea, sostiene que, sobre todo en Occidente, la invasión fue violenta y significó la decadencia económica, política y cultural en relación con los estándares de la sociedad romana. Para demostrarlo, se apoya en numerosos registros arqueológicos.

Crítico con la escuela de Brown, dice:
“La única forma en que puede concebirse una misma Antigüedad tardía para todo el mundo romano —y se trata de algo constructivo— es centrarse en el único cambio «positivo» que durante dicho período —entre 250 y 800— afectó al mundo post-romano en su conjunto: la difusión y triunfo trascendente de dos grandes cultos monoteístas sobre las religiones más antiguas romana y persa. Precisamente en torno a este proceso se ha construido la nueva Antigüedad tardía, y a través de los notables cambios que supuso en las actitudes hacia muchos aspectos de la condición humana, como el sexo, la muerte o la identidad. Esta Antigüedad tardía es, antes que nada, un mundo mental y espiritual, hasta el extremo de que los datos seglares prácticamente se olvidan.”
“Desde Brown, La «decadencia» se desterró, y se sustituyó por una «revolución religiosa y cultural»

Con respecto a la tesis “integradora” o “transformadora” de la escuela europea, Ward-Perkins explica con cuanta frecuencia la historia se interpreta según el papel actual de los pueblos involucrados. El Imperio Romano no encaja en el modelo europeo actual porque deja fuera a los pueblos germánicos y a las raíces culturales cristianas:
“Desde la Segunda Guerra Mundial, al ser otra la concepción de los alemanes contemporáneos, y de su papel en la nueva Europa, los pueblos germanos del siglo V y su asentamiento también se ven de forma distinta.”

“La Unión Europea necesita forjar un espíritu de cooperación entre las naciones del continente —en otra época enemigas—, y el proyecto de investigación de la Fundación Europea para la Ciencia con respecto a este período no es casual que se llame «La transformación del mundo romano», sugiriendo una transición progresiva y pacífica desde época romana hasta la «Edad Media» y después. En esta nueva versión del final del mundo antiguo, el mundo romano no lo «asesinan» invasores germanos, sino que romanos y germanos juntos trasladan a un nuevo mundo romanogermano muchas cosas que antes solo eran romanas. La Europa «latina» y «germana» están en paz.”

Y en una nota irónica, a pié de página, se pregunta donde encaja el mundo eslavo:

“El proyecto, naturalmente, databa de antes de la ampliación de la Unión Europea de 2004: los eslavos no está claro dónde encajan en esta historia.”

Para evitar connotaciones de superioridad moral, sustituye el término “civilización” por el de “sociedad compleja” y  así, la decadencia es la pérdida, a todos los niveles, de sofisticación y calidad en la vida material y cultural que demuestra apoyándose en una ingente cantidad de registros arqueológicos. Después de las invasiones germánicas de Occidente:
-          Caen los índices de alfabetización.
-          Baja la calidad de la vivienda y de los utensilios domésticos.
-          Descienden los asentamientos post-romanos y los niveles demográficos.
-          Desaparece la producción industrial-artesana a gran escala.
-          Se ininterrumpen las redes de transporte y el comercio de larga distancia.
-          Disminuye el tamaño del ganado en la Edad Media.
-          Disminuye la especialización en agricultura.

Un interesante libro, en lenguaje claro y con abundantes ilustraciones, que a la luz de las recientes investigaciones arqueológicas, nos devuelve los conceptos de “decadencia” y “derrumbamiento” del Imperio Occidental. Buen complemento a las obras canónicas de de Averil Cameron y Chris Wickham sobre un período demasiado controvertido por causa de intereses políticos y religiosos. Un 8,5.


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viernes, 26 de agosto de 2016

EL MUNDO DE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA de Peter Brown - Sentó escuela. Gran repercusión dificil de entender - Valoración 8 sobre 10


Título original The world of Late Antiquity
Traductor Antonio Piñero
Páginas 224
Idioma Español
Publicación 1971 (2012)
Editorial Gredos

Desde que leí, hace años, la Historia de la decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon, dejé de leer novela histórica. Me dí cuenta de que la realidad superaba la ficción y de que un buen libro de historia podía ser más apasionante que cualquier novela. Eso, a pesar de que la única edición en castellano eran los 8 tomos de la editorial Turner, una infame traducción de José Mor Fuentes, del siglo XIX, en un castellano arcaico, rancio y castizo que te dejaba aturdido. Había llegado a Gibbon gracias a la lectura de Historia de la filosofía occidental de Bertrand Russell que lo citaba con frecuencia y, cuando comparaba las citas perfectas de Russell con lo que estaba leyendo, me sumía en un estado de rabia depresiva. Más adelante me hice con la edición de Robert Lafont en francés, que ya era otra cosa, y después con la de Penguin Classics en 3 tomos. Turner modernizó la traducción de José Mor y la reeditó en 4 tomos, más legibles pero aún lejos de la corrección. Por fin Ediciones Atalanta, en el 2012, lo editó en 2 tomos y nueva traducción de Sánchez de León. Ésta es la que recomiendo a los que tengan la suerte de no haber leído, todavía, la “Decadencia y caída”.
Está claro que soy un gibboniano. Su enorme obra me impresionó por su visión panorámica y de detalle; por su peculiar estilo mezcla de solemnidad e ironía; por su ingente conocimiento de las fuentes y el hábil manejo que hace de ellas encajándolas en una grandiosa imagen global, desde la muerte Marco Aurelio (180 d. C) hasta la caída de Constantinopla (1.453 d. C.). Todo sobre un fondo de traiciones, intrigas y crímenes que dan a la obra una poderosa fuerza dramática.
Las causas a las que Gibbon atribuyó el derrumbe del Imperio, a mi entender, no carecen de vigencia: el debilitamiento del ejército en manos de mercenarios bárbaros, la ingerencia de la Guardia Pretoriana en la administración del poder, el aumento de la corrupción, o la expansión del cristianismo y su efecto debilitante sobre la sociedad al estar más interesado en la otra vida que en ésta.
La inclusión del cristianismo como causa de la decadencia fue, como era de esperar, lo que levantó más polémica e hizo que la Iglesia incluyera la obra en el Índice de Libros Prohibidos.
Gibbon fue pionero en la recopilación y uso de las fuentes primarias: fue el primero en preguntarse sobre la intencionalidad de todas las fuentes y en rechazar la credibilidad de los apologetas cristianos repletos de milagros, maravillas y fantásticos martirios. Soy un ferviente defensor de las notas a pié de página; pero, en el caso de Gibbon, leer las notas es más que recomendable, es inexcusable: son tan suculentas o más que el texto principal. Lástima que en las ediciones que tengo, de Turner, Robert Lafont y Penguin, muchas están en latín (y hasta en griego). Ignoro si en la nueva edición de Atalanta están traducidas.

“El mundo de la antigüedad tardía” de Peter Brown

Si para Gibbon el imperio romano significaba la civilización, y el cristianismo, uno de los culpables de su derrumbe, suponía el triunfo de la superstición y el fanatismo, para Peter Brown, las religiones (cristianismo e islam) marcan una feliz transición hacia una Edad Media de progreso espiritual, político y cultural. Las tesis de Brown han creado escuela propugnando el estudio de San Agustín, los santos, los monjes y eremitas, enlazando con la revalorización de la Edad Media iniciada por Le Goff.
La obra de Brown, de elevado tono literario, plantea, de forma sintética, las diferencias evolutivas de las sociedades post romanas de Occidente y Oriente, coronadas por la expansión del Cristianismo y el Islam, que el entiende como un progreso en el camino de la espiritualidad.
El libro tiene dos partes. El la primera, titulada “La revolución romana tardía”, explica a grandes trazos cómo era la sociedad romana desde el siglo III al IV y que significó la emergencia del cristianismo. La segunda parte, titulada “Legados divergentes” (para mí la mejor), estudia las diferencias entre el resurgimiento de Occidente y la consolidación de Bizancio, para terminar con la expansión del Islam.
Su dibujo de la sociedad romana es correcto pero se empieza a advertir el sesgo en la adjetivación. Así la cultura clásica está representada por “fanáticos tradicionalistas romanos” y los obispos son “tozudos y valerosos”
Pronto su posición es más clara:
“Las ganancias cristianas se habían conseguido justamente en aquella parte del mundo romano que había resultado comparativamente indemne de los disturbios y problemas de finales del siglo III. El silencio descendió sobre las provincias reciamente paganas de Occidente. Por el contrario, Siria y Asia Menor, con sus resonantes elementos cristianos, se mantuvieron incluso con mayor intensidad que antes como provincias de una prosperidad aún no deslustrada y como fermento intelectual.”
El lenguaje metafórico y oscuro no oculta sus preferencias. Hay mucho que hablar (y no lo hace) sobre como se enriqueció la Iglesia. ¿Qué significa “sus resonantes elementos cristianos”? ¿Fermento intelectual? ¿En que consistía la mejora sobre el pensamiento clásico, tanto el platónico, aristotélico o epicúreo?
La gente se convertía al cristianismo porque sus dioses paganos no resolvían su angustia existencial:
“La nueva manera, en contraste con la anterior, apelaba directamente al centro y se alejaba de los dioses subordinados de las creencias populares; se dirigia al Dios único
como expresión de un poder latente e inefable”.
La expansión del cristianismo hasta el siglo III se describe en términos de un idealismo personalista ajeno a las condiciones sociales:
“La sensación de una «irrupción» inminente de la energía divina en el mundo interior de cada individuo tuvo unos efectos revolucionarios.”
“Poder latente e inefable”, “energía divina”… Esto es lenguaje teológico; por este camino no vamos a saber nada de las causas reales. “La nueva manera”, “efectos revolucionarios”… Adjetivación muy sesgada: se asocia el cristianismo con lo nuevo y revolucionario.
Yo creo que el cristianismo se extendió gracias a que tenía una oferta muy potente: vida eterna después de la muerte; apoyada por la profusión de milagros bien recibida en una sociedad crédula, por el fuerte sentido de pertenencia por compartir la “Revelación”  y por el gancho, más mundano, de la solidaridad y ayuda mutua (caridad) entre los miembros del grupo, “un potente dispositivo de difusión que fortalece la curiosidad (y la envidia) afuera del grupo, permitiendo así que las barreras lingüísticas, étnicas y geográficas sean más fácilmente penetradas.” (Dennett 2007. Nota 6)
Prefiero los hechos a las especulaciones teológicas; como Wickham cuando dice:
“En los siglos IV y V, la iglesia se convirtió en una estructura compleja, con quizá unos cien mil clérigos de diversas clases (lo que superaba el número de empleados de la administración civil) y un incremento constante de la riqueza, como resultado de donaciones piadosas.”
Pero Brown no va por ese camino; prefiere una interminable exaltación del pensamiento de los apologetas cristianos, omitiendo lo que no le interesa.
Más consistente es la segunda parte “Legados divergentes” en que revisa los caminos distintos que recorren Occidente y Bizancio y señala las diferencias entre la expansión del Islam y el cristianismo.
  
Lo que opinan algunos historiadores actuales sobre la escuela de Peter Brown.

Los más significativos historiadores actuales de la Antigüedad Tardía (1) guardan una distancia más o menos respetuosa con Brown. Cameron dice:
“Brown es en general mucho más entusiasta, por no decir más emotivo, a la hora de destacar los conceptos; y es muy posible, en efecto, que por su causa «la Antigüedad tardía» se haya convertido en un terreno exótico, poblado de monjes salvajes y vírgenes excitadas, y dominado por el choque de religiones, mentalidades y modos de vida.”
Yo, en la obra, no he visto nada (quizás una rápida mención) sobre monjes salvajes y vírgenes excitadas. Y lo echo en falta. En esta web encontrareis información sobre el extravagante mundo de los monjes y los ascetas:
Mitchell opina que los trabajos de Brown y sus continuadores pueden cautivar pero no siempre convencen y no contribuyen a formar un cuadro global del contexto social y cultural. Ward-Perkins es quizá el más gibboniano en su crítica demoledora a los apologetas cristianos. En general, las opiniones de los especialistas actuales hacia la escuela de Brown, van de una admiración cautelosa a un distanciado “acuse de recibo”; da la sensación de que se quiere evitar una guerra abierta como la que hay entre evolucionistas y creacionistas.
En ésta frase de Bryan Ward-Perkins, el más gibboniano de los historiadores actuales,  en  La caída de Roma y el fin de la civilización, hay un lamento y, más velada, una sospecha, por el auge del enfoque espiritual en los estudios de la Antigüedad Tardía:
“La nueva Antigüedad tardía está fascinada con la historia de la religión. Esto, como laico que soy, me aturde, y no me ofrezco como comentarista fiable del fenómeno. A veces me he preguntado si es más fuerte en Estados Unidos por desempeñar hoy allí la religión un papel mucho más central que en la mayor parte de Europa. Es un hecho que solo en Europa se encuentran historiadores como yo, con un interés activo en aspectos seglares de finales del mundo romano, como la historia política, económica y militar. Por otra parte, los estudiosos que sostienen la nueva Antigüedad tardía en Estados Unidos provienen de la intelligentsia de ambas costas, de manera que no, no nos hallamos ante una relación estrecha con el «Cinturón de la Biblia»18. Suelen centrarse, de hecho, no en los aspectos más intransigentes y fundamentalistas de la religión tardo-antigua (que eran muchos), sino más bien en su sincretismo y flexibilidad.”
He consultado (que no leído al completo) las dos obras de Chris Wickham mencionadas en la nota 1. Son impresionantes por la abundancia de datos y por la maestría con que maneja las fuentes narrativas (cristianas y paganas) y arqueológicas, para darnos tanto la visión panorámica como la de detalle. Para los amantes del detalle, entre los que me cuento, es un festín; muestra cientos de piezas fascinantes del puzzle y, además, sabe encajarlas ofreciéndonos la figura completa. Se sitúa más cerca de la escuela materialista de A. H. M. Jones (3), pero no desprecia ningún ingrediente que haga más suculento su guiso histórico.

El problema de las fuentes.

“Los nuevos maestros, los que se copia, se recopia, se utiliza, difunde, lee y comenta, los autores para quienes trabajan los monjes en sus monasterios, son los Padres de la Iglesia: Tertuliano cree “porque es absurdo”, Origenes se castra para llegar más rápidamente al Señor, Cipriano de Cartago descubre a Dios cortejando a una muchacha, Gregorio Nacianceno se tiene por un cadáver que respira, Evadro el Póntico se va al desierto huyendo de las mujeres y los obispos, Juan Crisóstomo llama a matar paganos, Gregorio de Nisa conoce la epectasis, la verdadera (muerte durante un orgasmo), San Agustín enseña la inexistencia de las antípodas y lloriquea a lo largo de las Confesiones, y tantos otros… Es la buena sociedad filosófica, pero en ella todos están disgustados con su cuerpo y con la vida. En adelante habrá que contar con esta gente, y durante un milenio.”
Con su estilo directo y descarado, así dibuja Michel Onfray en el segundo tomo de su interesante y provocadora Contrahistoria de la filosofía (2), El cristianismo hedonista (2006). San Agustín “lloriquea a lo largo de las Confesiones”… Peter Brown, que dedicó a San Agustín una elogiada y canónica biografía de 600 páginas,  se estará tirando de los pelos.
Fernando Báez (4) dice que el 60% del total de libros perdidos se debe a la voluntad humana. Yo diría que, para éste periodo, la proporción es mayor. El número de escritos paganos que sobreviven, comparado con las obras cristianas, es insignificante.
Mitchell explica que:
“La mayor parte de esta nueva literatura es cristiana. Este sobrevive en cantidad prodigiosa, incluyendo obras de hagiografía, historia de la iglesia, sermones y discusiones teológicas, muy por encima de lo que sobrevive de la tradición pagana. Gran parte de esta literatura cristiana es clara y descaradamente partidista en la forma en que retrata el mundo de la antigüedad tardía.”
A diferencia de los cuatro autores consultados, Brown no hace crítica de las fuentes. Ignoro la proporción existente, en esas fuentes, entre la (luminosa) “elevada espiritualidad” que tanto busca Brown, y las (oscuras) polémicas teológicas, las fantasías martirológicas y milagreras, y las coacciones supersticiosas; pero sospecho que las oscuras se llevan la palma. No menciona nada parecido, por ejemplo, a la cita de Wickham, sobre la prohibición de trabajar el domingo:
“quienes trabajaban los campos los domingos quedaban tullidos y nacían ya tullidos los hijos de las relaciones sexuales dominicales”


Conclusión
 
Peter Brown es sin duda un inteligente y refinado erudito (unos dicen que maneja 15 lenguas y otros 26) que hace 40 años agitó la aletargada historiografía tardo-romana poniendo el foco en la narrativa religiosa en un esfuerzo por revalorizarla. Como se comprueba en sus comentarios bibliográficos, donde reparte elogios a todos sus colegas, es un tipo respetuoso y poco combativo al que los historiadores de hoy pagan con la misma moneda: interesante, valioso, estimulante, entusiasta, emotivo…pero ellos se dedican a otra cosa.
Brown selecciona y omite hechos y citas para dar la impresión que el cristianismo triunfó gracias a su superioridad intelectual, espiritual y moral sobre la cultura clásica. Por ejemplo, olvida mencionar una “cuestión menor” que señala Wickham:
“Teodosio I había prohibido los puntales de buena parte del paganismo tradicional: el sacrificio público y la devoción privada de imágenes. Esta legislación coercitiva se reforzó aún más en el siglo V y Justiniano le añadió los toques finales, al prohibir los cultos paganos e imponer el bautismo so pena de confiscación y, en ocasiones, ejecución”. Osea, que si no te convertías perdías tus propiedades y puede que tu vida. Sin esta “pequeña ayudita”, ¿se habría consolidado y extendido el cristianismo?
Yo, como simple aficionado, voy a expresarme con claridad: Brown me parece un teólogo disfrazado de historiador cultural que, como los creacionistas, reedita conceptos retrógrados camuflados en psicología social y presentados en forma literaria, impresionista (una pincelada por aquí, otra por allá), metafórica y oscura. Me recuerda a un Menéndez Pelayo cruzado con Carlyle (los héroes de éste son los santos de Brown), más sutil, que en vez de atacar de frente todo pensamiento disidente (herejías), simplemente, omite mencionar lo que no le interesa. Y lo que no le interesa es mucho. Al leer la Historia de los heterodoxos españoles me sentía atraído por las herejías contra las que M. Pelayo arremetía; con el libro de Peter Brown me ha pasado algo parecido: cuanto más se esfuerza por señalar el progreso espiritual representado por santos, padres de la iglesia, monjes y ascetas, más me convence de lo acertado de la crítica de Gibbon. Algo denotará la buena acogida que han dispensado los teólogos a las obras de Brown.
Brown utiliza su lupa para extraer esos vagos y oscuros refinamientos espirituales. Lo que yo veo es la herencia que nos dejó el galimatías teológico de sus santos y doctores de la Iglesia: mil años de parálisis del progreso material, guerras, persecuciones de herejes y judíos, y estancamiento intelectual del que aún padecemos sus secuelas. No creo en el relativismo histórico que tiende a justificar los errores explicando su lógica interna: no lo hacemos con el nazismo o el comunismo, ¿por qué deberíamos hacerlo con el cristianismo? Que las cosas hayan sido así no significa que no pudieran haber sido distintas. Desde siempre ha habido otro camino, el iniciado por Leucipo, Demcrito, Epicuro, Lucrecio… pero fue descartado porque era difícil de instrumentalizar por el poder.
Termino con una cita de Robert G. Ingersoll extraída de un libro de Jerry A. Coyne (5):
“Hay más de valor en el cerebro de un hombre medio de hoy, de un maestro-mecánico, un químico, un naturalista, un inventor, que la que había en el cerebro del mundo hace más de cuatrocientos años.
Estas bendiciones no cayeron del cielo. Estos beneficios no cayeron de las manos extendidas de sacerdotes. No se encontraron en las catedrales o detrás de los altares, tampoco buscándolos con velas sagradas. No fueron descubiertos orando con los ojos cerrados, tampoco llegaron en respuesta a la súplica supersticiosa. Son los hijos de la libertad, los dones de la razón, la observación y la experiencia, y por todos ellos, el hombre está en deuda con el hombre
.”
Y una invitación: leed a Edward Gibbon (7), no os arrepentiréis. Quizá sea una de las más impactantes experiencias lectoras de vuestra vida.


NOTAS
(1) Las obras que he consultado y que creo que son las mejores sobre la Antigüedad Tardía son:
-          Averil Cameron: “El mundo mediterráneo en la Antigüedad tardía (395-600)” . (1993)
-          Stephen Mitchell: A History of the Later Roman Empire, AD 284-641. (2015)
-          Chris Wickham: El legado de Roma. Una Historia de Europa de 400 a 1000 (2009)
-          Chris Wickham: Una historia nueva de la Alta Edad Media Europa y el mundo mediterráneo, 400-800 (2005)
-          Bryan Ward-Perkins: La caída de Roma y el fin de la civilización (2005)

(2) Michel Onfray, claro, intenso y radical. Se han traducido al castellano 4 de los 6 libros publicados de su esclarecedora e “incorrecta” serie sobre la filosofía no oficial:
Contrahistoria de la Filosofía
·  Las sabidurías de la antigüedad. 2006
·  El cristianismo hedonista 2006
·  Los libertinos barrocos. 2007
·  Los ultras de las luces. 2007

(3) A. H. M. Jones: The Later Román Empire 284— 602. A Social, Economic and Administrative Survey (Oxford, 1964). En tres volúmenes, no traducida al castellano.

(4) Fernando Báez: Historia universal de la destrucción de libros (2004)

“En esta historia de la destrucción de libros se observará que la destrucción voluntaria ha causado la desaparición de un sesenta por ciento de los volúmenes. El otro cuarenta por ciento debe imputarse a factores heterogéneos, entre los cuales sobresalen los desastres naturales (incendios, huracanes, inundaciones, terremotos, maremotos, ciclones, monzones, etc.), accidentes (incendios, naufragios, etc.), animales (como el gusano del libro o polilla, las ratas y los insectos), cambios culturales (extinción de una lengua, modificación de una moda literaria) y a causa de los mismos materiales con los cuales se ha fabricado el libro (la presencia de ácidos en el papel del siglo XIX está destruyendo millones de obras).”

(5) Jerry A. Coyne: Faith vs. Facts (2015)

(6) Daniel Dennett: Romper el hechizo: la religión como fenómeno natural (2007)

(7) Edward Gibbon: Historia de la decadencia y caída del imperio romano ( 2 vols ) Ediciones Atalanta 2012.
Aquí un pequeño ejemplo de cómo trató el tema de los mártires:
“El docto Orígenes, quien por su experiencia y estudios se hallaba muy enterado de la historia de los cristianos, expresa terminantemente que era muy reducido el número de los mártires.[1602] Basta su autoridad para aniquilar aquella formidable hueste de mártires, cuyas reliquias, extraídas por lo más de las catacumbas de Roma, han surtido a tantas iglesias,[1603] y cuyos peregrinos prodigios forman el asunto de grandiosos volúmenes en las novelas sagradas.[1604] No obstante, puede explicarse y corroborarse el general aserto de Orígenes con el testimonio especial de su amigo Dionisio, quien, en la inmensa ciudad de Alejandría y bajo la persecución violenta de Decio, sólo cuenta diez hombres y siete mujeres ejecutados por estar profesando el nombre cristiano.”
Y otra perla sobre la labor propagandística de los monjes:
“Pero el origen oscuro y equívoco de las iglesias occidentales de Europa ha sido anotado con tanta negligencia que, si quisiéramos relatar las fechas y los pormenores de su fundación, deberíamos suplir el silencio de la antigüedad con las leyendas que la codicia y la superstición fueron dictando a los monjes en el ocio tenebroso de sus conventos.[1505] De tantas novelas sagradas, tan sólo la del apóstol Santiago, por su singular extravagancia, merece mencionarse. De ser un pacífico pescador del lago de Jenezareth, se vio trasformado en un valeroso caballero que capitaneaba la caballería española en sus batallas contra los moros. Los historiadores más circunspectos celebraron sus hazañas; el sagrario milagroso de Compostela ostentó su poderío y la espada de una orden militar; junto a los terrores de la Inquisición, fue suficiente para eliminar cualquier objeción de crítica profana.”


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