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miércoles, 28 de febrero de 2018

PAGANOS Y CRISTIANOS EN UNA ÉPOCA DE ANGUSTIA de E. R. Dodds - Erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Valoración 10/10

Título original: PAGAN AND CHRISTIANIN AN AGE OF ANXIETY
Traductor: J. Valiente Malla
Ediciones Cristiandad 1975
190 páginas

Algunos de los mejores escritores sobre la antigüedad son filólogos clásicos. Recuerdo el magnífico “La sociedad romana” de Ludwig Friedländer o los incisivos libros sobre Grecia de Farrington. E. R. Dodds (Irlanda, 1893-1979) es uno de ellos con un profundo conocimiento sobre los neoplatónicos y un brillante estilo mezcla de atinada erudición y agudeza psicológica. Su “Los griegos y lo irracional” es un clásico de referencia que explica como los que crearon el primer racionalismo europeo eran muy conscientes del poder de lo irracional; pero por carecer de herramientas psicológicas, lo expresaron a través de los mitos.
En “Paganos y cristianos en una época de angustia” hace un recorrido por la cultura pagana y cristiana desde Marco Aurelio (161 d. c.) hasta Constantino (306 d. c.); un periodo que Dion Casio resumió así: «Después de la muerte de Marco la historia pasó de un imperio de oro a un imperio de hierro mohoso». Las 180 páginas de la obra pueden llevar a engaño. El texto principal es breve, pero denso e intenso, y el cuerpo de notas, tan extenso como el principal, para chuparse los dedos. Puedes pasarte días siguiendo la pista y contrastando referencias en internet (muchos, la mayoría en inglés, pueden descargarse libres de derechos). Esos “compárese” son una tentación irresistible. Un ejemplo (con perdón por la larga cita):
“105. La frecuencia del martirio voluntario entre los cristianos está atestiguada por Luciano (Peregr-, 13: «Muchos de ellos se entregan voluntariamente»), por Celso (Oríg., C. Ceis.,8.65) y por Gemente, quien afirma (como más urde haría Juliano, Epist., 89 b Bidei-Cumont) que tales individuos actúan por deseo de morir; (Strom., 4.17.1). Es interesante el hecho de que Epicteto conoce ese mismo deseo de morir entre algunos jóvenes paganos, y se siente obligado a refrendarlo, así como que Séneca hable de un «affectus qui multos occupavit, libido moriendi» (Epist., 24.23). El carácter patológico del anhelo del martirio parece evidente en el crudo lenguaje de Ignacio, Ad Rom., 4. Más sanos parecen los motivos que impulsaron a denunciarse en masa a los cristianos de que habla Tertuliano, Ad Scap,, 5 (y que obligaron al apurado magistrado a indicarles que había otros modos menos perturbadores de buscar la muerte), o los que movieron al joven Orígenes al deseo de morir junto a su padre (Eus., Hist. Eccl., 6.2.3-6. <;No sería la automutilación de Orígenes un sustitutivo del martirio, del que le había apartado su madre, como sugiere Cadiou, Jeunesse d'Origène [1935], 38?). Sin embargo, las autoridades de la Iglesia desaconsejaban generalmente el martirio voluntario (cf. Mart. Polycarpi, 4, y Clem., loe. cit.). Sobre todo este tema, cf. las agudas observaciones de A. D. Nock, Conversion, 197-202, y G. de Stc. Croix, «Harv. Thcol. Rev.*, 47 (1954), 101-3.”

El libro se organiza en cuatro capítulos. Los tres primeros revisan la relación de paganos y cristianos con el mundo, los demonios y los dioses. En el cuarto reflexiona sobre los debates entre los principales representantes de las dos partes –“lo que pensaban cristianos y paganos unos de otros”- y ofrece las causas del éxito del cristianismo.
Empezaré por el final. Dodds dice que el debate entre cristianos y paganos se dio entre personas cultas como a nivel popular en mercados y hogares, pero del último se sabe muy poco. Celso (siglo II) que polemizó con Orígenes, fue el primero en ver una amenaza en el cristianismo y el peligro de que la Iglesia acabara siendo un Estado dentro del Estado. Le siguió Porfirio, por el que Dodds siente alguna admiración. Las tres causas del éxito del cristianismo que Dodds ofrece son:
1.       El exclusivismo. Había demasiados cultos, demasiados misterios, demasiadas filosofías de la vida entre las que elegir y el cristiano podía quitarse de encima el peso de la libertad. En una época de angustia siempre ocurre que los credos «totalitarios» son los que mayor atractivo ejercen.
2.       El cristianismo estaba abierto a todos y no exigía una formación intelectual previa.
3.       El cristianismo esgrimió la amenaza más dura y el premio más sabroso.
4.       El sentimiento de grupo reforzado por la ayuda mutua que ofrecía ante el desamparo de las grandes ciudades.
Sin olvidar el empujón de Constantino al hacer del cristianismo la religión oficial del Imperio. Dodds cita a Rostovtzeff: «reinaban por todas partes el odio y la envidia; el campesino odiaba al terrateniente y a los funcionarios, el proletariado urbano odiaba a la burguesía urbana, y el ejército era odiado por todos* (Social and Economic History of the Roman Empire, 453). El cristianismo aparece entonces como la única fuerza capaz de mantener unidos a todos estos elementos en discordia; de ahí que Constantino lo considerase tan interesante.

El primer capítulo sigue las pistas de la cultura del odio al cuerpo, a los placeres y a todo lo material. El panorama descrito es pesadillesco. El odio y la repulsa al sexo está en el mismo origen del cristianismo: “Galeno y Orígenes dan testimonio de que en sus tiempos eran muchos los cristianos que se abstenían de las relaciones sexuales durante toda la vida; la virginidad era la cumbre y la corona de todas las virtudes.” En los Hechos de Pablo y Tecla, obra muy difundida entonces, se afirmaba que sólo resucitarán los y las vírgenes, y se dice que los marcionitas negaban los sacramentos a los casados. El Evangelio de los Egipcios enseña que «Cristo vino para destruir las obras de la mujer», es decir, para poner fin a la reproducción sexual. El ascetismo degeneró en una carrera de emulación: “Macario de Alejandría supera a todos los demás monjes en el ayuno, con lo que provoca la envidia y la ira de estos.”. Entre los motivos para retirarse al desierto están: el sentimiento de culpabilidad, las querellas familiares y “el mero disgusto por la humanidad”. Pone ejemplos de los dos bandos, como la del fanático neoplatónico Teosebio que “presentó a su esposa un cinturón de castidad y le ordenó llevarlo siempre o marcharse, pero no lo hizo hasta que hubo desaparecido toda esperanza de tener hijos con ella.”
Dodds opina que el desprecio de Ia condición humana y el odio al cuerpo era una enfermedad endémica en toda la cultura de la época, pero sus raíces estaban en una neurosis endógama, indicio de unos sentimientos de culpabilidad intensos y muy difundidos.

El segundo capítulo habla del mundo demoníaco de la época, el común y el diferencial entre paganos y cristianos: sueños, adivinación, visiones, profecías, exhibicionismo, automutilaciones, fraudes… Se extiende en algunas historias como la de Peregrino que “es un personaje mucho más complejo e interesante, y su vida y hazañas, tal como nos las cuenta Luciano, resultan extrañísimas.”

En el tercer capítulo se propone “analizar ciertas experiencias de naturaleza ciertamente oscura y mal definida, pero cuyo valor religioso se admite generalmente.” Explica las diferencias entre el éxtasis griego en Plotino y Porfirio (más cercanos a la mística hindú) y el éxtasis místico, o entre la deificación y la unión mística. Desarrolla especialmente el concepto de unión mística en Plotino que no hubiera estado de acuerdo con Àldous Huxley en que «el hábito del pensamiento analítico resulta fatal para las intuiciones del pensamiento integral». Dodds “considera la experiencia mística como una dilatación de la conciencia personal hasta abarcar esa zona de lo inconsciente” y rastrea esa tendencia a la mística introvertida en otros neoplatónicos. Luego pasa a Orígenes y explica su misticismo frustrado, la deuda de Gregorio con Plotino…, para concluir que la mística, desde los textos gnósticos y herméticos, era endémica y tomó fuerza desde Marco Aurelio a Orígenes: “Ello no ha de sorprendernos. Como ha dicho con razón Festugiére, «miseria y mística son realidades conexas».

Mi admiración por E. R. Dodds es la misma que el sentía por Plotino y Porfirio. Su libro es un ejemplo de erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Me remito al “compárese” de sus notas y me despido con una última cita:

“Porfirio advirtió, como otros han hecho después, que sólo las almas enfermas sienten necesidad del cristianismo. Pero resulta que en aquella época había muchas almas enfermas; Peregrino y Elio Aristides no son casos aislados; el mismo Porfirio estaba lo bastante enfermo como para entrever la posibilidad del suicidio, y hay motivos para pensar que durante aquellos siglos fueron muchos los que, consciente o inconscientemente, estaban enamorados de la muerte. Para tales individuos, la perspectiva del martirio, que llevaba consigo la fama en este mundo y la bienaventuranza en el otro, venía a ser un atractivo más del cristianismo.”
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domingo, 16 de octubre de 2016

MÁS ALLÁ DE LA BIBLIA. HISTORIA ANTIGUA DE ISRAEL - Mario Liverani - Apasionante historia de Israel que separa lo histórico de lo mítico y legendario - Valoración 9 sobre 10


Título original Oltre la Bibbia: Storia antica di Israele
Traductor Teófilo de Lozoya
Páginas 532
Idioma Español
Publicación 2003 (2005)
Editorial Crítica
 
En el brillante prólogo de su El Antiguo Egipto, Barry J. Kemp dice:
“Mi antiguo Egipto es, en gran parte, un mundo imaginario, aunque confío en que no se pueda demostrar fácilmente que no se corresponde con las fuentes originales antiguas.”
Parece muy sencillo: imaginar un mundo que concuerde con las fuentes; pero las fuentes, para el Antiguo Oriente, siempre son escasas, contradictorias, tendenciosas, interesadas o difíciles de interpretar y Mario Liverani, uno de los principales especialistas en esta época, nos ofrece un ejemplo extraordinario, en esta historia de Israel, del ingente trabajo en que se sustenta un relato histórico que, como la teoría científica, es siempre provisional, hasta que surgen nuevos hallazgos y lo sustituye un relato más completo.
Liverani contextualiza Israel en el marco más amplio de los pueblos vecinos, explica sus interacciones, confronta el Antiguo Testamento (AT) con inscripciones, papiros, tablillas y restos arqueológicos de otros pueblos, examina analogías externas y coherencias o discordancias internas, analiza reelaboraciones tardías del AT para adaptar el pasado a un proyecto de futuro, para construir un relato que distinga lo que puede ser histórico y lo que es inventado en la historia de Israel.
Es curioso que, a causa de su trascendencia religiosa, se han hecho más excavaciones arqueológicas en busca de lugares bíblicos (templo de Salomón, Jericó, etc.), que de cualquier otro pueblo de su época, y sea Israel del que menos restos se han hallado; mientras que a este pueblo se debe el mayor relato escrito (mayor y casi único), el Antiguo Testamento. Pocas pruebas físicas y mucha letra. Al finalizar la lectura, no puedo dejar de pensar que, al igual que los demás pueblos contemporáneos que no produjeron (o no ha quedado rastro) un libro-guía, les hubiera ido mejor sin él. Como sus vecinos asirios, filisteos, moabitas, ammonitas, arameos, persas, cananitas, fenicios… se hubieran diluido en el gran río de la historia. En lugar de ese tranquilizador anonimato histórico, al AT siguió en Nuevo Testamento sobre el que se edificó el cristianismo que, bajo la acusación de haber ejecutado a Jesús, sentenció a los judíos a 2.000 años de persecuciones. Y todo porque un dios, Yahvé, se empeñó durante mil años (según el AT 6.000) en que un insignificante pueblo de pastores y campesinos le obedeciera y adorara.

Hasta la de Liverani, todas las historias de Israel siguen el hilo de la narración bíblica, aunque muchas la critiquen poniendo en duda su historicidad:
“En la obra que proyectamos aquí se pretende llevar a cabo —al
menos a modo de esbozo sumario— una reelaboración de la historia
de Israel que tenga en cuenta los resultados de la crítica textual y literaria,
de las aportaciones de la arqueología y de la epigrafía, y que no
tenga miedo ni de alejarse del hilo conductor bíblico ni tampoco de
basarse en un ámbito estrictamente histórico.”
Para este fin divide el libro en dos partes principales:
- La historia normal en que muestra Israel como uno de tantos reinos del área de Palestina, que “acabaron aniquilados por la conquista imperial primero asiría y luego babilónica, con la devastación, las deportaciones y los procesos de desculturación que una y otra pudieran acarrear. Esta primera fase no comporta ni un particular interés ni tampoco consecuencias futuras, y de hecho las historias paralelas de otros reinos análogos (desde Karkemish a Damasco, desde Tiro a Gaza) no tienen nada que decir a nadie, excepto a los especialistas. El hecho es que no poseemos las «Biblias» de Karkemish o de Damasco, de Tiro o de Gaza, y sus tradiciones se han extinguido
bajo el avance de los imperios.”
- La historia inventada que reelaboró la historiografía deuteronómica y que “supuso la puesta en marcha de una enorme y variada reelaboración de la historia anterior (que había sido completamente «normal»), que colocara en su sitio los arquetipos fundacionales que ahora se pretendía revitalizar (el reino unido, el monoteísmo y el templo único, la Ley, la posesión del territorio, la guerra santa, etc.) bajo el signo de una predestinación absolutamente excepcional.”

Para empezar Liverani nos presenta una panorámica de los XIV y XII donde señala el carácter marginal, socio-económico y político, de Palestina, bajo dominio egipcio, si la comparamos con Egipto y Asiria. Destaca el concepto ciudad-palacio diferenciado del de la futura ciudad-estado griega. Se conoce el palacio de Megiddó de 1.650 m2, modesto si se compara con los 5.000 de Ugarit, de la misma época, en la costa se Siria. El 80% de la población vivía en aldeas y se dedicaba a cultivar el campo y a criar ganado ovino y caprino.

La historia normal comienza con la etnogénesis de Israel y pueblos vecinos después del colapso del siglo XII que se inició con fuertes cambios climáticos, origen de migraciones e invasiones de los “pueblos del mar” (1) que acabaron con el imperio hitita y la dominación egipcia de Palestina dando paso a dos siglos de “Edad Oscura”.
Sigue explicando la crisis de los palacios, el crecimiento del elemento tribal, los cambios sociales, la realidad y la leyenda de los reinos de David y Salomón, el baalismo y el yaveismo, el papel histórico del profetismo y el impacto de los imperios asirio y babilónico.
En definitiva, el proceso de aglomeración tribal, es similar al de los pueblos del entorno (ammonitas, moabitas, edomitas…) y dan lugar a formas estatales de tamaño parecido a los reinos de David y Saúl.

En la parte que titula “Intermedio”, nos habla de la “Época Axial” (2) y la transición del culto ceremonial a la religión ética. En el siglo VI nacen el pensamiento racional y la ciencia de los jónicos, Confucio en China, Buda en la India, Zoroastro en Irán y los profetas éticos de Israel. Interesante capítulo que hace pensar en las causas de que, de todos ellos, el pensamiento racional jónico tuviera que esperar hasta el siglo XVIII, con Newton y la Ilustración (24 siglos), para resurgir.

En la segunda parte del libro, “Una historia inventada”, trata de los mitos, leyendas y cuentos antiguos de José, los patriarcas, Moisés, los Jueces (sus elementos históricos y legendarios), las invenciones del reino unido, el templo salomónico, la Ley, Jericó… desgranando lo que pudiera haber de histórico y las reelaboraciones retroactivas, principalmente, de los deuteronomistas.

Cuando leo un libro sobre un tema tengo la costumbre de consultar otros autores para ver si lo  contradicen o lo confirman. En este caso, he consultado el clásico de Amèlie Kuhrt (3) que le dedica unas 50 páginas a Israel y, en general, aunque con un enfoque más histórico de la crítica textual del AT, coincide con Liverani. Dice cosas tan interesantes como que el profetismo era algo común en los pueblos del entorno, así como las guerras inspiradas por el dios del país. Sobre este particular cita la célebre inscripción (en moabita) del rey Mesha de Moab que nos muestra cómo se utilizó la idea de una guerra inspirada por el dios del país, Khemosh, para explicar las victorias y justificar las matanzas:

“Soy Mesha, hijo de Khemosh-yat, rey de Moab. el dibonita. Mi padre lúe
rey de Moab durante treinta años, y yo pasé a ser rey después de mi padre. Fdifiqué
este lugar elevado para Khemosh en garito (probablemente un sector tic
la ciudad de Dibón, donde Mesha tenía su ciudadela). un lugar elevado para la
salvación, pues me libró de todos los ataques y me dejó ver mi deseo le\untarse
sobre mis adversarios.
Omri, rey de Israel, oprimió a Moab durante muchos días, pues Khemosh
eslaba enojado con su tierra. Lo sucedió su hijo, y también él dijo: «Qpruwté ¡i
Moab». En mis días lo dijo; pero yo vi mi deseo levantarse sobre él y sobre so
casa, e Israel pereció absolutamente para siempre. Omri se había apoderado del
país de Medeba, y residió allí durante sus días y buena parte de los días de su
hijo, en total cuarenta años; pero Khemosh residió en él en mis días. Reconstruí
Baal-meon, e hice allí un embalse; y reconstruí también Kiriathaira. Fu
tonces los hombres de Gad se habían establecido en el país de Ataroth desde
antiguo, y el rey de Israel había fortificado Ataroth para sí; pero yo combatí
contra la ciudad y la tomé; y maté a todos los habitantes de la ciudad, todo un
espectáculo para Khemosh y para Moab. Me traje de ella «la figura de león de
David» (?), y la arrastré ante Khemosh en Kerioth; y establecí en ella a lus
hombres de Sharon (ciudad no identificada) y a los hombres de Mharit (ciudad
no identificada).
Entonces Khemosh me dijo: «Ve y arrebata Nebo a Israel». Así que fui tic
noche, y combatí contra ella desde el amanecer hasta el medio día; y la tome
y maté a todos lo s que en ella había, siete mil hombres y mujeres, nativos \ «
tranjeros, y también a las esclavas: pues la había dedicado a Ashtar-Kliemosh.
Me llevé de ella los vasos de Yavé y los arrastre ante Khemosh. Entonces el ley
de Israel había fortificado a Jahaz, y la ocupó mientras peleaba conmigo: pno
Khemosh lo expulsó ante mí. Me llevé de Moab a doscientos hombres, toda su
división, y la conduje contra Jahaz y la tomé, anexionándola a Dibón,
Realicé algunas reparaciones en garito, en las murallas de los jardines \ en
las murallas de la acrópolis: y reparé sus puertas y reparé sus torres: y reparé
la residencia del rey, y construí márgenes para el embalse en el manantial de»
tro de la ciudad. Pero no había ninguna cisterna dentro de la ciudad en garito;
así que dije a todo el pueblo: «Que cada uno construya una cisterna en su casa».
Hice que los prisioneros israelitas cavaran zanjas para garfio. Realicé reparaciones
en Aroer, y arreglé la carretera en Arnón. Reconstruí Beth-bamoth, pues
había sido destruida; y reconstruí Bezer, pues estaba en ruinas, con cincuenta
hombres de Dibón, pues toda Dibón se hallaba sometida (a mí).
Así me hice rey de cientos y cientos en las ciudades que anexioné al país.
Entonces reconstruí también Medeba y Beth-diblathaim. Y en cuanto a
Beíh Baal-meon, envié (a mis pastores) hasta allí (para que apacentaran) las
ovejas de la comarca. (Lo que queda está en estado muy fragmentario) (Gibson,
1971-1982,1, n.° 16; ANET, pp. 320-321; TUAT, I, 646-650; Smelik, 1985,
pp. 33-35).”

Los éxitos y la perspectiva de Israel y Judá, del mismo episodio, lo conocemos por el libro de los Reyes (2 Re 3:4-27). El paralelismo con algunos pasajes del AT es evidente y, fácil imaginar, que los moabitas podrían tener mitos, leyendas y cuentos sobre su dios Khemosh que podían haberse recopilado en una biblia moabita con sus profetas y mesías que dieran origen a un NT moabita, luego asimilado por la cultura greco-latina y… hasta hoy.

Apasionante historia de Israel, del siglo XII al IV a. C., que separa lo histórico de lo mítico y legendario desde una óptica multidisciplinaria que incluye el enfoque político, antropológico y socioeconómico. Urgente leer y reseñar su clásico “Antiguo Oriente, historia, sociedad y economía”.

NOTAS
(1)   Ver Cline, Eric H. Traducción de Cecilia Belza. (2015 (2014 inglés).). 1177 a. C. El año en que la civilización se derrumbó. Crítica
(2)   Jaspers, Karl (1953), The Origin and Goal of History
(3)   Amèlie Kuhrt (1995): El Oriente Próximo en la Antigüedad (c.3000 – 330 a. C.) Ed. Crítica 2001
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sábado, 17 de septiembre de 2016

CIENCIA Y POLÍTICA EN EL MUNDO ANTIGUO de Benjamin Farrington - Cómo la política frustró el progreso científico en la cultura clásica. - Valoración 10


Título original Science and Politics in the Ancient World
Traductor Domingo Plácido Suárez
Páginas 254
Idioma Español
Publicación 1939 (1973)
Editorial Ayuso

Es inexplicable que un pensador tan brillante como Benjamin Farrington no haya creado escuela ni haya dejado rastro en la historia de la filosofía, la ciencia o la antigüedad clásica. Parece víctima del mismo olvido voluntario que sufrieron sus filósofos preferidos, Anaximandro, Hipócrates, Epicuro o Lucrecio.
En la Standfor Encyclopedia of Philosophy  y la Rouletge Encyclopedia of Philosophy  solo aparece su libro sobre Francis Bacon Farrington, B. (1964) The Philosophy of Francis Bacon. Tampoco se le nombra en “El giro” de Stephen Greenblatt, ese estupendo libro que explica la recuperación de la obra de Lucrecio. No lo menciona Matt Ridley en The Evolution of Everything: How Ideas Emerge (2015) que encabeza cada capítulo con un cita de Lucrecio, ni Michel Onfray en su “Las sabidurías de la antigüedad”. Hay, en efecto, un inexplicable vacío a su alrededor.

En esta apasionante obra, Farrington defiende que la superstición popular que, en Grecia y Roma, obstaculizó el desarrollo de la filosofía natural (ciencia), fue impulsada por los políticos y sus filósofos para sostener el estatus quo de las oligarquías terratenientes que siempre controlaron el estado. El análisis de la obra de filósofos y poetas “nos ayudará a distinguir entre las dos fuentes de la antigua superstición: la ignorancia popular y el engaño deliberado.” Explicará como se llegó del auge de la ciencia con los filósofos jónicos del siglo VI a.d.c. a su situación de decadencia en el siglo VI de nuestra era después de un milenio de civilización.
Comienza oponiendo el pensamiento evolucionista de Anaximandro a la concepción teológica, un milenio después, de Cosmas Indicopleustes, que afirmaba que la tierra era una vasta llanura, limitada por cuatro altas paredes, apoyándose en el modelo del tabernáculo de Moisés, descrito en la Sagrada Escritura y defendía que la fuerza motriz de los cuerpos celestes residía en los ángeles. La obra de Cosmas, Topografía Cristiana, ha sobrevivido entera mientras que de la de Anaxágoras solo quedan unos fragmentos.
Los antiguos abandonaron su ciencia antes de que surgiera el cristianismo; si la ciencia hubiera seguido progresando, el Imperio Romano no hubiera sucumbido a los ataques de los bárbaros. Farrington sostiene que los dos factores que más contribuyeron a la decadencia de la ciencia antigua fueron la estructura esclavista que impidió que los filósofos naturales se “mancharan las manos” con la experimentación, y el impulso consciente que gobiernos, pensadores y clero, dieron a la superstición, para inculcar a las masas ideas “saludables” y convenientes a sus interés oligárquicos, en lugar de ideas verdaderas.
Farrington sostiene que “el hombre no puede tener un conocimiento adecuado de la ciencia aplicada sin una adecuada información sobre las funciones sociales de la ciencia; y de que los obstáculos al progreso de la ciencia pueden surgir de la estructura de la sociedad no menos que de los errores teóricos..., o nuestra ciencia se transforma, o muere.” El buen camino era el trazado por Leucipo, Democrito, Anaxágoras, Epicuro, Lucrecio y los tratados hipocráticos como Los preceptos, fechado en el siglo III a.d.c. que dice:
“Estoy de acuerdo con la teoría sólo en el caso de que esté basada en los hechos y si sus conclusiones están de acuerdo con los fenómenos... Pero si no proviene de una clara impresión, sino de invenciones más o menos aceptables, conduce a menudo a graves y peligrosas consecuencias. Todos cuantos siguen este método entran en un callejón sin salida... Las conclusiones puramente verbales que pueden ser fecundas: lo son solamente las que se basan en hechos demostrados, ya que las afirmaciones y las palabras son engañosas y poco dignas de confianza. Por ello, si queremos adquirir el método verdadero e infalible que se llama ‘arte de la medicina’, incluso al generalizar, debemos atenemos exclusivamente a los hechos, debemos interesarnos solamente por los hechos.”

Los obstáculos los pusieron un Píndaro o un Platón que no comprendió la naturaleza del lenguaje e intentó sacar pruebas físicas de la etimología, fundando una metafísica que ya para Epicuro, pero también para la mayoría de filósofos posteriores a Bacon, es un rompecabezas, un galimatías de trucos sintácticos y, como mucho, intelectuales, que ha acaparado las mentes más potentes de la humanidad durante más de 2.000 años:
“Platón era sin duda un hombre de enorme capacidad intelectual y de ricas dotes interiores, pero no estaba al mismo nivel de los grandes hombres del siglo v, Esquilo, Hipócrates, Tucdides. En la filosofía griega, Platón representa una reacción política a la cultura jónica, en defensa de los ideales de una ciudad-estado basada en la esclavitud, dividida en clases y chovinista, que ya se había convertido en un anacronismo. Mientras sus predecesores jónicos habían purificado todo lo que debían a la civilización del próximo Oriente de todos sus caracteres de superstición y clericalismo, Platón tomó de los caldeos la fe en la divinidad de los astros, y de Egipto, un método de opresión espiritual.
Sostuvo durante su vida una larga lucha contra todo lo que había de más vivo en la cultura griega: la poesía de Homero, la filosofía natural de Jonia, el drama de Atenas.”
Al demoledor ataque de Farrigton a Platón sigue el que, más adelante, hace a Cicerón como defensor de la “religión de estado”, su admiración secreta y su menosprecio oficial a Lucrecio, que demuestran la tensión que había en su época entre los epicúreos y la oligarquía dominante.

Proclama la importancia de Lucrecio como divulgador de la obra de Epicuro y la dignidad de su campaña contra los terrores de la religión:
«Tú mismo, una vez u otra, oprimido por las terroríficas palabras de los vates, tratarás de separarte de nosotros. Y realmente, ¡cuántos sueños pueden inventar ellos para ti, capaces de hacer cambiar las reglas de tu vida y de turbar con el terror todos tus bienes! Y es natural, ya que si los hombres vieran que hay un límite bien determinado para su desventura, serían capaces de oponerse de cualquier manera a los escrúpulos religiosos y a las amenazas de los vates. En cambio, actualmente no hay ninguna forma, ninguna posibilidad de oponerse, dado que después de la muerte deben temer que se les castigue con penas eternas.»

Las élites políticas y oligárquicas siempre han temido el “caos moral” de un estado sin religión y, en consecuencia, han alentado la ignorancia, la religión y todo tipo de tradiciones supersticiosas útiles para controlar a las masas. Epicuro, los atomistas, los hipocráticos y, en parte, los estoicos, ya habían proporcionado las bases para organizar una sociedad asentada sobre los derechos humanos y la laicidad del estado; pero hubo que esperar 2.000 años para que esa idea empezara a tomar cuerpo en el siglo XVIII, lo mismo que ha tardado la ciencia en hacerse con las riendas del pensamiento. Esos veinte siglos perdidos no fueron una “etapa” necesaria en el progreso humano. Que sucediera no significa que fuera inevitable.
Un libro esclarecedor, claro y directo, que con una erudición casi detectivesca, penetra en los entresijos de las tensiones que frustraron el progreso científico en la cultura clásica.

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