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martes, 5 de junio de 2018

EL ARTE DE LA FICCION de David Lodge - Ameno, divertido y estimulante - Valoración 9/10

Título Original: The art of fiction
Traductor: Freixas, Laura
©1992, Lodge, David
©1998, Ediciones Península
Nº de páginas: 320 págs.

Colección de artículos aparecidos semanalmente en “The independent” entre 1991 y 1992, ampliados y retocados para su aparición en forma de libro. A diferencia del libro “Los mecanismos de la ficción” de JamesWood anteriormente reseñado, muy interpretativo, esotérico y centrado en unos pocos aspectos, el de Lodge cubre una gama más amplia de mecanismos narrativos con un enfoque claro, descriptivo y pedagógico. Comparando los contenidos de ambos libros, uno piensa que deberían intercambiarse los títulos: el de Lodge habla del oficio, la mecánica y la artesanía de escribir ficción, acorde con la palabra “mecanismos”, mientras el de Wood, que se limita al análisis del estilo, encaja mejor con el título “El arte”.

Son 50 artículos encabezados por uno o varios textos que ilustran el tema a tratar, seguido del comentario certero y claro de Lodge, a menudo relacionado con su propia experiencia como escritor. El primer artículo se titula “El comienzo”; el último, “El final”. En medio habla de los géneros, los estilos, la retórica…, en fin, de casi todo. Es una lástima que limite su análisis a la novela anglosajona, pero, como él mismo reconoce, es el ámbito que mejor domina.
Recuerdo un brillante y entusiasta ensayo de Foster Wallace en que elogiaba una novela de David Markson. El ensayo era bueno, pero sus efectos no tanto. Wallace me convenció de que nunca leería esa novela. ¿Por qué? Quizá sea debido a los altos vuelos especulativos de ese tipo de crítica literaria: pone la obra analizada fuera del alcance del lector. Con Lodge sucede lo contrario. Como buen profesor de literatura, hace accesible lo complejo, y como buen escritor humorístico, hace ameno y divertido lo que podría resultar arduo y enmarañado. Es tan eficaz que puede conseguir el milagro de que leas a Joyce, Beckett o a la Woolf. ¿Qué más se puede pedir? Que los artículos de Lodge fueran más extensos. Son tan buenos que saben a poco.
He leído casi todas las novelas de David Lodge y las he disfrutado a lo grande. Es de la estirpe de los grandes humoristas británicos, los Anthony Burgess y Kingsley Amis que hacen pensar y te hacen reír. Echo en falta la traducción de sus memorias “Quite a Good Time to Be Born: A Memoir 1935-1975” ¿A que esperan?

En el párrafo final del prefacio Lodge aclara con precisión las intenciones y los límites de su libro:

“El libro es aproximadamente un treinta por ciento más largo que la serie original. Pero no he intentado «cubrir» exhaustivamente ninguno de los temas. Casi todos ellos, a fin de cuentas, darían para libros enteros, muchos de los cuales ya existen. Este es un libro para gente que prefiere tomar la crítica literaria en pequeñas dosis, un libro para ojear y hojear, un libro que no intenta decir la última palabra en ninguno de los temas que aborda, pero que mejorará, espero, la comprensión y el disfrute de la ficción en prosa de los lectores, y les sugerirá nuevas posibilidades de lectura —o, quién sabe, incluso de escritura— en este género literario, el más variado y placentero de todos.”
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lunes, 28 de mayo de 2018

LOS MECANISMOS DE LA FICCIÓN de James Wood - Entre lo sutil y lo nimio - Valoración 7,5/10

Título original: How Fiction Works
© 2008, James Wood
© 2009, Ana Herrera, por la traducción
Traducción cedida por acuerdo con RBA Libros, S. A.
© 2016, de la presente edición en castellano para todo el mundo:
Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

James Wood es uno de los críticos literarios de cabecera del The New Yorker y, en internet, se pueden encontrar sus colaboraciones en “The Guardian”, la “London Review of Books” o “The New Republic”. Wood no elude la polémica ni los zascas como cuando dice que Foster Wallace es aburrido o califica al estilo de Zadie Smith en “Dientes blancos” de realismo histérico (1). Le carga el extenuante despliegue de «estilo» de autores como Updike, Nabokov y Wallace; eso le acarrea muchos admiradores; pero también detractores. Toma partido por un realismo amplio en el que cabe todo menos los excesos experimentales.

 “(El realismo) no puede ser un género; por el contrario, hace que otras formas de ficción parezcan géneros.” Estoy de acuerdo. El realismo, más que un género, es la referencia comparativa de otros géneros. ¿Por qué apreciamos mejor una novela fantástica si es más “realista”? Porque el realismo es el anclaje de un relato con nuestra conciencia lectora, los puntos de contacto con el mundo exterior (historia, sociedad, familia) o interior (inquietudes, intereses, pasiones) que lo hacen verosímil. Más que real, queremos que una historia sea verisímil, es decir, que parezca real, o mejor y, para mí, menos estrecho, que parezca posible. Podemos aceptar ángeles, hadas, elfos, vampiros, orcos…, siempre que sus psicologías sean coherentes, verosímiles y reconocibles por sus rasgos humanos o (in)humanos.

Hace una crítica más cercana a la interpretación estética que a la exposición descriptiva, lo que plantea problemas comparativos demasiado abiertos a la subjetividad. Me parece exacta y brillante su definición de metáfora: “El resultado es un diminuto respingo de sorpresa, seguido por una sensación de inevitabilidad.” Pero lo dice en medio de un largo análisis y disección de algunas metáforas de Céline, Nabokov, Woolf o Mansfield y, de acuerdo con la muy certera teoría del “respingo”, a la metáfora le pasa lo que al chiste: si tienes que explicarlo pierde la gracia. Si la metáfora es un impacto, dependerá del bagaje literario y vital del lector, incluso de su estado receptivo del momento. ¿Cómo decidir la superioridad de una sobre otra?
Los detalles importan, el narrador nunca es omnisciente porque elige lo que mira, los diálogos deben saber callar, los personajes no son redondos o planos y con dos palabras puede decirse mucho. Un ejemplo sacado de Maupassant: «Era un caballero con patillas rojas que siempre pasaba el primero por una puerta». Todo eso es cierto, pero insuficiente. El libro debería llamarse “Algunos mecanismos de la ficción” puesto que deja fuera otros muchos. No habla del tema, el tiempo, la estructura narrativa o el suspense. ¡El suspense! En su sentido amplió es la habilidad de suscitar preguntas en el lector e interés por las respuestas que el autor sabrá demorar. Entendido así, toda obra de ficción es de suspense, incluso la descripción de un paisaje. Fijémonos en la cita de Maupassant… ¿No suscita preguntas?

Yo veo la ficción como un juego al que el autor intenta arrastrarnos, involucrarnos. Pronto vemos si las reglas, el diseño y los retos que propone el juego nos interesa y decidimos si participamos o no. Podemos abandonar en cualquier momento si el diseño nos parece malo (estilo), las reglas confusas (incoherencias, desequilibrios) o el reto poco estimulante (temas y conflictos triviales). A partir de ahí, todo vale. El experimentalismo es lo que al cine los efectos especiales: se prueban, y si funcionan, con el tiempo se aceptan como canónicos. No creo que el autor, de manera premeditada, piense en hipérboles, tropos, retruécanos, simbolismos, alegorías, estilos indirectos libres u otras figuras retóricas; pinta con los colores que se adaptan a su historia y que mejor maneja.
Wood es un crítico brillante y sutil -pero lo sutil linda con lo nimio- al tiempo que parcial y arbitrario. En su libro hay más exhibicionismo intelectual que pedagogía. Mucho mejor, por lo que recuerdo, “El arte de la ficción” de David Lodge. Habrá que releerlo.


NOTAS

1.                  Respuesta de Zadie Smith:  https://www.theguardian.com/books/2001/oct/13/fiction.afghanistan
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