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viernes, 24 de abril de 2020

Dietari de lectures (23-4-2020)



1.       La traición de la libertad de Isaiah Berlin. Fondo de Cultura Económica 2004. 236 páginas.

2.       Una vida articulada de Josep Maria Espinàs. Edicions La Campana, 2013. 504 pàgs.

SANT JORDI, LA ROSA I EL LLIBRE.

Poc aficionat a la botànica i menys a la simbologia, de les roses o qualsevol altra flor, només sé dir que em semblen boniques i fan bona olor. El dia del llibre? Per a mi ho és cada dia, però reconec que passejar envoltat de tanta gent tocant i mirant llibres fa goig. Aquest cop no ha pogut ser. Els llibreters? És una feina que neix de la confusió d'afició i negoci, i totes les confusions acaben en mal negoci. Ho puc afirmar perquè he estat llibreter durant vint anys.

Al matí, llegeixo "La traición de la libertad" d'Isaiah Berlin, una d'aquestes intel·ligències poderoses tan difícils de trobar, un Bertrand Russell menys irònic i més ric en matisos. És capaç, fins i tot, de fer comprensible a Hegel, això que al principi de la seva conferència ens avisa: "és com un bosc molt fosc, i els que hi entren poques vegades tornen per dir-nos què és el que van veure." En el pròleg, Henry Hardy, el recopilador de l'obra dispersa de Berlín, explica que: "Fa cinquanta anys, quan es van transmetre en el tercer programa radiofònic de la BBC les sis conferències publicades en aquest volum, d'una hora cadascuna, van causar gran sensació. Mai s'havia permès a un orador, en aquesta escala, prescindir d'un escrit preparat, i Isaiah Berlin, de quaranta-tres anys, va ser la persona indicada per inaugurar aquesta perillosa pràctica." Sense papers ni guió! Admirable. I veig que tinc vuit o nou llibres d'Isaiah Berlin per llegir. Quina sort, la meva.



A la tarda, el meu nivell d'atenció ha baixat i trobo a "Una vida articulada" de Josep Maria Espinàs, el camí cap a una relaxació somrient, dos estats d'ànim que junts fan molt bon efecte. El llibre és un recull dels articles, sencers o extractats, que va escriure diàriament de 1976 a 2012, primer a l'Avui i després a El Periódico. És literatura del detall, del concret, pur minimalisme quotidià que flueix amb aquesta facilitat aparent sempre tan difícil. Espinàs és un irònic amable, un home d'ordre i fals inofensiu que llueix un enginy de baixa intensitat, un gota a gota que, com les d'aigua, acaba per fer forat a la roca. Només apuja el to davant les ostentacions del nacionalisme espanyol i els atacs a la llengua catala. Són 500 pàgines de diversió indolora i, tot i això, corrosiva, precedides d'un brillant pròleg de Jordi Graupera.
Els dos llibres estan disponibles en versió digital.

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miércoles, 5 de septiembre de 2018

LAS CIENCIAS SOCIALES COMO FORMA DE BRUJERÍA de Stanislav Andreski - Devastador - Valoración 8,5/10

Título original: Social Sciences as Sorcery
Stanislav Andreski, 1972
Traducción: Juan Carlos Curutchet
Taurus 1973
Páginas 289

Citado por Andreski, el Dr. Samuel Johnson (1709-1784) dijo que «no es necesario comer todo el buey para averiguar si la carne está dura». Se refería a que si un libro te resulta farragoso y pesado puedes dejarlo a un lado sin remordimientos de conciencia. A excepción de una etapa juvenil de formación, he practicado ese consejo a lo largo de los años y, creo, me ha funcionado razonablemente bien.
Tengo la extraña costumbre de inclinarme por lecturas duras en los momentos menos propicios. Por ejemplo, este agosto, durante los días de mayor canícula del verano, me he dedicado a la filosofía política y del derecho: Jon Elster, Hart, Dworkin, Walzer, Scott Shapiro y algún otro. Shapiro, en su libro “Legalidad”, dedica 60 páginas a dirimir qué es el derecho y por qué debería importarnos y casi te convence de que nadie sabe qué es el derecho y (lo que es peor), a nadie le importa. Dworkin, en “Justicia para erizos”, nos obsequia con 200 páginas sobre la Teoría de la Interpretación que no sabes cómo interpretar. Y podría seguir. Coge cualquier tema de humanidades-sociales, vete a la Wikipedia, y te toparás con siete teorías vigentes que compiten entre sí. Que quieres un panorama más amplio y profundo sobre un tema específico, por ejemplo en Teoría del Derecho, te vas a la estupenda “Enciclopedia de filosofía y teoría del derecho” (los tres tomos disponibles en internet). En “Técnicas argumentativas y clases de argumentos”, página 332 del primer tomo, entre un montón de obviedades, te dice:
“La teoría de la pretensión afirma que tanto el sistema jurídico como las normas jurídicas individuales y las decisiones jurídicas tienen necesariamente una pretensión de corrección.”
¡Hay una Teoría de la Pretensión! Pues nada, por teorías que no quede.
Confieso que, excepto el de Jon Elster, no he terminado ninguno de los libros arriba mencionados. Una de las artes más perfeccionadas por los escritores es la de captar el interés del lector en las primeras páginas de un libro; el problema viene cuando toca desarrollar el plan y entras en la argumentación: lo que no te suena obvio te parecerá trivial, si no lo encuentras oscuro y farragoso lo verás pesado y bizantino. Eso te lleva al desconcierto, la irritación y…, a dejarlo para un más tarde que nunca llega. Si en ese estado de frustración y desasosiego cae en tus manos “Las ciencias sociales como forma de brujería” de Andreski, lo hojeas, te relames, y pronto te sientes culpable de caer en el sesgo de confirmación. Pero qué carajo, suena divertido y certero. Pues a por él.
El libro de Andreski es una crítica devastadora al estado de las ciencias sociales a finales de los años sesenta, pero creo que muchas de sus objeciones siguen vigentes en pleno siglo XXI. En mayor o menor grado, ninguna de las ramas del revolutum “humanidades-sociales” se libra de su atención y hay leña para todas: filosofía, sociología, antropología, psicología, economía, derecho… Es un libro escrito en un tono sañudo, implacable, virulento y, curiosamente, del mismo modo que Andreski acusa a sus criticados de verbosidad pseudocientífica, él cae en una especie de verbosidad furiosa, sin que ese exceso le quite valor a la mayoría de sus reparos. Si acaso, le añade un punto de gracia, siempre que el lector no se dé por aludido. Ya lo advierte en el prólogo:
“Como el libro presente se ocupa de los fenómenos que deben considerarse como indeseables desde el punto de vista del progreso intelectual, las referencias a la literatura normalmente son derogatorias. Esto no quiere decir que yo crea que no se ha producido nada de valor; pero no se puede escribir sobre todo a la vez y esto es más bien un opúsculo que un tratado. En mis publicaciones anteriores se hallarán citadas numerosas contribuciones positivas al conocimiento, y mencionaré muchas más en otros libros actualmente en preparación, especialmente si vivo lo suficiente para escribir un tratado general.”
En pocas palabras: Andreski ya ha dicho cosas positivas sobre las ciencias sociales en sus escritos anteriores y lo hará en los posteriores, pero no las esperes en este libro.
Terminada la lectura en un suspiro, me puse manos a la obra con una reseña que salió larguísima y no conseguía trasmitir el aire del libro de Andreski. Es un autor que, a menudo, debido a su promiscuidad combativa, cae en lo que podríamos llamar el “desorden de la batalla” y, aunque cada capítulo tiene un objetivo, en el fragor del choque, no duda en disparar a todo lo que se mueve, con lo que resulta difícil de resumir sin desvirtuarlo. Eso por un lado. Por otro, también cuenta que tengo tres o cuatro reseñas atrasadas y cierta prisa por liquidarlas.
Si, como a mí, te impactó las “Imposturas intelectuales” de Alan Sokal, piensa que el libro de Andreski es su precursor como lo demuestra con su primera cita en la introducción:
“Mientras la autoridad inspira un temor respetuoso, la confusión y lo absurdo potencian las tendencias conservadoras de la sociedad. En primer lugar, porque el pensamiento claro y lógico comporta un incremento de los conocimientos (la evolución de las ciencias naturales constituye el mejor ejemplo) y, tarde o temprano, el avance del saber acaba minando el orden tradicional. La confusión de ideas, en cambio, no lleva a ninguna parte y se puede mantener indefinidamente sin causar el menor impacto en el mundo.”
STANISLAV ANDRESKI, Social Sciences as Sorcery, 1972, pág. 90.

Recomendación: Ante el riesgo de descartar el “opúsculo” de Andreski por exagerado o caducado, aconsejo la lectura de “La explicación del comportamiento social” de Jon Elster (2007), profesor Robert K. Merton de Ciencias Sociales con especialidad en ciencia política y filosofía en la Universidad de Columbia, donde se encontrarán muchas de las objeciones de Andreski explicadas de manera más amplia y constructiva. Y una ironía: Robert K. Merton, de cuya cátedra es titular Jon Elster, es una de las “víctimas” del libro de Andreski.
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martes, 5 de junio de 2018

EL ARTE DE LA FICCION de David Lodge - Ameno, divertido y estimulante - Valoración 9/10

Título Original: The art of fiction
Traductor: Freixas, Laura
©1992, Lodge, David
©1998, Ediciones Península
Nº de páginas: 320 págs.

Colección de artículos aparecidos semanalmente en “The independent” entre 1991 y 1992, ampliados y retocados para su aparición en forma de libro. A diferencia del libro “Los mecanismos de la ficción” de JamesWood anteriormente reseñado, muy interpretativo, esotérico y centrado en unos pocos aspectos, el de Lodge cubre una gama más amplia de mecanismos narrativos con un enfoque claro, descriptivo y pedagógico. Comparando los contenidos de ambos libros, uno piensa que deberían intercambiarse los títulos: el de Lodge habla del oficio, la mecánica y la artesanía de escribir ficción, acorde con la palabra “mecanismos”, mientras el de Wood, que se limita al análisis del estilo, encaja mejor con el título “El arte”.

Son 50 artículos encabezados por uno o varios textos que ilustran el tema a tratar, seguido del comentario certero y claro de Lodge, a menudo relacionado con su propia experiencia como escritor. El primer artículo se titula “El comienzo”; el último, “El final”. En medio habla de los géneros, los estilos, la retórica…, en fin, de casi todo. Es una lástima que limite su análisis a la novela anglosajona, pero, como él mismo reconoce, es el ámbito que mejor domina.
Recuerdo un brillante y entusiasta ensayo de Foster Wallace en que elogiaba una novela de David Markson. El ensayo era bueno, pero sus efectos no tanto. Wallace me convenció de que nunca leería esa novela. ¿Por qué? Quizá sea debido a los altos vuelos especulativos de ese tipo de crítica literaria: pone la obra analizada fuera del alcance del lector. Con Lodge sucede lo contrario. Como buen profesor de literatura, hace accesible lo complejo, y como buen escritor humorístico, hace ameno y divertido lo que podría resultar arduo y enmarañado. Es tan eficaz que puede conseguir el milagro de que leas a Joyce, Beckett o a la Woolf. ¿Qué más se puede pedir? Que los artículos de Lodge fueran más extensos. Son tan buenos que saben a poco.
He leído casi todas las novelas de David Lodge y las he disfrutado a lo grande. Es de la estirpe de los grandes humoristas británicos, los Anthony Burgess y Kingsley Amis que hacen pensar y te hacen reír. Echo en falta la traducción de sus memorias “Quite a Good Time to Be Born: A Memoir 1935-1975” ¿A que esperan?

En el párrafo final del prefacio Lodge aclara con precisión las intenciones y los límites de su libro:

“El libro es aproximadamente un treinta por ciento más largo que la serie original. Pero no he intentado «cubrir» exhaustivamente ninguno de los temas. Casi todos ellos, a fin de cuentas, darían para libros enteros, muchos de los cuales ya existen. Este es un libro para gente que prefiere tomar la crítica literaria en pequeñas dosis, un libro para ojear y hojear, un libro que no intenta decir la última palabra en ninguno de los temas que aborda, pero que mejorará, espero, la comprensión y el disfrute de la ficción en prosa de los lectores, y les sugerirá nuevas posibilidades de lectura —o, quién sabe, incluso de escritura— en este género literario, el más variado y placentero de todos.”
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lunes, 28 de mayo de 2018

LOS MECANISMOS DE LA FICCIÓN de James Wood - Entre lo sutil y lo nimio - Valoración 7,5/10

Título original: How Fiction Works
© 2008, James Wood
© 2009, Ana Herrera, por la traducción
Traducción cedida por acuerdo con RBA Libros, S. A.
© 2016, de la presente edición en castellano para todo el mundo:
Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

James Wood es uno de los críticos literarios de cabecera del The New Yorker y, en internet, se pueden encontrar sus colaboraciones en “The Guardian”, la “London Review of Books” o “The New Republic”. Wood no elude la polémica ni los zascas como cuando dice que Foster Wallace es aburrido o califica al estilo de Zadie Smith en “Dientes blancos” de realismo histérico (1). Le carga el extenuante despliegue de «estilo» de autores como Updike, Nabokov y Wallace; eso le acarrea muchos admiradores; pero también detractores. Toma partido por un realismo amplio en el que cabe todo menos los excesos experimentales.

 “(El realismo) no puede ser un género; por el contrario, hace que otras formas de ficción parezcan géneros.” Estoy de acuerdo. El realismo, más que un género, es la referencia comparativa de otros géneros. ¿Por qué apreciamos mejor una novela fantástica si es más “realista”? Porque el realismo es el anclaje de un relato con nuestra conciencia lectora, los puntos de contacto con el mundo exterior (historia, sociedad, familia) o interior (inquietudes, intereses, pasiones) que lo hacen verosímil. Más que real, queremos que una historia sea verisímil, es decir, que parezca real, o mejor y, para mí, menos estrecho, que parezca posible. Podemos aceptar ángeles, hadas, elfos, vampiros, orcos…, siempre que sus psicologías sean coherentes, verosímiles y reconocibles por sus rasgos humanos o (in)humanos.

Hace una crítica más cercana a la interpretación estética que a la exposición descriptiva, lo que plantea problemas comparativos demasiado abiertos a la subjetividad. Me parece exacta y brillante su definición de metáfora: “El resultado es un diminuto respingo de sorpresa, seguido por una sensación de inevitabilidad.” Pero lo dice en medio de un largo análisis y disección de algunas metáforas de Céline, Nabokov, Woolf o Mansfield y, de acuerdo con la muy certera teoría del “respingo”, a la metáfora le pasa lo que al chiste: si tienes que explicarlo pierde la gracia. Si la metáfora es un impacto, dependerá del bagaje literario y vital del lector, incluso de su estado receptivo del momento. ¿Cómo decidir la superioridad de una sobre otra?
Los detalles importan, el narrador nunca es omnisciente porque elige lo que mira, los diálogos deben saber callar, los personajes no son redondos o planos y con dos palabras puede decirse mucho. Un ejemplo sacado de Maupassant: «Era un caballero con patillas rojas que siempre pasaba el primero por una puerta». Todo eso es cierto, pero insuficiente. El libro debería llamarse “Algunos mecanismos de la ficción” puesto que deja fuera otros muchos. No habla del tema, el tiempo, la estructura narrativa o el suspense. ¡El suspense! En su sentido amplió es la habilidad de suscitar preguntas en el lector e interés por las respuestas que el autor sabrá demorar. Entendido así, toda obra de ficción es de suspense, incluso la descripción de un paisaje. Fijémonos en la cita de Maupassant… ¿No suscita preguntas?

Yo veo la ficción como un juego al que el autor intenta arrastrarnos, involucrarnos. Pronto vemos si las reglas, el diseño y los retos que propone el juego nos interesa y decidimos si participamos o no. Podemos abandonar en cualquier momento si el diseño nos parece malo (estilo), las reglas confusas (incoherencias, desequilibrios) o el reto poco estimulante (temas y conflictos triviales). A partir de ahí, todo vale. El experimentalismo es lo que al cine los efectos especiales: se prueban, y si funcionan, con el tiempo se aceptan como canónicos. No creo que el autor, de manera premeditada, piense en hipérboles, tropos, retruécanos, simbolismos, alegorías, estilos indirectos libres u otras figuras retóricas; pinta con los colores que se adaptan a su historia y que mejor maneja.
Wood es un crítico brillante y sutil -pero lo sutil linda con lo nimio- al tiempo que parcial y arbitrario. En su libro hay más exhibicionismo intelectual que pedagogía. Mucho mejor, por lo que recuerdo, “El arte de la ficción” de David Lodge. Habrá que releerlo.


NOTAS

1.                  Respuesta de Zadie Smith:  https://www.theguardian.com/books/2001/oct/13/fiction.afghanistan
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miércoles, 23 de mayo de 2018

EN CUERPO Y EN LO OTRO de David Foster Wallace - El DFW más ingenioso, brillante y divertido. Valoración 8,5/10

Título original: Both Flesh and Not
Traducción de Javier Calvo
Nº de páginas: 304 págs.
Editorial: LITERATURA RANDOM HOUSE

Leo ensayo para despejarme la cabeza, despertar de una forma de somnolencia producida por otras lecturas, como desfragmentar y reordenar el disco cerebral. En el ensayo busco ideas diferentes y nuevas formas de expresarlas; todo lo que David Foster Wallace (DFW) te ofrece a paletadas. Uno lo lee con el asombro que suscita el ingenio y brillo del aventurero intelectual y la resignada convicción de que tales dones se admiran, pero no se pegan.
DFW se resiste a definir ensayo: “sentimos que reconocemos un ensayo cuando lo vemos”. Tratamos con los libros de ensayos “como si fueran cajas de bombones variados”. Pues eso.
¿De qué tratan los quince ensayos recopilados? De sus filias favoritas: tenis, matemáticas, lexicografía, cultura audiovisual… Ensayos culturales sobre la influencia de los efectos especiales en el cine (1998), los autores jóvenes de los 80, una crítica demoledora de Una vida de Edwin Williamson, una biografía de Borges. No me convence su crítica entusiasta de “La amante de Wittgenstein”, de David Markson (1988). Por encomiable que sea su esfuerzo para ayudarnos a digerirla me parece una novela oscura, angosta y taquigráfica que nunca leeré.
¿Los bombones que más me han gustado? «Veinticuatro palabras inglesas anotadas», estupendo ensayo sobre lexicografía. “Lo mejor del poema en prosa”, original reseña en forma “indexada/estadística/esquemática” en la que, entre otras lindezas, nos obsequia con la raíz cuadrada del ISBN del libro.

No me alargo, tengo tres reseñas pendientes que empujan. El DFW más ingenioso, brillante y divertido.
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miércoles, 28 de febrero de 2018

PAGANOS Y CRISTIANOS EN UNA ÉPOCA DE ANGUSTIA de E. R. Dodds - Erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Valoración 10/10

Título original: PAGAN AND CHRISTIANIN AN AGE OF ANXIETY
Traductor: J. Valiente Malla
Ediciones Cristiandad 1975
190 páginas

Algunos de los mejores escritores sobre la antigüedad son filólogos clásicos. Recuerdo el magnífico “La sociedad romana” de Ludwig Friedländer o los incisivos libros sobre Grecia de Farrington. E. R. Dodds (Irlanda, 1893-1979) es uno de ellos con un profundo conocimiento sobre los neoplatónicos y un brillante estilo mezcla de atinada erudición y agudeza psicológica. Su “Los griegos y lo irracional” es un clásico de referencia que explica como los que crearon el primer racionalismo europeo eran muy conscientes del poder de lo irracional; pero por carecer de herramientas psicológicas, lo expresaron a través de los mitos.
En “Paganos y cristianos en una época de angustia” hace un recorrido por la cultura pagana y cristiana desde Marco Aurelio (161 d. c.) hasta Constantino (306 d. c.); un periodo que Dion Casio resumió así: «Después de la muerte de Marco la historia pasó de un imperio de oro a un imperio de hierro mohoso». Las 180 páginas de la obra pueden llevar a engaño. El texto principal es breve, pero denso e intenso, y el cuerpo de notas, tan extenso como el principal, para chuparse los dedos. Puedes pasarte días siguiendo la pista y contrastando referencias en internet (muchos, la mayoría en inglés, pueden descargarse libres de derechos). Esos “compárese” son una tentación irresistible. Un ejemplo (con perdón por la larga cita):
“105. La frecuencia del martirio voluntario entre los cristianos está atestiguada por Luciano (Peregr-, 13: «Muchos de ellos se entregan voluntariamente»), por Celso (Oríg., C. Ceis.,8.65) y por Gemente, quien afirma (como más urde haría Juliano, Epist., 89 b Bidei-Cumont) que tales individuos actúan por deseo de morir; (Strom., 4.17.1). Es interesante el hecho de que Epicteto conoce ese mismo deseo de morir entre algunos jóvenes paganos, y se siente obligado a refrendarlo, así como que Séneca hable de un «affectus qui multos occupavit, libido moriendi» (Epist., 24.23). El carácter patológico del anhelo del martirio parece evidente en el crudo lenguaje de Ignacio, Ad Rom., 4. Más sanos parecen los motivos que impulsaron a denunciarse en masa a los cristianos de que habla Tertuliano, Ad Scap,, 5 (y que obligaron al apurado magistrado a indicarles que había otros modos menos perturbadores de buscar la muerte), o los que movieron al joven Orígenes al deseo de morir junto a su padre (Eus., Hist. Eccl., 6.2.3-6. <;No sería la automutilación de Orígenes un sustitutivo del martirio, del que le había apartado su madre, como sugiere Cadiou, Jeunesse d'Origène [1935], 38?). Sin embargo, las autoridades de la Iglesia desaconsejaban generalmente el martirio voluntario (cf. Mart. Polycarpi, 4, y Clem., loe. cit.). Sobre todo este tema, cf. las agudas observaciones de A. D. Nock, Conversion, 197-202, y G. de Stc. Croix, «Harv. Thcol. Rev.*, 47 (1954), 101-3.”

El libro se organiza en cuatro capítulos. Los tres primeros revisan la relación de paganos y cristianos con el mundo, los demonios y los dioses. En el cuarto reflexiona sobre los debates entre los principales representantes de las dos partes –“lo que pensaban cristianos y paganos unos de otros”- y ofrece las causas del éxito del cristianismo.
Empezaré por el final. Dodds dice que el debate entre cristianos y paganos se dio entre personas cultas como a nivel popular en mercados y hogares, pero del último se sabe muy poco. Celso (siglo II) que polemizó con Orígenes, fue el primero en ver una amenaza en el cristianismo y el peligro de que la Iglesia acabara siendo un Estado dentro del Estado. Le siguió Porfirio, por el que Dodds siente alguna admiración. Las tres causas del éxito del cristianismo que Dodds ofrece son:
1.       El exclusivismo. Había demasiados cultos, demasiados misterios, demasiadas filosofías de la vida entre las que elegir y el cristiano podía quitarse de encima el peso de la libertad. En una época de angustia siempre ocurre que los credos «totalitarios» son los que mayor atractivo ejercen.
2.       El cristianismo estaba abierto a todos y no exigía una formación intelectual previa.
3.       El cristianismo esgrimió la amenaza más dura y el premio más sabroso.
4.       El sentimiento de grupo reforzado por la ayuda mutua que ofrecía ante el desamparo de las grandes ciudades.
Sin olvidar el empujón de Constantino al hacer del cristianismo la religión oficial del Imperio. Dodds cita a Rostovtzeff: «reinaban por todas partes el odio y la envidia; el campesino odiaba al terrateniente y a los funcionarios, el proletariado urbano odiaba a la burguesía urbana, y el ejército era odiado por todos* (Social and Economic History of the Roman Empire, 453). El cristianismo aparece entonces como la única fuerza capaz de mantener unidos a todos estos elementos en discordia; de ahí que Constantino lo considerase tan interesante.

El primer capítulo sigue las pistas de la cultura del odio al cuerpo, a los placeres y a todo lo material. El panorama descrito es pesadillesco. El odio y la repulsa al sexo está en el mismo origen del cristianismo: “Galeno y Orígenes dan testimonio de que en sus tiempos eran muchos los cristianos que se abstenían de las relaciones sexuales durante toda la vida; la virginidad era la cumbre y la corona de todas las virtudes.” En los Hechos de Pablo y Tecla, obra muy difundida entonces, se afirmaba que sólo resucitarán los y las vírgenes, y se dice que los marcionitas negaban los sacramentos a los casados. El Evangelio de los Egipcios enseña que «Cristo vino para destruir las obras de la mujer», es decir, para poner fin a la reproducción sexual. El ascetismo degeneró en una carrera de emulación: “Macario de Alejandría supera a todos los demás monjes en el ayuno, con lo que provoca la envidia y la ira de estos.”. Entre los motivos para retirarse al desierto están: el sentimiento de culpabilidad, las querellas familiares y “el mero disgusto por la humanidad”. Pone ejemplos de los dos bandos, como la del fanático neoplatónico Teosebio que “presentó a su esposa un cinturón de castidad y le ordenó llevarlo siempre o marcharse, pero no lo hizo hasta que hubo desaparecido toda esperanza de tener hijos con ella.”
Dodds opina que el desprecio de Ia condición humana y el odio al cuerpo era una enfermedad endémica en toda la cultura de la época, pero sus raíces estaban en una neurosis endógama, indicio de unos sentimientos de culpabilidad intensos y muy difundidos.

El segundo capítulo habla del mundo demoníaco de la época, el común y el diferencial entre paganos y cristianos: sueños, adivinación, visiones, profecías, exhibicionismo, automutilaciones, fraudes… Se extiende en algunas historias como la de Peregrino que “es un personaje mucho más complejo e interesante, y su vida y hazañas, tal como nos las cuenta Luciano, resultan extrañísimas.”

En el tercer capítulo se propone “analizar ciertas experiencias de naturaleza ciertamente oscura y mal definida, pero cuyo valor religioso se admite generalmente.” Explica las diferencias entre el éxtasis griego en Plotino y Porfirio (más cercanos a la mística hindú) y el éxtasis místico, o entre la deificación y la unión mística. Desarrolla especialmente el concepto de unión mística en Plotino que no hubiera estado de acuerdo con Àldous Huxley en que «el hábito del pensamiento analítico resulta fatal para las intuiciones del pensamiento integral». Dodds “considera la experiencia mística como una dilatación de la conciencia personal hasta abarcar esa zona de lo inconsciente” y rastrea esa tendencia a la mística introvertida en otros neoplatónicos. Luego pasa a Orígenes y explica su misticismo frustrado, la deuda de Gregorio con Plotino…, para concluir que la mística, desde los textos gnósticos y herméticos, era endémica y tomó fuerza desde Marco Aurelio a Orígenes: “Ello no ha de sorprendernos. Como ha dicho con razón Festugiére, «miseria y mística son realidades conexas».

Mi admiración por E. R. Dodds es la misma que el sentía por Plotino y Porfirio. Su libro es un ejemplo de erudición y crítica penetrante y honrada escrita con elegante lucidez. Me remito al “compárese” de sus notas y me despido con una última cita:

“Porfirio advirtió, como otros han hecho después, que sólo las almas enfermas sienten necesidad del cristianismo. Pero resulta que en aquella época había muchas almas enfermas; Peregrino y Elio Aristides no son casos aislados; el mismo Porfirio estaba lo bastante enfermo como para entrever la posibilidad del suicidio, y hay motivos para pensar que durante aquellos siglos fueron muchos los que, consciente o inconscientemente, estaban enamorados de la muerte. Para tales individuos, la perspectiva del martirio, que llevaba consigo la fama en este mundo y la bienaventuranza en el otro, venía a ser un atractivo más del cristianismo.”
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miércoles, 24 de enero de 2018

INTERES PRIVADO Y ACCION PUBLICA de Albert O. Hirschsman - ideas originales, análisis penetrantes y propuestas valientes. -Valoración 8/10

Paginas: 149
Editorial: Fondo de Cultura Económica
Publicación: 1982 (1986)

Albert O. Hirschman (1915-2012) es uno de esos intelectuales de amplio espectro que desestabilizan ortodoxias y resquebrajan las firmes sendas académicas. Por eso no recibió el Premio Nobel de economía que muchos reclamaban para él. Sus críticas a Adam Smith me recuerdan a Farrington cuando arremete contra Platón. Sus libros “Voz, salida y lealtad” (1970) y “Las pasiones y el interés” (1977) se consideran un hito en la historia del pensamiento económico.

Después de leer su “Retóricas de la intransigencia” me quedé con ganas de más y me obsequio con “Interés privado y acción pública” (1982). El libro gira en torno al concepto de decepción y como afecta a las decisiones de consumo y a la participación política, observando paralelismos y diferencias e intentando una crítica de la teoría convencional del consumo, un mejor entendimiento de la acción colectiva y una nueva interpretación del sufragio universal.
Empieza por analizar la decepción ante los bienes durables, no durables y los servicios. Explica el tránsito del interés privado al público y el viaje de vuelta del público al privado. La entrega excesiva a lo público, la adicción (o la política como "el único juego que vale la pena") y la frustración que genera.
Es un libro repleto de agudas observaciones de psicología política:
Hay un interesante análisis del voto como sistema mayoritario de participación democrática que muestra las preferencias del electorado, pero nada dice de la intensidad con que las desean, a la vez que, ese voto, sirve de freno a otras muestras de insatisfacción más “expresivas”:
“(…) por una parte, es un elemento esencial de un marco institucional que provee una defensa contra un Estado excesivamente represivo; por la otra, actúa como una salvaguardia contra una ciudadanía excesivamente expresiva.”
El racionamiento o limitación de la participación al voto genera frustración en el electorado más entusiasta. Hirschman propone algunas maneras de medir la intensidad de las preferencias expresadas en el voto como ir a las urnas tres días sucesivos. Nótese que no es un enfoque de voto elitista sino para medir cuanto le interesa al ciudadano lo que vota.
O interpretar el apoyo pleno, entusiasta y unánime a El Líder como un método “ahorrador de tiempo” y de esfuerzo pensante. Él lo hará por nosotros.
O, por falta de imaginación colectiva, visualizar el cambio como la situación opuesta a la de partida a la que se llegará con la mayor rapidez; pero la causa pública requiere mucho más tiempo que el planeado y el cambio real es mucho más modesto que el previsto.
Echo en falta un tratamiento más amplio de la corrupción.

A Hirschman le interesa ensanchar horizontes con el enfoque interdisciplinar. Ve la economía a través de la psicología social y la historia cultural; no se conforma con el modelo clásico. Quiere comprender el mundo para proponer soluciones que lo cambien.

Un libro repleto de ideas originales, análisis penetrantes y propuestas valientes. El asunto tiene que ver con la teoría sociológica de la acción (Max Weber y sucesores), los valores y preferencias; otro tema interesante que tendrá que esperar.
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lunes, 25 de diciembre de 2017

RETÓRICAS DE LA INTRANSIGENCIA de Albert O. Hirschman – Desmontando los argumentos contra el cambio – Valoración 8,5/10

Título originalThe Rhetoric of Reaction: Perversity, Futility, Jeopardy
TraductorTomás Segovia
Páginas163
IdiomaEspañol
Publicación1991 (1991)
EditorialFondo De Cultura Economica

Albert Otto Hirschman (1915-2012) fue un influyente economista que centró su atención en la teoría del desarrollo y, en especial, planteó interesantes propuestas para los países latinoamericanos. Defendió la teoría del crecimiento desequilibrado para los países en desarrollo fomentando las industrias que necesitan gran cantidad de otras industrias subsidiarias. En el 2001 fue incluido en la lista de los 100 intelectuales norteamericanos más importantes.
Durante las elecciones catalanas, a la vista de la pobreza de argumentos esgrimidos, recuerdo este breve, pero iluminador librito que leí con gusto en los 90 y decido releerlo.
Hirschman revisa algunas etapas de grandes cambios históricos y analiza los argumentos defendidos por los que se oponían a esos cambios demostrando que pueden reducirse a tres tipos:
-          Riesgo: El cambio puede ser deseable, pero los costos inaceptables.
-          Perversidad: Los efectos del cambio serán los contrarios a los previstos.
-          Futilidad: El cambio no cambiará nada.
Reproduzco el cuadro que resume los cambios, las épocas y los argumentos de los autores que los combaten y que Hirschman desgrana uno a uno empezando por Burke y su crítica a la Revolución francesa:



A medida que avanza la lectura, uno se pregunta que hay de los problemas y riesgos reales de las reformas (no todos serán retóricos), hasta que el autor responde, al final, a estas cuestiones defendiendo lo que llama “una posición madura” ante el cambio:
I)                    Hay peligros y riesgos tanto en la acción como en la inacción; los riesgos de una y otra deben esbozarse y valorarse, y hay que guardarse de ellos en la medida de lo posible.
II)                  Las consecuencias benéficas tanto de la acción como de la inacción no pueden conocerse nunca con total certidumbre.
III)                 El cambio puede presentar deficiencias, pero es un proceso dinámico y estas pueden corregirse.
Podemos aplicar este análisis a los argumentos en contra de la independencia de Cataluña: saldrá de la Comunidad Europea, se hundirá la economía, seguirán mandando los corruptos, divide a la sociedad… Hirschman explica con claridad, sencillez y un toque de humor, que estos argumentos son los que esgrime el conservadurismo contra cualquier cambio a lo largo de la historia, y los desmonta con las armas de la lógica, la sensatez y los hechos.
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jueves, 2 de noviembre de 2017

CUIDAR LA LIBERTAD de Richard Rorty - Complica la filosofía y simplifica la política - Valoración 8/10

Páginas: 208
Año publicación: 2005
Editorial: TROTTA

El libro reúne varias entrevistas a Richard Rorty entre 1982 y 2001, sobre filosofía y política, con una introducción a cargo del filósofo colombiano Eduardo Mendieta. En su excelente presentación de la figura y la obra de Rorty, Mendieta lo califica de “outsider sin nostalgia, tábano socrático, desmistificador irreverente, perpetuo soñador intempestivo, profeta heroico de los nuevos amaneceres, ingenioso con don de gentes, productor magistral de bricolaje moderno y crítico patriota de un país incompleto.” Y lo entiende como “una anomalía americana peculiarmente extraña.”

Richard Rorty (1931-2007) fue un filósofo de formación analítica, luego giró hacia el pragmatismo de Dewey, James y Sellars y tendió puentes a la filosofía continental de Nietzsche, Gadamer, Derrida y Habermas, del que era amigo. Se declara antimetafísico y siente fascinación por Hegel y Heidegger. Para que conste: yo me tomo la filosofía como mera gimnasia mental y siento pocas simpatías por la mayoría de autores que le gustan a Rorty (excepto Dewey y James). Hace muchos años leí algún libro de Rorty y me pareció interesante y algo confuso; más recientemente, he leído “Miedo al conocimiento” de Paul Boghossian (anti-Rorty total) y volvió a despertar mi interés. Por otro lado, veo mucho respeto a Derrida y a mí no me entra ni con embudo. Veré si puedo hacer algo al respecto.

En filosofía Rorty es antiplatónico y antimetafísico; niega que la mente tenga acceso privilegiado a la esencia de las cosas. Ve la filosofía como un “asunto interno” de los filósofos y cuestiona su relevancia social: “La filosofía es una tradición intelectual importante. Si no se ha leído a Kant, no se puede leer a Hegel. Si no se ha leído a Platón, no se puede leer a Kant. Alguien tiene que absorber todo esto, al fin y al cabo son libros bastante complicados. (…) Creo que a veces los filósofos valoran demasiado su posición en la sociedad y en la cultura, y creo que la izquierda en particular valora demasiado el papel de la filosofía.”
Es anti dualista (no hay separación mente—cuerpo) y explica la construcción dualista de Descartes como un diseño para asegurar el estudio de la física en un entorno religioso hostil a su práctica.
La condición humana está inmersa en el flujo evolutivo y no hay Verdad ni trascendencia fuera de él. Cada contexto produce su vocabulario descriptivo y no hay Verdad objetiva fuera o por encima del contexto, ni vocabulario privilegiado que permita a un público escapar a sus límites humanos y ver la totalidad de lo posible. Esta forma de relativismo es la que le discute Boghossian.
Por encima de la filosofía, que es cosa de especialistas, está la política y la ética. En ética defiende la separación de lo privado y lo público: “Mientras que los ciudadanos persiguen en lo privado su sueño de perfección, en lo público están unidos por la solidaridad y el respeto mutuo. Si en nuestras vidas privadas aspiramos a lo sublime, en lo público queremos «evitar la crueldad y el dolor”.

En política se define de la vieja izquierda del New Deal, apuesta por reformas útiles y no por revoluciones. Se trata de luchar por reordenamiento inteligente de lo existente con el fin de “impedir que los ricos desvalijen a los pobres”. Critica la izquierda posterior a los años sesenta en USA por no conseguir que la clase trabajadora blanca apoye una legislación progresista.
Sobre la globalización dice que “Su efecto principal es dar todavía más poder a los ricos. (…) A los ricos siempre se les ha dado bien utilizar los últimos desarrollos tecnológicos para estafar a los pobres.”
Cuando habla de filosofía, Rorty, complica las cosas; si habla de política, las simplifica. Refiriéndose a la proliferación de “culturas” dice: “Yo propondría que hablásemos de prejuicios en lugar de grupos. Antes de que supiéramos que había una cultura afro-americana, o gay, o femenina, hablábamos de negros, gays y mujeres que lo pasaban mal innecesariamente porque la gente tenía prejuicios contra ellos. Supongo que no me queda claro por qué se dice algo más con el descubrimiento de que todos tenemos culturas, o con el fomento de las culturas.”

Todas las entrevistas van precedidas de buenas introducciones al tema que van a tratar, son interesantes y de gran calidad; pero destacaría la que llevan a cabo Derek Nystrom y Kent Puckett bajo el título de “Contra los jefes, contra las oligarquias”. Es incisiva, respetuosa pero beligerante; aprietan a Rorty hasta casi acorralarle. Por momentos parece que el entrevistador sabe más que el entrevistado y se propone cortarle el aire y desarmarlo, sacando a la luz sus carencias. Rorty sabe responder con humildad y dar la razón al otro cuando la tiene; cosa muy rara por estos lares.

Nuevos nombres y deberes: Erik Olin Wright, Joel Rogers y Josh Cohén, marxistas anlíticos que ofrecen soluciones locales a problemas concretos. Michael Williams y Robert Brandom, admirados por Rorty. Leer algo de Dewey y Gadamer.
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domingo, 29 de octubre de 2017

ESPERANZA SIN OPTIMISMO de Terry Eagleton - Buena crítica del optimismo y opaca propuesta de esperanza - Valoración 8/10

Título originalHope without Optimism
TraductorBelén Urrutia
Páginas248
IdiomaEspañol
Publicación2015 (2016)
EditorialTaurus

Terry Eagleton (Reino Unido, 1943) es un profesor de teoría de la literatura, crítico literario y cultural, de raíces cristianas, marxistas y freudianas. Fue discípulo del interesante marxista cultural Raymond Willliams. No son credenciales que, en principio, me resulten demasiado atrayentes; pero, como nos ocurre a muchos lectores, sucumbo víctima de un buen título y una mejor primera frase del libro. El título pica la curiosidad: “Esperanza sin optimismo”. ¿Cómo se cocinará eso? La primera frase:
 “Alguien como yo, para quien la proverbial botella no sólo está medio vacía sino que casi con seguridad contiene un líquido potencialmente letal y de sabor repugnante, quizá no sea el autor más apropiado para escribir sobre la esperanza.”

Nada, me digo, éste es de los míos; y eso parece durante el primer cuarto del libro titulado “La banalidad del optimismo” que empieza pegando fuerte:
“Puede haber muchas buenas razones para creer que una situación va a acabar bien, pero esperar que ocurra así porque eres optimista no es una de ellas.”
Y sigue con una lúcida crítica al libro de Matt Ridley “El optimista racional”, libro que tuve en las manos y, después de ojearlo, descarté leerlo con la sensación de que el buen Matt se subia a la parra. También recibe lo suyo “Los ángeles que llevamos dentro” de Steven Pinker que intenta demostrar el descenso de la violencia en la historia de la humanidad. Eagleton aduce que contar los muertos de cada época en proporción al total de la población mundial en ese momento, no es muy consolador; que la violencia y la injusticia organizada cambia de forma, pero persiste. Por ahí me ha convencido. Hace tiempo que albergo sospechas sobre ese neodarwinismo liberal con tufillo a anarcocapitalismo y apelaciones entusiastas a “la mano invisible del mercado” del mesías  Adam Smith del que Ridley es su profeta en “The evolution of everything” (2015). Sigo siendo neodarwinista, pero empiezo a entrever brechas… ¡Y eso me encanta!

Después va y la lía: Abraham, San Pablo, San Agustin, Santo Tomás, Ciceron, Chejov, Dickens, Mann, Lacan, Lawrence, Kierkegaard, Hegel, Heidegger, Hobbes, Marx, Freud o el Benjamin más mesiánico. La lista es interminable y el trote a pelo; saltos libres sin orden ni sistemática,  zambullido en el proceloso mar de libertinaje metafísico, teológico y literario ( en otras palabras, espeso galimatías), Eagleton se pone opaco. Dedica un capítulo entero al inefable Ernst Bloch y su libro “El principio esperanza” y sus delirantes 1.400 páginas de marxismo místico y extravagantes ensoñaciones utópicas. Eagleton pierde cuando abandona la ironía y se pone trascendente en un viaje febril por la esperanza, la desesperanza y el deseo; su texto se hace confuso, pero el lector perseverante se solazará ante ráfagas de brillantes intuiciones que, al fin y al cabo, es lo que importa.

La palabra esperanza no me gusta, demasiadas resonancias religiosas. San Pablo, San Agustin…, elige sus mejores frases sobre la esperanza, siempre te hablan de la esperanza en la otra vida, de salvación y redención. De nada sirve traer a Adorno en su ayuda: «El único modo que aún le queda a la filosofía de justificarse ante la desesperación sería intentar ver las cosas tal como aparecen desde la perspectiva de la redención». ¿De que redención me hablas? No entiendo de eso. Si me traes a Kierkegaard, más de lo mismo: alcanzar la salvación a través de la desesperanza. Muy bonito, pero…, ¿Qué hacemos con eso? Prefiero la palabra “confianza” en que un deseo se realice, confianza débil, fuerte o moderada, según los hechos que la respalden. La confianza, si es activa, propicia que las cosas ocurran. Como decíamos de jóvenes, si quieres ligar tienes que intentarlo.

Su crítica al optimismo me parece buena, ingeniosa y desenfadada; su defensa de la esperanza, no tanto. Es mejor en el ataque que en la defensa, en la destrucción que en la construcción. Es el problema común a casi toda la crítica cultural: tomas unas cucharadas de San Pablo, San Agustín, Santo Tomás; una pizca de Kierkegaard, Marx, Freud…, lo mezclas con Plenty Coups, el último gran jefe de la tribu crow americana, ¿y que tienes?, una sopa insulsa de sabor indiscernible.


Richard Rorty, en “Cuidar la libertad”, dice: “Si no se ha leído a Kant, no se puede leer a Hegel. Si no se ha leído a Platón, no se puede leer a Kant. Alguien tiene que absorber todo esto, al fin y al cabo son libros bastante complicados.” Para leer a Eagleton (o a Derrida, a Harold Bloom o George Steiner) deberías haber leído todo, nadie lo ha leído todo, luego no puedes discutir con un crítico cultural (ni siquiera otro crítico cultural).

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sábado, 15 de abril de 2017

TODO CUENTA de Saul Bellow - Tan estimulante que no te aburre ni aunque se lo proponga - Valoración 9 sobre 10

Título original It All Adds Up
Traductor Benito Gómez Ibáñez
Páginas 407
Idioma Español
Publicación 1948 (2005)
Editorial Galaxia Gutenberg
El lector empedernido, y me considero uno de esos tras cuarenta años de lectura y más de 3.000 libros en la saca, desarrolla anticuerpos que lo protegen contra el aburrimiento de la trivialidad; con el tiempo, esos anticuerpos se ponen cada día más exigentes y puñeteros, de manera que cada vez son menos los libros que logran superar las defensas y más los que se caen de las manos. Hay rachas que paso más tiempo empezando y descartando que leyendo enteros los libros elegidos. Una de las raras excepciones a la ley de la exclusión por trivialidad es Saul Bellow que, bendito él, no te aburre ni aunque se lo proponga,

Una miscelánea es una caja de sorpresas. ¿A quién no le gustan las sorpresas? Y más de un autor del que el The New York Times Book Review dijo: “Frase a frase, página a página, Bellow es, simplemente, el mejor escritor que tenemos”.

“Todo cuenta” es una recopilación de artículos, crónicas de viajes, conferencias, entrevistas, ensayos, piezas autobiográficas…Un manantial sin desperdicio que recorre toda su vida activa de escritor que intentó hacer literatura minoritaria para el gran publico. Sin desperdicio es la clave; hoy, que vivimos la “Edad Dorada de la Cháchara”, de la opinión prefabricada, de teletertulianos que hablan y saben de todo, de la cultura de distracción sin atención, Bellow nos avisa ¿Cuándo es intrascendente la ignorancia?

Por un momento, he pensado en resaltar los artículos que más me han gustado, pero enseguida descarto la idea; el libro es una mina y en cualquier párrafo puedes hallar la gema de una deslumbrante observación, reflexión o descripción. Las redes sociales imponen el dominio de la cita y el pensamiento breve (a menudo cursi), que está engendrando un nuevo tipo de literatura hecha de fragmentos de vida cotidiana y frases célebres, muy elogiada por la crítica (pienso en “Departamento de especulaciones” de Jenny Offill); pues bien, eso ya lo teníamos con Bellow; y a lo grande, acompañado por toda la orquesta sinfónica. Cada una de sus obras podría producir un diccionario de citas y frases célebres.

“Todo cuenta” recopila los mejores artículos que Bellow produjo a lo largo de 45 años. Hay artículos autobiográficos como los que rememora el Chicago de los años 30 o el París del 48; sobre cultura, arte, política, arquitectura, televisión, tecnología, Nabokov y su Lolita; recuerdos de amigos y colegas como John Berryman, John Cheever e Isaac Rosenfeld; viajes a la España del 48, a Illinois en el 47, a Israel durante la Guerra de los Seis Días en el 67, los cambios en el París y Chicago del 83, Vermont, la Toscana, la presidencia de Franklin Delano Roosevelt, la visita de Khrushchev a U.S.A.…El libro termina con una larga entrevista en que repasa su vida desde que estuvo ingresado en el hospital a los ocho años.

Echo en falta más comentarios sobre escritores contemporáneos (Updike, Mailer, Styron…) y me temo que, en este caso, el silencio es desprecio. Las reflexiones sobre el arte (abundantes), o la religión (escasos), me parecen oscuros como es habitual siempre que se habla de estos temas. No comparto sus anhelos de trascendencia; su concepto elitista de la cultura (pero…¿puede ser otra cosa?); su queja de la superficialidad de la vida moderna, irritado con una sociedad indiferente a la literatura que ha empequeñecido al individuo. Pero resulta tan estimulante que no necesitas estar de acuerdo con todo. Y, por encima de discrepancias, la sensación de que las preguntas son las correctas.

De los árabes dice “¿A qué viene tanta dignidad tradicional?” ¿Qué diría hoy del terrorismo islámico?

Dejo una pequeña selección de sus dardos críticos:

De la enseñanza de la literatura:

“La enseñanza de la literatura ha sido un desastre. Entre el estudiante y su libro de lectura se extiende una sombría zona de preparación, un absoluto cenagal.”

“En las facultades y universidades no se inculca la pasión por la novela y la poesía. Se aprende a llevar una conversación culta durante unos minutos sin revelar ignorancia ni estupidez.”

Del ambiente marxista del Paris de la posguerra:

“La solución comunista, hasta donde yo podía juzgar, encontraba tanto eco en la opinión pública, que era imposible cortarse el pelo sin tener que soportar torrentes de marxismo del peluquero.”

Desconfía de los medios de comunicación:

“Los periódicos deben leerse con astucia y cautela, a la defensiva. Sabemos perfectamente que los periodistas no pueden permitirse el lujo de decirnos claramente lo que pasa. Hay observadores dignos de confianza que creen que la prensa no puede dar a los norteamericanos una imagen un tanto verdadera del mundo. La palabra escrita no es fidedigna, y la palabra hablada (radio y televisión), irresponsable.”

Durante años ligado al marxismo, rechaza las ideologías:

“Ahora bien, «ideología» es un término por el que en general se entiende el hecho de no pensar por uno mismo. Para Marx, la ideología era una deformación producida por una clase social, una corrupción de la realidad perpetrada por el capitalismo. La ideología, en resumen, es un sistema de falso pensamiento y de no verdad que puede conducir a la obediencia y al conformismo.”

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viernes, 31 de marzo de 2017

EL PAISAJE DE LA HISTORIA de John Lewis Gaddis - Buen intento de conciliar el método histórico y el científico - Valoración 8,5 sobre 10


Título original The Landscape of History
Traductor Marco Aurelio Galmarini
Páginas 256
Idioma Español
Publicación 2002 (2004)
Editorial Editorial Anagrama S.A


No sabremos lo que somos mientras ignoremos lo que hemos sido. Por eso me interesa el relato histórico y las discusiones metodológicas que lo cuestionan o fundamentan.

“El paisaje de la historia” es una brillante reflexión  que compara los métodos de las ciencias históricas  y las naturales, desmarcándose del rumbo errático de las ciencias sociales que, para Gaddis, persisten en el modelo reduccionista del siglo XIX, mientras que las ciencias puras modernas ya lo han abandonado, adentrándose en el estudio de las regularidades que esconden la complejidad y el caos.

Cita a Poincaré a través de Henry Adams:

“Aun cuando «nuestros medios de investigación fueran cada vez más penetrantes —escribió en un pasaje que cita Adams—, descubriríamos lo simple bajo lo complejo, luego lo complejo bajo lo simple. luego de nuevo lo simple bajo lo complejo y así sucesivamente sin poder prever nunca el último término». Estos hallazgos, observa Adams, «prometían bendición eterna a los matemáticos, pero llenaban de espanto a los historiadores”

Gaddis recoge el testigo de E. O. Wilson y su concepto de “consiliencia” y se apoya en las reflexiones de Marc Bloch (1) y E. H. Carr (2), para abogar por la “tolerancia metodológica”. Todo vale si el resultado es bueno: intuición, inducción, deducción…La narración histórica, es una simulación del pasado (representación), provisionalmente válida, mientras no sea refutada por nuevos datos. Gribbin, en su magnífica “Historia de la ciencia”, ya explicaba cuan contingente era el progreso científico. Y estoy de acuerdo con los dos; a toro pasado, todo lo que ha sido azaroso y casual se pinta ordenado y bonito. Pero que el progreso científico sea contingente, igual que el histórico, no significa que el resultado también lo sea.

Los conceptos más inspiradores de la ciencia moderna le sirven de metáfora para desgranar los métodos de la investigación histórica; y subraya metáfora para que un nuevo Sokal no lo acuse de extrapolar. Así nos habla del “problema de los tres cuerpos” de Poincaré para discutir la causalidad; de los “atractores” de los sistemas dinámicos para plantear la cuestión del determinismo en historia; o de la autosimilitud y los cambios de escala de los fractales para relacionar la micro y macro historia. La parte en que discute estos paralelismos es muy interesante; por ejemplo cuando explica la autosimilitud a diferente escala de la conducta de Stalin que va de matar a un loro y a un perro que le molestaban, a eliminar a miles de opositores y millones de conciudadanos…¿También le molestaban?

Según Gaddis, la ciencia representa la realidad con modelos y la historia con mapas. Los mapas, como la historia, son distintos según la finalidad que tengan (gasolineras, monumentos, etc.). Para que la representación se adapte a la realidad, hacen falta algunos procedimientos adicionales:

-          Una preferencia por la sobriedad en las consecuencias, pero no en las causas.

-          La subordinación de la generalización a la narración.

-          La distinción entre lógica intemporal y lógica ligada al tiempo.

-          La integración de inducción y deducción.



Dice que la narrativa histórica procede con “experimentos mentales”, como lo hace la filosofía desde siempre o la física de Galileo, Einstein, Maxwell o Schrodinger; imaginando un escenario y deduciendo las consecuencias, alternativas, variables, retroverificación o predicción. La diferencia es que en matemáticas, física o biología, los modelos imaginarios pueden ser corroborados o refutados por observaciones… ¿Cómo se verifica un paisaje (modelo) histórico?

Hay otra diferencia que Gaddis no afronta y que complica enormemente la cuestión metodológica en historia y las humanidades en general: ¿Cómo librarse del sesgo ideológico en la investigación histórica?



Buen intento de conciliar el método histórico y el científico aunque, para lograrlo, atribuye al último más elasticidad de la que podíamos sospechar. Que la ciencia estudie fractales, sistemas complejos y caóticos, no significa que haya dejado de ser reduccionista; sin reducción no habría modelos ni teorías predictivas refutables. Las interpretaciones históricas discuten entre sí durante decenios o siglos, sin que una de ellas prevalezca sobre otras y sea aceptada unánimemente. En historia, los hechos observables, si los hay, se ocultan bajo capas de interpretaciones; una fuente no es un hecho, es una interpretación, y lo primero que hay que establecer es su fiabilidad.

Para avanzar en ciencia hay que hacerse la pregunta correcta y buscar respuestas en hechos observables; determinar donde pescar, tirar la caña y comprobar si el pez tiene la forma y tamaño esperados. En historia, pescamos en el mar del pasado donde ya no hay peces; tiras la caña y sacas un pedazo del texto de un antiguo pescador que habla de peces.

Me queda una duda: en ciencia, la teoría más reciente refuta o completa la teoría anterior; en historia (y en humanidades en general) coexisten numerosas teorías o interpretaciones. Parece más correcto comparar la historia, por un lado, con la ciencia más la ciencia-ficción juntas, por otro.

NOTAS
(1)   Marc Bloch: El oficio de historiador
(2)   E. H. Carr: ¿Qué es la historia?

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